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Somos títeres de nuestra inconscienciaPuedo volar...Un poeta desperado, un detective salvaje, un real visceralista... September 10 LITERHARTURA
LITERHARTURA
18 de agosto de 1950: “…Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Última entrada del diario personal de Cesare Pavese antes de que éste se quitase la vida
Llevo un tiempo obsesionado con la muerte de la literatura. Puedo pasarme horas recogido en mi cama, menguando hasta la sombra de un punto infinitamente minúsculo, insignificante, llorando por su futuro o más bien por su no-futuro. Entonces, invariablemente, siempre termino pensando en un cementerio perdido, también oscuro, también nevado, puede que sea Diciembre o simplemente estemos en Neptuno o en Plutón o malviviendo en un invierno nuclear; un cementerio gigante, eterno, claustrofóbico, custodiado por los cuatro jinetes del apocalipsis, un cementerio que es la espina dorsal de La Historia, en mayúsculas, un cementerio que esconde una tumba abandonada, una falsa tumba, una broma de tumba pues no es sino un montón de tierra que sobresale de la nieve y que una voz a tu espalda, una voz sin sexo, metálica, una voz que en cualquier caso no reconoces, cree recordarlo como el lugar donde enterraron hace años a una vieja dama de blancos cabellos; y uno, que no es de piedra y no para de llorar, le pone nombre y la identifica con la literatura… o con la agonía de la literatura o con el último estertor de la literatura. Así no es extraño que ayer, mientras leía el Oficio de Vivir, el diario personal del poeta Cesare Pavese, se me apareciera al completo la Hermandad de las Letras Suicidas. Todos ellos en fila, de uno en uno hasta el infinito, en línea recta hacia lo desconocido, prestos para socorrerme en estos difíciles momentos. Ahí estaba el propio Cesare. También Ernest Hemingway, que dio un paso al frente y me ofreció la misma escopeta con la que se voló la tapa de los sesos. He aquí la esencia de la literatura, me dijo. Cógela, insistió, ahora es tuya. Pero tuve miedo, un miedo de color gris oscuro, y no quise. Inmune a mi negativa, siguió con el brazo extendido, como si todo fuese cuestión de tiempo. Pero no era tiempo lo que yo necesitaba sino un guiño, un cómplice, una promesa, la posibilidad de unos puntos suspensivos. No, no sería yo quien apretase de nuevo el gatillo. No cruzaría el Rubicón. Lo siento, dije, no puedo. No sé si fue ira o simplemente decepción lo que le llevó a abrirse un poco más la diana de su frente, como un fórceps sin mesura, e invitarme a asomarme a su enorme cráter, aún humeante de pólvora, a echar un vistazo de ese abismo astillado. Cedí y acepté con la esperanza de encontrar noticias del joven Werter o del joven Larra o de alguna otra ilustre bala del santoral de las letras caídas. Pero todo lo que había ahí dentro, encerrada en el cráneo destrozado de Hemingway, era una cucaracha. Una cucaracha que dijo llamarse Kafka. Soy Kafka y busco un castillo, me dijo. Un castillo que, mucho me temo, sólo existe en la imaginación de los genios, y de los inadaptados, y de los genios inadaptados que caminan peligrosamente por el abismo de la locura. Un castillo para un reino, el reino de quienes han comprendido demasiado tarde que toda la verdad de este mundo empieza en la llama de un soplete y termina en el maletero de un falcon negro.
Me invadió una mezcla de asco y escrúpulos cuando su figura, por sorpresa, comenzó a humanizarse. La quitina de su caparazón se deshizo de su brillo plastificado a la par que una maraña de venas y arterias iban enrollándose en torno a sus recién adquiridos huesos y músculos. Su rostro recuperó el pudor humano y dibujó una mueca de alegría comedida, apenas una leve y obligada sonrisa, como si en el fondo ya hubiese aceptado su nueva naturaleza. La versión bípeda y vertebrada del señor K (también de Gregor Samsa) se completó con el milagro del vestuario: ahí estaba el traje, la corbata, los zapatos, el bombín, incluso un paraguas a modo de bastón. Consumada la metamorfosis, Kafka se puso kafkiano y me abrazó fuerte, bien fuerte, y acercó mi oído a su pecho. ¿Puedes oírlo?, me preguntó, es el bacilo de Koch, el látigo y el azote del tísico, millones de microbios encharcando mis pulmones y jugando a partir maderos con la sangre que se me escapa con el aire. La tuberculosis, por fin, ha hecho de mí un superhombre y ha ungido mi nombre con letras doradas: atrás quedó ese endeble escritor anónimo, ese gris oficinista de Praga. A través de sus costillas podía sentir cómo el vacío le iba robando la respiración y los días. ¿Conoces la historia de Esquilo?, me interrogó sin soltarme aún. Triste y absurda su muerte... como todas. Imagínate la escena. Por una parte tenemos a Esquilo, que pasea tranquilamente por la campiña siciliana; por otra un quebrantahuesos que sobrevuela su misma trayectoria con algo prendido en las garras. Lograda la cuadratura del circulo (o del calco), dispone el azar que cielo y tierra se alineen para que el aprendiz de bombardero suelte por fin su carga… ¡y aquí viene la grandeza de Esquilo! Un caparazón de tortuga, ¡un puto caparazón de tortuga con los modos y maneras de un meteoro, de un obús!, le cruje los huesos de la cabeza como a una nuez. Un instante después todo ha acabado para él. Visto y no visto. ¡Magnífico!!!!
Sólo de pensarlo se me pone dura ¿Acaso no éste el mejor final al que puede aspirar alguien? No digamos ya la literatura. Acabar como Esquilo y que el cielo se nos caiga encima. O como Tolstoi, y esperar y desesperar por un tren que jamás cogerás. O como Jack London, y viajar a lomos de la morfina. O como Pessoa, y que la pena se te enquiste en el alma. O como Walter Benjamin, e intentar cruzar la frontera perseguido por todos los hijos de puta de este mundo. O como Saint Exupery, y emular la suerte de Ícaro. O como Lord Byron, y desangrarse a mayor gloria de la medicina. O como Borges, y que se te pudran los ojos esperando un Nobel que jamás llegará. O como Tsvetaeva, y anudarse una esquela al cuello. O como Camus, y estrellarse contra el estrellato del existencialismo. O como Nietzsche, y que la sífilis te fermente las meninges. O como Baudelaire, y convertirse en el fósil de una piedra. O como Reinaldo Arenas, y que el sida te atormente en los versos que aún te escuecen. O como Roberto Bolaño, y que tu hígado se preste a los mismos juegos que Sísifo. O como Séneca, y vaciarte de rojo en la bañera. O como Alfonsina Storni, y vestirse con la espuma del mar. O como Cervantes (o Dante), y que la malaria te muestre el camino más corto al Parnaso. O como Valle-Inclán, y que el dolor te queme por dentro. O como Lorca, y que te paseen por las cunetas perdidas de Granada. O como Céline, y que todavía te lloren en el Reich de Vichy. O como Mishima, y abrirte en canal por el honor del sol naciente. O como Shakespeare, y empacharte con la fama de Pantagruel. O como Verlaine, y refugiarse bajo el colchón de la miseria. O como Faulkner, y cabalgar sobre todo el Bourbon del Mississippi. O como Joyce, y encadenarse a una peritonitis. O como Safo, y volar alto como el plomo. O como Moliere, y bajar por última vez el telón de tu enfermo imaginario. O como Unamuno, e irte cuando más te duele España. O como Walser, y ensuciar de carne la nieve. O como Zweig, y liberarse con el sueño del Veronal. O como Lacenaire, y que la guillotina se cobre tus excesos. O como Empédocles, y apagarte en el Etna. O como Rilke, y descubrir que no hay rosa sin espinas ni sangre que no se pueda borrar. O como Stevenson, y mirar al sur, siempre al sur. O como Defoe, y perderse en el silencio de las deudas. O como Sylvia Plath, y respirar el aire que nadie ve. O como YO, y volver divinizado en la figura de un antiguo Pantocrátor: la mano derecha levantada y bendiciendo a la humanidad, la izquierda sosteniendo los evangelios, al fondo el juicio final que os espera. Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt (Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen). ¿Has comprendido algo?, me preguntó. No pude evitar responder que no. Un no que sonó lejano, falso, lleno de dudas y vértigo. Me miró con la decepción clavada en los ojo y me besó en la frente, un beso tierno, un beso paternal, al tiempo que me liberó de sus brazos de pitón. Te perdono, me dijo, es hora de partir. Un instante después ya no estaba. En su lugar una fotografía de la gran muralla china y Virginia Woolf, o el fantasma de Virginia Woolf, ajena a lo que sucedía a su alrededor y con medio pie sumergido en las aguas del río Ouse. Parecía ida, fuera de este planeta o de cualquier otro, la baba resbalándole por el mentón, protegida del mundo exterior por un capullo de fina melancolía o un manto de blanca tristeza. Cuando se percató de mi presencia me sonrió y por tres veces me confesó que el agua estaba en su punto. Se metió una mano en el bolsillo y extrajo de él un libro de Alejandra Pizarnik y una piedra, ofreciéndome ésta última con el rostro, ahora sí, deshecho. Es tuya, me dijo. No supe reaccionar, y en vista de mi aparente parálisis prosiguió su camino. Con la palabra escondida en la lengua, sólo pude ver cómo su silueta se ahogaba en el lecho del Ouse. Demasiado tarde y mudo, como siempre, me lancé a por ella. Estuve horas o puede que días buceando sin encontrarla. Desesperado, tan sólo di con una hoja arrugada, los restos del naufragio, en la que se desdibujaba la tinta de este poema de Pizarnik:
Esta manía de saberme ángel, sin edad, sin muerte en qué vivirme, sin piedad por mi nombre ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor? ¿Y quién no goza entre amapolas? ¿Y quién no posee un fuego, una muerte, un miedo, algo horrible, aunque fuere con plumas, aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar a una sombra. La sombra no muere. Y mi amor sólo abraza a lo que fluye como lava del infierno: una logia callada, fantasmas en dulce erección, sacerdotes de espuma, y sobre todo ángeles, ángeles bellos como cuchillos que se elevan en la noche y devastan la esperanza.
Cayó una lagrima… y luego otra. Lloré por Alejandra y lloré por Virginia. Lloré por Kafka y lloré por Hemingway. Lloré por mí pero nadie me acompañó. Ni siquiera Cortázar, entretenido como estaba con sus cronopios y sus famas y su Maga (siempre La Maga…), quiso venir a vendar mis lágrimas. De rodillas le rogué, arrastrándome le supliqué que me salvara. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastara para sanarme. Sólo te pido clemencia para éste mi pobre cadáver de Lázaro, acuérdate del polvo que un día fui y del polvo en el que un día habré de convertirme. Inquieto, quizás arrepentido, se giró hacia mí como movido por una cuerda invisible. Mírame, me suplicó, no me queda mucho tiempo, ¡me iré y sólo habrá SILENCIO! Aquella utopía llamada Julio Cortázar, de pie y con la mano abierta, me daba a entender que el espíritu de la Literatura, el tuétano de las letras, la vera cruz, descansaba sobre su palma desnuda. La voluntad se le había vuelto de mármol y no se movía. Sólo me miraba con esos ojos de loco, unos ojos de taladro o de hiena hambrienta, y fumaba y reía. Reía porque es lo único que se puede hacer cuando uno sabe que el futuro de la literatura está en sus manos. La magia se rompió cuando su puño, aún con los nudillos cuarteados por el frío y los gusanos, se cerró aplastando e hiriéndola de muerte. Éste es mi destino, me dijo. Yo soy el brazo ejecutor, el verdugo pero también la víctima, el cénit y el nadir, el bien y el mal, el cordero redentor que se lava las manos; así pues seré yo quien cargue con la culpa y la corona de espinas. Lo reconozco: el beso de Judas es el viscoso y oscuro objeto de mi deseo. Éste es mi sino y no me importa, lo asumo con orgullo. Sólo soy un engranaje más de la Providencia, la envidia de Atlas y Prometeo. Los dioses me exigen el sacrificio de cien bueyes (literalmente una hecatombe) para expiar mis pecados… y no se lo negaré. Cien hombres justos arderán esta noche en Sodoma porque míos son los yugos que aplastarán al poeta herido y al poeta vulnerable y al poeta enamorado y al poeta que quizás no existió y al poeta que un día creíste ser y que nunca fue. Un réquiem por Calíope: en su pira estamos llamados a llorar sus cenizas. Recuerda este grandioso día. El día en que Odoacro, a las puertas de una Roma moribunda, humilló por última vez al Imperio. No acudirá más Jano en su ayuda. Oh, niño Rómulo Augústulo, con tu sangre perece el recuerdo del César. Duerme, este tiempo pertenece ya a los Bárbaros. Cierra los ojos y no despiertes jamás. Las tinieblas ya están aquí. No me queda tiempo. “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. SILENCIO… EDUARDO En un extraño vERANO, 2009May 05 DE PENES, POLLAS, ORNITORRINCOS, CEBRAS, OKAPIS Y MONTES DE VENUSDE PENES, POLLAS, ORNITORRINCOS, CEBRAS, OKAPIS Y MONTES DE VENUS
Otra vez baila el alacrán, otra vez con la más fea, en la mantequilla de mis huesos El negativo de un braille que habla de tenazas y aguijones y venenos y espasmos de cristal, Círculos concéntricos que apuntan y vuelan y aciertan siempre al blanco de mis sesos, Que no son sino tres tristes trapecistas que se muerden la mano y el esternón y se columpian Y gritan Auxilio Socorro Ayuda Por favor Eseoese No terminan ya y de nuevo mi voz, hueca ahora, rebusca entre los gusanos y el hedor y los mohos de sus vísceras El norte, quizá O un pasado que no coagula O la altura de una pirámide invertida Pero sólo encuentra mi eco que se pudre al rebufo de un silencio enquistado allí… Donde nada suena, donde nadie canta, donde habita el olvido (Cernuda dixit). Por eso háblame de ella, tú, Quijada Bíblica, tormenta y tormento de Caín Que al regazo de tu sombra yo acudo, Porque polvo era y en polvo a ti me entrego Guíame por este camino imposible de baldosas amarillas Bendice el poco calor de mis brasas, pues bajo sus pasos habrán de descansar y dormir Y cavilar Y dolerse Y maldecir su suerte Háblame de ella, así, como tú sabes, tan cerca del oído que pueda temblar Dime dónde quedó aquella puerta de otro color Cerrojo blindado para el resto de nosotros, los mortales Que un día no quisimos despertar y no despertamos Hombres que quisimos gritar auxilio Auxilio AUXILIO AUXILIO AUXILIO, JODER, AUXILIO Sólo eso, auxilio, y nada más Hombres desnudos e indefensos ante la idea de volarnos la tapa de los sesos De saltar desde lo alto de una pirámide invertida y caer y ya nunca abrir los ojos De bailar allí donde nada suena, donde nadie canta, donde habita el olvido Háblame de ella mientras pueda oírte y siga en pie Háblame que yo te escucho y me abrazo a tu condena porque sé que contigo habré de partir Cuéntame por qué ya nunca lee a Cortázar ni sueña con París Por qué eligió la Ciudad Esmeralda y los unicornios de papel Por qué sólo me espera el azul, como a Jonás, cuando de nuevo se le rompa el vientre Háblame de ella ahora que todo me duele y los puños se me cierran Dime por qué conoce el secreto del mal y nunca llora Por qué, de tan minúsculo, ya no me busca cuando baja al suelo Dónde quedarán las pausas y los puntos suspensivos cuando desaparezca y nada haya Háblame de ella, que ya canta el gallo y por tres veces mi nombre he negado Dime por qué sólo escribe cuando baja la marea y bosteza el coral y hierve la arena Por qué huyó de Ítaca, y de Troya, y de todos los barros que pudimos haber compartido Cuándo dejó de engañarse y sacarme la lengua y caminar sobre el agua y cruzar los dedos Y olerme a quemarropa Y resucitarme cada noche la carne, Lázaro sucio y viscoso, con los estigmas del insomne Háblame de ella aunque mañana ya no quede pan ni circo ni laureles ni bárbaros Nada Vacío Miseria Hambre Que arda Roma y muera conmigo el imperio Que poco importa si tú, que a la eternidad renunciaste, me hablas de ella Tan sólo dime, por favor, por qué, si no estoy loco, no hay día que muera la luz sin saber que ME CAGO EN MI PUTA VIDA
September 01 EL CASO DE LAS APARICIONES DE CEBÚES: SAN BERNARDINO DEL ALHAMA ENTRE LOS AÑOS 1932 Y 2002
EL CASO DE LAS APARICIONES DE CEBÚES: SAN BERNARDINO DEL ALHAMA ENTRE LOS AÑOS 1932 Y 2002
INTRODUCCIÓN
A lo largo del siglo XX, San Bernardino del Alhama, un pueblecito riojano de apenas 700 habitantes, fue testigo de uno de los mayores prodigios de la naturaleza. Me estoy refiriendo a las ya famosas apariciones de cebúes. Sin motivo aparente, cientos, qué digo cientos, miles de ellos dieron forma a uno de esos inquietantes misterios que a día de hoy nadie ha sido capaz de resolver. Hay quien lo compara con el triángulo de Las Bermudas, los avistamientos de ovnis de Roswell o las revelaciones marianas de Fátima... Da igual, todo viene a ser lo mismo: el gusto del ser humano por lo desconocido. Quizás los cebúes sólo sean una metáfora de nuestra incapacidad para comprender el mundo que nos ha tocado vivir; un mundo extraño, carente de sentido y siempre predispuesto al esperpento; un mundo en el que la lógica (y ése es el meollo de la cuestión) sólo es una posibilidad poco fiable, una rara avis de la estadística, un perro verde con ínfulas de excepción que confirme la regla.
Este ensayo pretende ser mi pequeña y humilde aportación al insólito universo de San Bernardino. Pido perdón de antemano por los numerosos errores que seguro que habré cometido. Gracias
EL GÉNESIS, LOS ORÍGENES, EL MITO
El primero de los cebúes apareció (o brotó, tal y como cuentan las crónicas del momento) en San Bernardino del Alhama el día del Corpus Cristi de 1932. Hasta ese momento, la vega del Alhama (río del que toma su apellido San Bernardino) tan sólo había rendido pleitesía a la suculenta dictadura de las piaras locales. La economía local, como si de una gran charcutería se tratase, dependía en gran medida del cerdo y sus transformados (célebres ente los eruditos de buen apetito y mejor yantar). Hay quien incluso afirma (leyendas apócrifas aparte) que no había convite oficial en el que Don Manuel Azaña, a la sazón presidente de la segunda república, no agasajara a sus invitados con su correspondiente platito de embutidos y fiambres de la tierra. Pero no nos perdamos en rumores sin confirmar, vayamos a los hechos probados. Y los hechos hablan por sí solos, de hecho hablan por los codos: un cebú no era algo que se viera todos los días, y menos en esas latitudes. Y si tenemos en cuenta los escasos conocimientos de zoología que podían tenerse en San Bernardino, no cuesta imaginarse el tremendo impacto que causó su descubrimiento. Así no es extraño que cuando fue conducido a la plaza mayor para estudio y solaz de sus curiosos vecinos, éstos se dividieran en dos bandos: los que afirmaban que se trataba de una vaca poseída por el espíritu del maligno y los que, por el contrario, temían ser presas de una invasión alienígena. Incluso el señor párroco, hombre poco dado a las especulaciones, insinuó la posibilidad de que se tratase de la montura perdida de alguno de los jinetes del Apocalipsis. El alcalde, con mucho mejor criterio, hizo llamar al día siguiente a Don Honorio Sáenz de Tejada, doctor en Teología por la universidad de Salamanca, quien se encontraba por aquellas fechas en un pueblecito próximo y del que se afirmaba que no había nada en este mundo que no supiese. Su diagnóstico fue claro: aquello era imposible. Así de tajante se mostró. Eso sí, su escepticismo no impidió que reconociera en el extraño animal la figura de un cebú. Debe ser una confusión, le dijo al alcalde, probablemente se haya escapado de un circo o de los cuidados de algún extravagante marqués, no hay nada de qué preocuparse. Más tranquilos con las palabras de Don Honorio, el pueblo, satisfecho con sus explicaciones, volvió a sus quehaceres diarios. A la semana siguiente se volvió a repetir el suceso, pero esta vez no fue uno sino siete los cebúes que se descubrieron, uno por cada día. La gente no daba crédito a lo que estaba viviendo. ¿Por qué les había engañado Don Honorio? ¿Acaso se trataba de una gran conspiración de la que él también formaba parte? Sin tiempo para responder esas y otras preguntas, una turba de enloquecidos armados con pedruscos del tamaño de pequeños meteoritos se dirigió a su caza y captura. Exigían justicia, y el verse libres de todo pecado no hacía sino animarles a lanzar la primera piedra… la primera y las que hicieran falta. Lo encontraron escondido en su casa, que tras su paso quedó reducida a la consistencia de un paisaje lunar. Lo encadenaron y se lo llevaron a declarar ante el recién creado “tribunal popular” (que durante el verano del 36, por diferentes razones, tuvo que volver a sentar jurisprudencia). En una especie de chiste de mal gusto, el juicio se celebró en el lazareto del matadero municipal. Además, el presidente del tribunal tuvo a bien considerar que no sería necesaria la presencia de un abogado. Tres horas después el jurado ya tenía decidido el veredicto. Pero justo cuando aquella especie de simulacro de juez (rol que había asumido sin problemas el capellán) iba a leer la sentencia sucedió lo imposible: un tsunami de cebúes en plena estampida arrasó con el improvisado juzgado. Ninguno de los presentes lo vio venir; lo que confirma que la justicia, a veces, también es ciega. Acusado y acusadores corrieron igual suerte. El parte medicó fue propio de una cruzada: 65 muertos, 15 heridos por asta de cebú y cientos de personas con contusiones leves.
A partir de ahí ya entramos en los pantanosos territorios del mito, donde la frontera entre lo real y lo soñado, lo tangible y lo imaginado, no siempre está clara; quedándonos tan sólo el consuelo de quien hace de tripas corazón y se arroja al vacío con un paracaídas en llamas. Creer es vivir, que diría aquél.
CIENCIA Y OLÉ
En mayo de 1948, una expedición fletada por la Universidad de Oxford y capitaneada por John Benedict Moore II (hijo de John Benedict Moore I y padre de John Benedict Moore III) aterrizó en San Bernardino provista de infinidad de cachivaches y chatarras que, según explicaron, se trataba del instrumental científico más sofisticado de la época. La idea era demostrar la teoría que John Benedict Moore II había expuesto tres años antes: desde tiempos inmemoriales existen una serie de túneles o pasadizos que comunican diferentes partes de La Tierra, como una inmensa red de autopistas que pagaran peaje a un descomunal queso de gruyere. Dichos túneles son secretos, por supuesto, sólo conocidos por los iniciados de algún tipo de logia mística (aún sin identificar). La aparición de cebúes en San Bernardino podría deberse a que años atrás, quizá siglos (quién sabe), un rebaño habría dado con una de las entradas en algún lugar de Asia y, en una especie de eterno peregrinaje subterráneo, se hubiesen topado con la península Ibérica. La expedición contaba con expertos en técnicas de sónar, curtidos espeleólogos (por si hacían falta), geólogos, geógrafos, ingenieros de minas, naturalistas (no hay expedición científica que no se preste a incluir alguno), fotógrafos e incluso un avezado mecánico de submarinos (¿?). A la semana de su llegada, San Bernardino ya había sido tomado por una legión de hoyos, pozos, sondeos y galerías a explorar. Pero por más que horadaban no conseguían dar con la llamada veta madre, aquella que les pudiera llevar, siempre a decenas de metros bajo tierra, hasta las mismísimas antípodas. El caso es que a fuerza de excavar y excavar habían convertido los cimientos del pueblo en un complicado laberinto de catacumbas. El símil entre el Minotauro y el Cebú se hizo inevitable. Pero John Benedict Moore II no era precisamente Teseo, y quizás fue eso fue lo que le llevó a la tumba. Sucedió en Octubre, tras cinco meses de búsqueda infructuosa. La desesperación ante la falta de resultados hizo que una mañana se internara solo en aquel galimatías de túneles, incumpliendo la norma de oro de todo espeleólogo: no descender nunca en solitario. Le empujaba la firme intención de no regresar hasta haber encontrado algo. Lo que fuera. Costase lo que costase. Ya se sabe, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña… Pero no hubo suerte, así que tuvo que ser el destino quien le encontrase a él. El caso es que tras cinco horas se topó con un cebú. Aquello no debía entrar en sus planes pues no iba preparado para un contratiempo así. Sólo cabía correr, pero aquel infinito garabato de pasillos no invitaba precisamente a un final feliz. Así fue: Jhon Benedict Moore II fue corneado en el ojo izquierdo. La palabra alarido y la palabra desesperación pueden servir para describir aquel vendaval sonoro que pudo oírse por todo San Bernardino. Un capricho de la acústica quiso que las fosas sépticas del pueblo sirviesen de caja de resonancia para sus gritos. Rápidamente se organizó una partida de salvamento que habría de resultar inútil. Desgraciadamente su fin ya estaba escrito con lágrimas de sangre (pido perdón por lo melodramático de la metáfora, pero siempre me ocurre cuando tengo que hablar de la muerte). Era inevitable. Lo encontraron aún con vida. Moribundo y confuso. Herido de muerte, desangrándose a borbotones, una pátina de óxido cubriéndole el rostro, la huella del asta prendida en el alma. Fue conducido, sin saber muy bien por qué, al pilón municipal, donde acabó de morir. Su muerte, épica y de leyenda, fue propia de un torero; de ahí el sobrenombre con el que ha pasado a la historia, Finito de Oxford.
A la marcha de la expedición, las galerías excavadas sirvieron como armazón y modelo para la actual red de alcantarillado público con la que cuenta San Bernardino. Un prodigio de la ingeniería hidráulica que pronto fue adoptado por las grandes capitales europeas y americanas: Buenos Aires, Bogotá, Atenas, Viena, Milán…
PRÁCTICAMENTE MAGIA
Atraídos por el hedor a magia y fantasía que desprenden las apariciones de los cebúes, son numerosos los chamanes y gurús de lo oculto que han aportado a esta historia su pequeño granito de arena en forma de ritos, invocaciones y supuestos exorcismos para mayor gloria de feroces dioses de nombres no siempre fáciles de pronunciar. Famoso fue el caso de un brujo venido desde las selvas del Amazonas, quien afirmaba que sólo el sacrificio de la sangre humana podía acabar con tan extraño suceso. Bueno, el sacrificio humano y 10.000 francos suizos… Convencido de sus palabras, el pleno del ayuntamiento, en sesión extraordinaria, acordó ofrecer el corazón de tres vírgenes el día de Nochebuena de 1954. Las elegidas, todas ellas hijas de las familias más pudientes del pueblo (pues se consideraba todo un honor morir por tan noble causa), disfrutaron de sus últimos días como auténticas faraonas, bañando sus más que cercanos estertores en auténtica leche de burra. La más caprichosa de las tres consiguió que le construyeran una pequeña pirámide con mármol traído expresamente de Carrara. Llegado el día, un punzón de oro se cobró su tributo… y de paso sus tiernas existencias. Pero la misma noche del sacrificio, en plena misa del gallo, una pareja de cebúes irrumpió estrepitosamente en la ermita de Nuestra Señora del Buen Socorro. El escándalo fue mayúsculo. Acusaron a sus madres de haber parido meretrices en vez de hijas. Si el sacrificio había sido inútil sólo podía deberse a que las jóvenes ocultaban entre sus piernas una mácula mayor que su falta de vergüenza. Tres días después se descubrió el pastel: el supuesto brujo no era sino un antiguo deshollinador de Oporto (ciudad de la que dicen que acabó siendo alcalde). El estafador fue detenido por la guardia civil en la frontera entre Salamanca y Portugal, y aunque pudieron recuperarse los 10.000 francos fue imposible restituir el honor y la honra de las familias afectadas.
¡QUÉ VIENEN LOS RUSOS!
En 1965, en plena guerra fría, alguien lanza una hipótesis en principio nada descabellada: las apariciones de cebúes se deberían a una maquinación comunista judeomasónica. Con una periodicidad aún por determinar, submarinos venidos desde Sebastopol, en el mar Negro, remontarían el Alhama transportando los cebúes hasta San Bernardino. Su fin sería el de desestabilizar el suelo patrio, garante espiritual de occidente y cabeza visible de un nuevo amanecer. Los rusos, como bien sabían, son seres abyectos y ruines educados en el engaño, la mentira y la negación de Cristo. Todo encajaba. Quién, si no ellos, sería capaz de tramar algo semejante. Los rumores pronto toman las calles. Las ideas más peregrinas cobran forma en las tertulias de los bares. Se habla de la momia de Lenin, la de verdad, ya que la expuesta en Moscú sería falsa, hecha al parecer con remiendos de carne de cerdo; se habla de un sótano en San Bernardino en el que se conservaría la auténtica momia de Lenin, el corazón de la revolución rusa, el rostro imperturbable por los siglos de los siglos. Se habla de quintacolumnistas que estuviesen torpedeando el recuerdo de los caídos por Dios y por la patria, el recuerdo de José Antonio (¡presente!). Se habla de un gulag (ya clausurado) al que Stalin hubiese estado mandando las sobras de los stocks de Siberia. Se habla de hoces y martillos, de colectivizaciones, de politburoes secretos, del ejército rojo, del KGB, del Sputnik, de Yuri Gagarin... Se habla de todo, de mil y una cosas, de todo menos de los cebúes, que con tantas especulaciones ya habían sido desplazados por el odio al enemigo común. Un día, alguien creyó ver un periscopio asomando en las aguas del Alhama. Inmediatamente saltaron todas las alarmas. Las recién formadas milicias de autodefensa nacional (la mayoría de ellos antiguos requetés y falangistas) se acercaron a investigar armados con antorchas, azadones y horcas. Al no encontrar nada mandaron drenar aquella parte del cauce. La verdad es que resulta un tanto cómico pensar que en un río con apenas 40 cm de calado pueda fondear un submarino soviético, pero ya se sabe que el sueño de la razón produce monstruos. Resultó ser la bajante rota de una fachada. Al parecer alguien la había arrojado haciendo caso omiso de las ordenanzas municipales. Aún así no todo el mundo quedó satisfecho con la explicación. La idea de los submarinos rusos se había enquistado en el imaginario colectivo. Así pues, a la delegación del gobierno no le quedó más remedio que tomar cartas en el asunto. La cosa se estaba desmadrando y amenazaba con generar tumultos y desórdenes de muy difícil solución. Reunidos de una parte las fuerzas vivas de San Bernardino (alcalde, párroco, maestro y boticario) y por otra la comandancia general de la sexta región militar (que englobaba las capitanías generales de Burgos, Logroño, Navarra y Vascongadas), se decidió mandar trece carros de combate para asegurar el perímetro del pueblo. Ni la más fantasiosa de las invasiones podría atravesar la criba del calibre de sus cañones. Ya no habría de qué temer. Para mayor seguridad también se minó el río. Pero erre que erre, había quien seguía viendo submarinos en el Alhama. Debía ser algo crónico, como el reuma o las migrañas, puesto que dudo que la flota soviética dispusiera ni de la mitad de los que se afirmaba que habían presentado hostilidades en San Bernardino. De haber sido así, el telón de acero no hubiese quedado muy lejos del Missisipi. Ya sólo quedaba acudir a las más altas instancias. El guante fue recogido por Manuel Fraga Iribarne, por entonces ministro de turismo, que, valiéndose del mismo golpe de efecto que habría de repetir en el asunto de las bombas atómicas de Palomares, decidió personarse en San Bernardino acompañado del embajador de Estados Unidos. La idea era demostrar la inocuidad de las aguas del Alhama, que a pesar de todo el revuelo seguían fluyendo ajenas al riesgo de una tercera guerra mundial. Enfundados en sendos bañadores y luciendo una figura muy del canon de Las Tres Gracias, se dieron un chapuzón ante la plana mayor del periodismo nacional. El NO-DO recogió el momento. Su seguridad personal no se vio comprometida en ningún momento: ningún ingenio acuático hizo amago de atentar contra sus personas. Aquel gesto alejó definitivamente los fantasmas de los submarinos rusos. Cerrada la crisis, se organizó en su honor una capea de cebúes en la que participó el mismísimo Manuel Benítez “El Cordobés”, que ya por entonces se contaba entre las grandes figuras mediáticas del toreo. Las crónicas sociales del momento trataron largo y tendido la noticia, resaltando con pícara malicia un posible affaire del diestro con Concha Velasco. Pero eso ya es otra historia…
Los cebúes, como era de esperar, siguieron a lo suyo, apareciéndose sin importarles lo más mínimo lo que ocurría a su alrededor.
LA CONEXIÓN HISPANO-HINDÚ
En 1974, coincidiendo con un repunte en las apariciones de cebúes, se decidió invitar a San Bernardino a una delegación de sabios de la universidad de Calcuta. La lógica sugería que quién mejor que ellos, que compartían geografía y hábitat en su patria natural, para intentar (pues nunca estuvo claro que lo fueran a lograr) desentrañar su misterio. No sirvió de nada. Tras quince días de sesudas reflexiones llegaron a la conclusión de que no entendían nada. El mayor de todos ellos, un hombre enjuto de unos noventa años y que daba la impresión de que iba a ceder de un momento a otro al peso de su turbante, confesó que al tercer día de meditación estuvo a un tris de alcanzar el nirvana, pero de los cebúes no sacó nada en claro. Peor les fue a parte de sus compañeros que, acostumbrados a los rigores de Calcuta, sucumbieron a las tentaciones que allí se les brindaban: vino, fiambres, mujeres, juego, bailes agarrados… Nueve meses después de su partida, el padrón municipal., tan necesitado de sangre fresca, levantó una estatua en su honor. Pero aún hubo más. A iniciativa del patronato cultural se acordó la celebración bianual de un simposio sobre la vida y obra de Rabindranath Tagore, célebre escritor Nobel que, junto a la Madre Teresa, dio mayor gloria a la ciudad natal de sus invitados. A día de hoy aún se sigue celebrando, y no hay edición que no pueda calificarse con la palabra éxito.
CARNE DE CAÑÓN
Parecía algo obvio, pero hubo que esperar hasta mediados de los 80 para que alguien se diese cuenta de los pingües beneficios que podían obtenerse de todo aquello. Y menos mal: más vale tarde que nunca. Pongámonos en situación: la industria local languidecía sin solución y el paro ya afilaba los colmillos en vista de sus más que seguras víctimas. La crisis amenazaba con sepultar el futuro de todo un pueblo. Pero ya se sabe que en tiempos difíciles se agudiza el ingenio. Así, en 1985, apareció el primer salchichón de cebú al oeste del río Ganges. La aceptación fue inmediata. Los consumidores no tardaron en subirse al carro de la nueva moda. Su carne, tierna a la par que baja en calorías, se convirtió en la nueva sensación de las despensas más chics del momento. Pronto la producción se diversificó: chorizo, salami, mortadela, chóped, cecina, longaniza… No había guateque ni fiesta que se preciara de serlo en la que no se sirviera cebú y Dom Perignon. En pocos meses su fama ya había cruzado el Atlántico. Kim Basinguer, preguntada por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo debía a la carne de cebú. A partir de ahí Holywood se rindió a sus pies. Al Pacino, Robert de Niro… todo aquel que se consideraba algo en el mundillo del espectáculo se negaba a hacer la digestión si no había cebú de por medio. Incluso Vanity Fair le dedicó la portada en su edición de Junio del 88. En ella, Meryl Streep, cual intrépida vaquera, salía posando a lomos de uno… todo muy bucólico y pastoril, muy del gusto americano. En 1996 se creó la denominación de origen calificada “Cebú de San Bernardino”. Se trataba de dar el empuje definitivo a la calidad, puesto que la cantidad hacía años que ya campaba a sus anchas. Pero ya era demasiado tarde. De aquellos lodos vendrían estos barros. Aquel descontrol trajo consigo algo hasta entonces desconocido: la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. También conocida como enfermedad de los cebúes locos. El idilio con el consumidor llegaba a su fin. Tres muertes por consumo de carne no son precisamente un buen reclamo publicitario. La vía expeditiva, o metafóricamente la patada en el culo, fue la elegida por el mercado para mandar al garete el tinglado que se habían montado los de la denominación. Las ventas se precipitaron por un pozo sin fondo. Ni siquiera un milagro como el de Lázaro podría resucitar a su pésima balanza de resultados. Quienes tanto les habían ayudado ahora les daban la espalda. Kim Basinguer, vuelta a preguntar por la espectacular figura que lucía en Nueve Semanas y Media, aseguró que todo se lo había debido a la carne de jirafa, pero que de los cebúes no había oído hablar en su vida. El mundo está lleno de desagradecidos. En 2000, la Unión Europea prohibió las importaciones y exportaciones de carne de cebú dentro sus fronteras. Ésa fue su definitiva sentencia de muerte. Ya no volvió a levantar cabeza.
UN ENCIERRO DE PELÍCULA
A principio de los 90, Steven Spielberg recaló en San Bernardino con un guión a medio terminar que apuntaba a taquillazo. En la película, un grupo de científicos a sueldo de un extravagante multimillonario se dedicaría a clonar cebúes. Pero no cualquier tipo de cebúes, no, se trataría de los primeros cebúes que poblaron La Tierra, cebúes antiquísimos. El ADN necesario lo extraerían de ciertos mosquitos prehistóricos conservados en ámbar, el fósil de la resina de los árboles. Una vez clonados se utilizarían como reclamo y atracción de un gran parque temático. Un parque que revolucionaría el concepto de ocio y diversión. Pero juegan a ser dioses y fracasan en el intento. El tiro les sale por la culata. Nada se parece a lo que habían planeado. Los cebúes se descontrolan y no tienen más remedio que abandonar el parque a su suerte. La película se llamaría Parque Cebú. En mente estarían dos posible secuelas: Parque Cebú II y Parque cebú III. La idea era rodar los exteriores en San Bernardino aprovechando el tirón de su atrezzo natural. Así abaratarían costes. El ayuntamiento había puesto todo a su favor. Contaban con un corral con más de 500 cebúes a su disposición. Los propios vecinos harían de extras por una suma poco más que simbólica. El rodaje debía comenzar el 7 de Julio de 1992… Aquella mañana, los mozos del pueblo, en lo que en un principio se consideró una chiquillada de mal gusto, soltaron, al grito de Viva San Fermín, media docena de cebúes por las calles de San Bernardino. La carrera, a decir verdad, fue limpia: no se registraron heridos por asta de cebú. Sólo hubo que lamentar la pérdida del equipo de filmación (valorado en más de un millón de dólares) y cuatro claquetas. Aquello hizo que Spielberg montara en cólera y jurara no volver a pisar jamás esa tierra de bárbaros. También que la CNN y Sky News se hicieran eco de la noticia y ésta diese la vuelta al mundo. La productora, dadas las circunstancias, decidió suspender el rodaje de la película: San Bernardino no era un lugar seguro para su dinero. Pero no hay mal que bien no venga. Con ello se logró el conocido como efecto llamada o efecto Hemingway. Igual que le sucedió a Pamplona con la publicación de Fiesta (Ernest Hemingway, 1926), aquella sonada algazara sirvió de gancho para turistas deseosos de emociones fuertes con un puntito de exotismo. Ya se sabe que la adrenalina siempre ha sido un buen reclamo. El resto lo hizo el boca a boca. Poco a poco los encierros de cebúes se convirtieron en un clásico del verano. En 1999 se consiguió que fueran declarados fiesta de interés internacional. Hoy en día se pude afirmar, sin miedo a caer en la exageración, que no hay nadie que no haya oído hablar de ellos o, mejor aún, que no conozca a alguien que los haya corrido. También, todo sea dicho, que han terminado por masificarse, siempre abarrotados de gentes venidas de todos los rincones del mundo. Se ha perdido aquel espíritu pionero que inspiró a los primeros corredores. Siendo sustituida la épica de los valientes por la codicia de los tour-operadores que, verano tras verano, siguen lucrándose a costa de todo aquel que quiera acercarse a vivir en primera persona la buena nueva de los encierros. Todo sea por la pasta, qué se le va a hacer. Éste es el mundo que nos ha tocado vivir. San Bernardino no iba a ser una excepción…
EPÍLOGO: ¿DE AQUÍ A LA ETERNIDAD?...
A lo largo de estas páginas he procurado ceñirme a los hechos tal y como sucedieron o, por lo menos, tal y como han llegado a mí. No es mucho, lo sé. Tampoco ha sido fácil, así que espero que reconozcan el esfuerzo que ha supuesto vertebrar en un sólo volumen la historia reciente de San Bernardino. Pero si asomarnos al tiempo pretérito ha sido toda una odisea, no quiero ni pensar lo que ocurrirá si nos aventuramos con el que está por venir. Nadie tiene claro qué pasara a medio y largo plazo. Ni siquiera si el continuo fluir de cebúes será para siempre. A decir verdad, la causa de sus apariciones ha dejado de ser una preocupación real, siendo su lugar ocupado por la incertidumbre de su persistencia en el futuro. San Bernardino no se entiende ya sin ellos, y cualquier cambio, por pequeño que sea, puede ser catastrófico para el pueblo.
Las últimas noticias apuntan a que John Benedict Moore III (hijo de Finito de Oxford y padre de John Benedict Moore IV) está preparando una nueva expedición, la madre de todas las expediciones, con la que tratará de honrar la memoria de su padre y arrojar nueva luz a un misterio que dura ya demasiados años. Esperemos que lo logre y no caiga en el intento. Que Dios reparta suerte.
EDUARDO, MADRID-LOGROÑO, 2008 January 27 OTRA VEZ SERÁOTRA VEZ SERÁ
Recuerdo mi primera visita al circo como uno de los días más extraños de mi vida. Yo tendría unos veinticinco años. Por extraño que parezca nunca había querido ir antes. De niño me daba un poco de miedo: los payasos no me hacían gracia., los trapecistas me daban vértigo y los animales enjaulados me deprimían. En fin, un desastre que sólo pude remediar pasados ya los veinte. El caso es que una mañana, de regreso del mercado y cargado como una mula, o un sherpa, con las bolsas de la compra (siete kilos de naranjas, quince latas de anchoas y un anciano vietnamita experto en lenguas muertas), me abordó una jauría de malabaristas griegos. Para mi sorpresa me rodearon y se pusieron a gritar lo que a mí me parecieron referencias poco honestas hacia la noble institución de la maternidad. Se me heló la sangre. Nunca había oído un lenguaje tan soez. En esas circunstancias lo más lógico hubiese sido intentar escapar, lo sé, pero no me dio la gana, para ello hubiese tenido que renunciar al ajuar con el que cargaba (artículos todos ellos de primera necesidad), y, qué coño, llámenme ruin y miserable si quieren, pero mis cuartos me habían costado. Por si fuera poco tenían una pinta rarísima, como de recién salidos de un aquelarre de antropófagos. Sus rostros, más famélicos que otra cosa, no invitaban precisamente al optimismo. Así que si nadie lo evitaba mucho me temía que la única forma de salir de ahí iba a ser con los pies por delante. Pero el tiempo pasaba y allí no se movía ni dios (…por no hablar del apuntador). Me tuvieron así cerca de los veinte minutos, hasta que el que parecía su cabecilla (un armario empotrado de unos tres por tres metros) me enseñó, haciendo gala de unos modales impropios de una señorita como él, el dedo corazón de su mano derecha; dejando entrever de paso su deseo de verme múltiples veces sodomizado. El resto pareció captar el mensaje (si es que lo había), y, sin dejar de gritar obscenidades, fueron cerrando el círculo en el que me tenían preso. Para mi desgracia la calle estaba desierta y no había quien pudiera socorrerme. Perdida toda esperanza de salvación, pensé que ése era mi fin, que iban a robarme el alma o a practicar alguna clase de homicidio con mi persona, pero no, nada de eso, me explicaron que el circo Honey había llegado a la ciudad y me invitaron a la función (o “defunción”, tal y como me explicaron en su precario castellano) de esa misma tarde. Me hicieron gracia (sobre todo uno de ellos, que siendo tuerto de ambos ojos se esforzaba en hacer malabares con diez taladros hidráulicos), y como no tenía otra cosa mejor que hacer acepté y les prometí acudir.
A las seis en punto ya estaba haciendo fila para entrar. Un enano subido a un taburete hacía las veces de taquillero. A cada persona que entraba le ofrecía unas gafas de bucear. Cuando le pregunté para qué eran no dijo nada. Se limitó a sonreírme y guiñar un ojo. Volví a insistir y recibí una bofetada por su parte. Ya no quise saber más. Busqué mi localidad y tomé asiento. El ambiente era inmejorable, no cabía un alfiler. La expectación era máxima. Al fondo de la pista se abrió un telón y aparecieron tres paquidermos arrastrando un enorme ingenio mecánico. Era un cañón de la primera guerra mundial, no había dudas, La Gran Bertha (así lo llamaron los alemanes en su momento), un cañón de proporciones titánicas. Gigante, alrededor de treinta metros de largo y con un calibre por el que hubiese pasado sin problemas un pequeño hipopótamo ungido en mantequilla. Impresionante. Un emotivo aplauso se apoderó de toda la carpa. Durante más de cincuenta minutos sólo se oyó un continuo batir de palmas. El estruendo era insoportable. Sectores del público rivalizaban entre sí por elevar sus aplausos por encima de los demás. Familias enteras se disputaban el dudoso honor de ser las más ruidosas. Aquella barahúnda amenazaba con dejarnos sordos a todos. Varias personas, entre ellas un conocido saltador de pértiga, tuvieron que ser desalojadas entre espectaculares convulsiones. Un niño con sobrepeso (mórbido sería la palabra) entró en éxtasis y aseguró estar hablando con María Magdalena. Nadie le creyó. La cordura había pasado de largo y se había olvidado de nosotros. Una especie de enloquecida comunión había cementado el ánimo común. Aquello parecía no tener fin, como una asíntota enamorada del infinito. Éramos un solo cuerpo aplaudiendo por la eterna salvación de nuestras almas.
De repente, en el medio de la pista, a la derecha del cañón (según lo veía yo), se abrió una diminuta trampilla del tamaño de una caja de zapatos. Todas las miradas se clavaron en ella. Desde los megáfonos se pidió silencio y un fuerte aplauso (¿¡otro!?). Un hombre vestido de chaqué (rojo) y chistera (también roja) brotó de ella como si de un géiser se tratase. Hizo una reverencia y tomó un micrófono que apareció colgando desde lo alto de un trapecio. Agradeció de todo corazón nuestra efusividad y comenzó a narrar la historia del gran cañón. También la suya propia. De sus palabras dedujimos que se trataba de un hombre-bala o de un jurista que una vez soñó que quería ser un hombre-bala. No quedó muy claro. Tampoco si éste iba a ser su primer vuelo o su primera explosión (desconozco la terminología propia de los hombres-bala). La verdad es que no hablaba muy bien el castellano. Se hacía entender en una mezcla de castellano, portugués, inglés y esperanto. Lo único evidente era el amor que parecía sentir por aquella enorme pieza de artillería. Un amor pegajoso. Así, contagiada por su pasión, una mujer se precipitó desde las gradas con la intención de abrazar y copular en repetidas ocasiones con el gran cañón. Un guardia de seguridad (puede que fueran siete, no lo recuerdo bien) no tuvo más remedio que neutralizarla de un golpe en las costillas. Aquellos modos y maneras para con el público no hicieron sino enervar el sentir general, demasiado alborotado a esas alturas.
El hombre del chaqué, consciente de que la situación se les iba de las manos, nos pidió un poco de serenidad. También que nos pusiéramos las gafas de buceo. Así lo hicimos. Alguno con tan mala suerte de saltarse un ojo, o tres, en el intento. Aquello, la verdad, no me dio muy buena espina. Pintaban bastos y yo tenía todas las de perder. Me imaginé lo peor. Pensé que no tardarían en inundar la carpa (¿para qué si no las gafas?) y lamenté no haberme traído un bombona de oxígeno o, en su defecto, un tubo de snorkel. Temí morir ahogado. Aunque no debí ser el único. Un devoto del principio de Arquímedes (amén de barbilampiño) se hizo con quince globos de helio y escapó volando de ahí. Era de locos. El anciano sentado a mi derecha exigió la dimisión, ipso facto, de las autoridades competentes. Un murmullo de aprobación recorrió las gradas. Los elementos subversivos ahí presentes (trotskistas según confesaron más tarde) surgieron de entre las sombras y proclamaron la revolución permanente. Aquel contubernio era un polvorín sin orden ni concierto. Parecía que la tercera guerra mundial iba a estallar de un momento a otro. Sólo la intervención de un poderoso dios (preferiblemente Anubis) o una invasión alienígena podía sacarme vivo de ahí.
Ahora no podría jurarlo, pero creo que al poco nos durmieron con cloroformo. La verdad es que no les culpo. Qué otra cosa podían hacer, ¿rociarnos con gas mostaza? Mejor así, tampoco hay que ser quisquillosos. Lo importante es que dos horas después despertamos y el espectáculo pudo comenzar por fin. Entre vítores y aplausos (un vicio irrenunciable aquella tarde) dos empleados del circo sacaron a la pista una escalera con ruedas y un barril repleto de pólvora. El hombre del chaqué se vacío éste último por todo el cuerpo: bolsillos, perneras, calcetines, axilas, oídos, ombligo… ningún recoveco quedó libre de aquel peligroso hollín. Como guinda final ingirió medio kilo por vía oral, “mejor que el bicarbonato para las digestiones pesadas”, bromeó mientras se ponía un ridículo casco (que más que un casco parecía un cartón de leche atado a la cabeza). Aún entre risas, se subió a la escalera y pidió a los empleados que arrastraran todo el montante hasta la boca del cañón. Una vez allí nos confesó que estábamos a punto de ver algo que no olvidaríamos en la vida, uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza (¿?). Uno de los trotskistas me preguntó si se refería a la aurora boreal o la migración anual de los ñus. No me dio tiempo a contestarle. Las luces se apagaron y empezó a sonar un redoble de tambor. Como si de un tobogán se tratase, el hombre-bala se arrojó a su interior al tiempo que se encomendaba a una virgen de nombre impronunciable. En la base del cañón, el enano que hacía las veces de taquillero prendió una mecha. Medio minuto después una gran explosión iluminó a todos los allí presentes. Un magma de vísceras y tendones inundó la carpa. En un gesto muy hermoso, ignoro si premeditado o no, el hombre bala nos había regalado (o salpicado) a cada uno de nosotros una parte de su intimidad más orgánica. Nos quedamos de piedra y con la boca abierta. Teñidos con el océano carmesí de sus entrañas no dábamos crédito a lo que acabamos de ver. En efecto, habíamos sido testigos de algo fuera de lo común. Me sentí profundamente conmovido y di gracias a Anubis.
En la confusión me había saltado a las gafas un pedazo de lo que supuse sería el hígado del jurista. Chorreaba sangre y bilis. Ilusionado como un niño con zapatos nuevos me lo guardé y estallé en un gran aplauso de agradecimiento. Todos me siguieron. De nuevo se desató la locura. Un hombre empezó a golpearse el pecho con una butaca. Otro afirmó estar hablando con María Magdalena, aunque sólo el niño mórbido pareció creerle. Un tercero se lanzó a dar vueltas sobre si mismo haciendo el pino puente. Nadie entendía qué estaba pasando allí, y mucho menos yo, que otra cosa no será, pero imán para los desastres y las calamidades tengo un rato. Entre tanto, no sé si por la explosión o por lo nervios, el ambiente se había caldeado bastante. Hacía muchísimo calor, demasiado, calculo que estaríamos a unos ochocientos grados, aunque no sé si Celsius o Fahrenheit. Aquello parecía el interior de un crematorio en plena sesión de torrefacción. Sólo de pensar que se me podía evaporar la entrepierna me puse malísimo y empecé a sudar a mares. Por sudar, sudé hasta los primeros calostros de mi tierna a la par que lejana infancia. Todo mi cuerpo no esa sino un grotesco sifón con galones de plusmarquista, hasta tal punto que quienes estaban a mi lado me preguntaron si yo también formaba parte del espectáculo. Alguien incluso pidió hacerse una foto conmigo. Una mujer sin cejas sugirió abrirme la cabeza. Por suerte no cuajó su propuesta. La voz del megáfono pidió de nuevo calma y anunció un breve receso hasta el siguiente número: un tragasables disléxico. Necesitaba salir de allí, así que aproveché la ocasión para ir al ambigú a por un refresco.
A medio camino me abordaron dos culturistas vestidos de cabareteras. Me agarraron cada uno de un brazo y me pidieron que les acompañara. Tenían toda la pinta de veteranos de la guerra de las Malvinas o de vulgares furcias de un burdel de Bangkok, no sabría explicarlo mejor. Tampoco me dejaron preguntar, y cuando así quise proceder me mandaron callar e insinuaron que estaba metido en un buen lío. Un lío del que no creían que pudiera, ni mereciera, escapar. Me llevaron directamente al despacho del director del circo: un ruso que, según dijo nada más entré, descuartizaría a su señora madre sólo por verme bien muerto y enterrado junto a ella. Se me puso la gallina de piel, y viceversa. Un inoportuno hormigueo me durmió las piernas. Creí que de un momento a otro me iba a desmayar. Afortunadamente me pidió que tomara asiento y me explicó lo ocurrido. Al parecer, un dedo del jurista había saltado a las gradas y alguien lo había sustraído para su propio uso y disfrute. Hasta ahí todo normal, nada raro. El problema es que no se trataba de un inocente souvenir (estaban acostumbrados a que la gente se llevara un recuerdo de su visita; yo mismo, sin ir más lejos, guardaba con celo una porción del hígado de su último hombre-bala), aquel dedo traía consigo un anillo de gran valor sentimental para el interfecto. A él le daba igual, pero las últimas voluntades de los difuntos están para respetarlas; y el finado, poco antes de su trágica actuación, bien claro lo había dejado por escrito: en caso de accidente aquel anillo debía ser devuelto a su familia. El ladrón (porque ese fue el término que utilizó), por supuesto, era yo. Quién si no. Por si tenía dudas me mostró un video al que llamó “la prueba definitiva”. En él salía un japonés lisiado (tenía la columna sujeta por una estaquilla de metal) recogiendo el dedo y metiéndoselo en el bolsillo. Era evidente que se trataba de otra persona, pero no sé por qué ni siquiera intenté negarlo. Asumí la culpa sin más. El ruso dijo que era mejor así. No dio más explicaciones. Tampoco exigió que devolviera el botín (y menos mal, porque ambos sabíamos que aunque quisiera no iba a poder hacerlo). En vista de mi buena disposición propuso un acuerdo beneficioso para ambas partes: les compensaría trabajando una temporada en el circo. Ellos andaban faltos de hombres-bala y yo quería salvaguardar mi honor (ya se sabe que cuando se juntan el hambre y las ganas de comer…). Así que acepté. El temor de ser el hazmerreír del barrio y la vergüenza de mi familia me decidió a ello. Pagaría mis culpas convirtiéndome en el mejor obús de la historia.
Cuando ya estaba todo arreglado sonó un teléfono. El ruso descolgó y asintió tres veces, luego respondió: “Reykjavik”; luego: “El campo base ha sido destruido”; luego: “No hay cojones”; luego: “El funk no ha muerto”; luego: “Luego”; luego: “Inmunodeficiencia”; luego: “Mi pastor es Jesucristo”; luego: “Necesito un protector labial”; luego: “Todo se ha ido a la mierda, vuelve, por favor”; luego: “Te quiero”, y colgó. Habían detenido al verdadero ladrón. Su rostro cambió de repente y se volvió de lo más solícito. Se disculpó y, con una aparatosa genuflexión, me besó los zapatos. Llorando y al borde de un colapso nervioso me pidió que le flagelara la espalda hasta sangrar. Yo, por no quitarle la ilusión, le di el gusto. Me solté el cinturón y le calenté a base de bien el costillar. No contento con eso me regaló un bono de diez entradas. También un barómetro/torre-Eiffel recuerdo de un lujurioso fin de semana en París, o al menos eso dijo. Acepté los presentes y me marché sin decir esta boca es mía. Aquella noche no pude dormir.
El circo Honey estuvo tres meses en la ciudad. Nunca vi a nadie comprar una sola entrada, y, sin embargo, todos los días colgó el cartel de “no hay localidades”. Yo, por descontado, no volví jamás. Me quedé sin ver al tragasables disléxico. Una lástima, pero no pasa nada. No hay que desesperarse. Otra vez será.
EDUARDO: MADRID-LOGROÑO 2008 August 24 … AND JUSTICE FOR ALL… AND JUSTICE FOR ALL
Si la prensa está en lo cierto, y nada hace pensar que no sea así, mañana seré condenado por el asesinado de mi padre. La verdad es que yo no lo hice, pero eso es lo de menos, no tiene importancia. Todo empezó hará cosa de dos años con una llamada de madrugada, una de esas que te saca de la cama sabiendo que nada bueno puede haber sucedido. Era la policía avisándome de que habían encontrado el cadáver de un hombre, al parecer el de mi padre, y necesitaban que pasara por el anatómico-forense a identificarlo. No fue fácil, le habían descerrajado dos tiros en la cabeza y su rostro apenas era un legajo de gelatinas y huesos. Pero era él, no había duda, la cicatriz del pecho (recuerdo de un soplo cardíaco) era inconfundible.
La policía me permitió llorar el luto una semana, entonces me llamaron para declarar, simple rutina me dijeron. Cualquier cosa que supiera debía decírselo, el más mínimo detalle, por insignificante que fuera, podía ayudar a resolver el caso. Los que lo habían hecho debían pagar por ello.
Se me ocurrió aquella misma noche después de declarar: jugar a incriminarme por el asesinato de mi padre. Al principio me lo tomé como un pasatiempo sin más (otros se entretienen con insulsos sudokus), un simple divertimento que me hacía gracia. Si me lo trabajaba bien podía ser el mejor falso parricida de la historia. El mal ya estaba hecho y, al fin y al cabo, no tenía nada que perder, o eso creía yo. Pero lo que empezó siendo una chiquillada inocente y nada premeditada acabó convertido en un reto personal, un desafío a la lógica. Así, como atraídos por misteriosos cantos de sirena pronto conseguí que varios detectives me siguieran los pasos. Me gustaba saberme observado y vigilado por la policía, me hacía sentirme importante. La inercia (o el afán de protagonismo) me llevó a enredar el caso, a dar falsas pistas que siempre volvían a apuntar a mí. Conforme ellos necesitaban pruebas para incriminarme yo se las iba proporcionando. Sabían que yo nunca les fallaría, siempre podían contar conmigo. Jugaba al despiste con ellos. El móvil del asesinato era variable, unas veces se trataba de una herencia que no existía, otras el odio y el rencor por una infancia nada feliz, incluso celos por el amor de mi madre. Disponía a mi antojo de la policía, se trataba de una perfecta relación de conveniencia: yo siempre les decía todo lo que ellos querían oír, y todos tan contentos. Además me servía de llamadas anónimas para tenderme trampas y delatarme. Luego yo mismo me encargaba de desmontar mis coartadas, y si era necesario me las ingeniaba para que ellos comprobaran que eran falsas. Y a pesar de que nunca concretaban nada, siempre volvían a mí, era inevitable. El truco consistía en sembrar mil y una dudas en mi contra: en el momento en que desestimaban una ya tenían otra que investigar. Con cierta periodicidad la policía me llamaba a declarar. Me sentaban frente a un potente foco de luz y dos polis jugaban a ser el poli bueno y el poli malo. Me interrogaban con una dureza que, a mi parecer, no estaba a la altura. Pero no tenía más remedio que mostrarme afectado, fingir que me derrumbaba y que estaba dispuesto a firmar mi culpabilidad. A última hora me sobreponía, lo negaba todo y exigía que atrapasen a aquel bastardo que tanto daño había hecho a mi familia. Para complicarlo aún más, escribí a varios periódicos recriminando a la policía su pasividad ante el asesinato de mi padre, un hombre al que la sociedad tanto le debía. Amenazaba con tomarme la justicia por mi mano, no estaba dispuesto a que tan atroz crimen quedara impune, eso sí que no. Así conseguí que destinaran más agentes al caso. Policía nacional, policía judicial, guardia civil, todos se interesaban de pronto por mí. Recién convertido en la comidilla de la crónica negra de este país y ya tenía montado un circo mediático a mi alrededor, un circo que se retroalimentaba por sí mismo. Por otra parte me había metido tanto en mi papel de asesino acorralado y sin salida que veía chivatos y delatores por todas partes. Yo mismo era uno de ellos: el más eficaz. Y eso me hacía sacar pecho y sentirme orgulloso de mi buen hacer. Aporté más pruebas, exculpé a quienes podían hacerme sombra. Gracias a mí el cerco sobre mí mismo, valga la redundancia, se iba cerrando. Sus pesquisas, con ayuda de mis delaciones, iban dando sus frutos. Creo que nunca se habían encontrado con un sospechoso tan servicial, colaboraba en todo lo que estaba en mis manos. Conseguí que me quitaran el pasaporte y me impidieran salir del país. Otro triunfo más, estaba en el buen camino. Pasados los primeros meses de investigación dejaron de conformarse con interrogarme y soltarme sin más, ahora me hacían pasar noches enteras en el calabozo. Yo, por supuesto, estaba de su parte y en más de una ocasión sugerí que me aplicasen la ley antiterrorista, así podrían retenerme el tiempo que quisieran, pero fue en vano, por ahí no pasaron. Poco a poco fue aumentando la frecuencia de mis visitas a comisarías y juzgados; y si alguien se lo está preguntado: no, nunca fui torturado, qué más hubiese querido yo. Cohabitaba en perfecta armonía con el inspector que llevaba el caso, me caía bien, era un buen tipo, casado y con dos hijas, muy preocupado por la gravedad de su trabajo. No hubo ningún tipo de problemas entre nosotros dos. Todo era buena voluntad por mi parte. Incluso me dediqué en mis ratos libres a estudiar el código penal por si le podía servir de ayuda. Éramos todos contra mí, un equipo muy unido y perfectamente engranado.
Y así llegamos al mes pasado. La investigación se encontraba en punto muerto, me había quedado sin recursos. Estaba perdiendo el juego. Pero en mi concepción del bien y del mal un crimen no puede quedar impune, y si ellos no hacían valer el peso de la ley ya lo haría yo. En un acto de extrema generosidad para con el ministerio fiscal me propuse acabar con esto de una vez por todas. Me ofrecería como cabeza de turco y pagaría los platos rotos, pero esta vez iría en serio. Sería el chivo expiatorio que tanto habían buscado en mí y nunca habían podido encontrar. Un sacrificio que compensara el mal que me habían causado, la frustración de no ver entre rejas al asesino de mi padre. En un alarde de gallardía confesé todo (si de confesar se puede hablar) y firmé una declaración de culpabilidad en la que admitía todos los cargos que me imputaban, incluso me regalé alguno (después de todo me lo había ganado) que no aparecía en el sumario y que la policía tuvo a bien creer. Como buen hijo que soy inmediatamente me presenté como acusación particular, había que honrar la memoria y el honor de mi padre. Pagaría por todo el daño que me había hecho.
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En las tres semanas que ha durado el juicio, la fiscalía y yo hemos trabajado codo con codo tratando de conseguirme una condena diez a quince años sin posibilidad de reducción. Asesinato con premeditación y alevosía. Creo que hemos hecho un buen trabajo, no he tenido ninguna posibilidad en ningún momento. Para rizar el rizo, varias veces he tenido que simular que perdía los nervios ante una culpabilidad que me abrumaba. Aunque no todo ha sido un camino de rosas ni mucho menos, para mi sorpresa no había contado con un pequeño detalle: las personas de buena voluntad (amigos todos) que se ofrecieron como testigos voluntarios para tratar de exculparme, y que a pesar de sus ruegos no tuve más remedio que ocultarlos tras un prudente olvido. No quería defensa alguna. Incluso mi abogado, que aún sigue creyendo en mi inocencia, no salía de su asombro cuando, día tras día, me enfrentaba abiertamente con el jurado; ignoraba que su labor era inútil, yo ya me había sentenciado antes de tiempo. Ya digo que he cuidado todos los detalles: no he dejado a mi favor ningún resquicio que oliese a inocencia. Además siempre he mantenido mi total ausencia de arrepentimiento y mi deseo de repetir lo que sólo yo sé que no cometí. Pero por fin creo que el jurado ha picado el anzuelo: los psicólogos forenses debieran darme un Oscar por mi interpretación de un psicópata perturbado. Mañana, al hacerse pública la sentencia, espero poder recoger los frutos sembrados. Sólo pido justicia, ¿tanto es pedir? August 06 EN EL BOSQUE
EN EL BOSQUE
Un hombre pasea por el bosque. Tras media hora andando se topa con una mujer ahorcada en un árbol. Un sudor frío recorre su espalda. Se encuentra mareado. Tiene miedo. El bosque está desierto. No sabe adónde acudir. Cree que la conoce, le suena de haber coincidido con ella en alguna parte, quizás en el barrio. Recuerda haberla deseado, incluso haberla poseído con la imaginación. Su rostro sin vida se le antoja bastante atractivo. Era guapa. Es guapa. El cadáver cuelga de tal manera que sus rodillas quedan a la altura de los ojos; y como si de un péndulo se tratase, su cuerpo marca el tiempo que la separa de los vivos. Lleva un top rojo que le ciñe el pecho, una falda con vuelo, zapatos de tacón. Parece haberse arreglado para tal ocasión. La lengua, yerma e hinchada como un algodón, asoma fuera de la boca. La soga ha teñido su cuello de un azul morado. El viento sopla y levanta su falda unos centímetros. Las piernas, como dos estalactitas de mármol, se adivinan perfectamente depiladas, suaves como la seda. La mano izquierda sostiene con celo una nota. En ella repasa los motivos que le han llevado a tomar tan drástica decisión: problemas, más problemas. Un amor maldito, una historia mil veces repetida. El hombre la compadece: tan joven, tan guapa, tan atractiva… No se merecía un final así. Un tirante del top ha cedido dejando al aire un hombro del color de la cera. Una melena de caoba indica la dirección del viento. Los ojos, doblados hacia dentro, parecen querer escapar del mundo que los rodea. Un débil carmín sonroja levemente sus labios. Un colgante de oro refleja la luz anaranjada del atardecer. Un pequeño hilo de saliva resbala por su mentón. Qué guapa es, repite para sí mismo. El viento cambia de dirección y ella baila como una peonza. No se marea, no protesta, no se defiende. El hombre sube al árbol, deshace el nudo y deja caer a la mujer. El ruido asusta a un par de pájaros que, inmediatamente, levantan el vuelo. Un pecho ha quedado al descubierto. Con la caída se ha roto una muñeca; un hueso astillado saluda con timidez. Ha perdido un zapato. El reloj, regalo de un aniversario a olvidar, ha quedado inservible. La falda se ha enganchado en un brote. Su ropa interior sugiere cierta elegancia, probablemente noches de rosas y vino. Por inercia (porque carece de sentido) le toma el pulso. Su tacto es agradable, no debe llevar muerta mucho tiempo, aún no presenta el característico rigor mortis. Las costillas se insinúan a través de su piel de sirena. Le cierra los ojos y toma un mechón de su pelo entre los dedos. Se siente extraño, feliz, fascinado por lo que ve. No hay nadie más. Se incorpora y sin querer roza el pezón desnudo: de seguir viva su pecho se inflaría como un globo, pero no es el caso. Un aro con un pequeño rubí descansa en su ombligo. Ni una sola peca salpica su vientre. Todo se precipita, no puede evitarlo. Es preciosa, no tenía derecho a morir así. Una cintura todavía de niña anuncia el pecado de la carne. Tira de la falda y la despoja de todo pudor. Los muslos se descubren manchados de tierra. Un escalofrío en la nuca y un segundo después la mujer ya está desnuda. No hay vello que enturbie su pubis. El deseo le ciega. Los muertos, al fin y al cabo, no protestan y siempre se dejan hacer… July 30 UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (1978-2026)UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (ÁVILA 1978- MADRID 2026)
Las ganas de sodomizar y no ser sodomizado… (La cabalgata de los filos-nazis; Segismundo Garaicoechea; Editorial Apocalipsis; 2009)
INTRODUCCIÓN: TODOS SOMOS SEGISMUNDO GARAICOECHEA
No cabe duda de que en la vida de Segismundo Garaicoechea hubo tres grandes pasiones: la poesía, el arte de la tauromaquia y las novelas de Ana Rosa Quintana. Hasta tal punto, que en sus últimos días (véase Segismundo en Babilonia, Patrick Zuloaga, editorial Armiño, 2040), un Segismundo enfermo e indiferente al resto del mundo se veía ya incapaz de discernir entre dichas pasiones y sus pulsiones más primitivas, que en el caso de las novelas de Ana Rosa Quintana llegaron al más bajo de sus instintos, al extremo de lo obsceno. Ahora bien, su narcisismo (tan extendido entre los pornógrafos de su generación) no fue suficiente a la hora de vencer sus barreras interiores, ese último escollo (¿una tela de araña radiactiva?) que le impedía escribir sobre ellas, acerca de sus obsesiones más profundas. En realidad actuaban en él como un campo magnético con la polaridad permanentemente enfrentada a la suya, un campo magnético que le repelía con cada acercamiento por su parte. Alguien dijo una vez (probablemente algún infeliz adicto a la ayahuasca) que Segismundo era un cuerpo magnético (otra vez el símil del hombre imantado) que, siempre escrupuloso al tacto, se veía constantemente rodeado o cercado o perseguido por invisibles enemigos de metal. Así, sin proponérselo, al evitar caer en sus temores abría caminos no siempre asépticos, caminos que a veces se bifurcaban y morían en inciertos pudrideros de vísceras, salvajes páramos que brotaban como excepciones a la geografía conocida. Segismundo temía todo aquello que pudiese descubrirle, que pudiese sacar a flote aquella parte de él que ni él mismo conocía (como un iceberg celoso de su intimidad), y sin embargo era eso precisamente lo que le impelía a seguir excavando abismos, abismos a los que ya podía asomarse sin el miedo a ser reconocido, abismos a los que afortunadamente también nos invitaba a asomarnos.
Cuando releo su numerosa obra, tanto en verso como en prosa, siento que no podemos referirnos a ella como el legado de un gran escritor (que sin duda lo fue) sino como el rabioso testamento de un funambulista o las grotescas cicatrices de un legionario mutilado. Es por eso que lo único en claro que podemos sacar de sus escritos es que eran peligrosos, y quizás lo más correcto (el homenaje merecido) fuese acercarse a ellos desde dentro de una de esas jaulas submarinas que se utilizan para grabar al gran tiburón blanco, siempre predispuestos para lo peor. Así, en la medida en que seamos capaces de tolerar y transigir con el miedo o el desasosiego, la sarna o la hemofilia seremos capaces de adentrarnos en ese extraño universo imaginado por Segismundo Garaicoechea.
INFANCIA, DESORDEN Y LITERATURA
Segismundo vino a este mundo a la temprana edad de tres años en la castellana ciudad de Ávila, aunque eebido a la profesión de su padre, un capitán de la marina mercante, Segismundo no tuvo una infancia normal. Periódicamente se veía obligado a cambiar de hogar, de amigos, de colegio. Y ya se sabe que los niños son muy sensibles a los cambios bruscos, así que quizás aquel constante ir y venir tuviese la culpa de ese carácter suyo tan de hoja caduca que siempre le acompañó durante toda su vida. Y es que muchos fueron los puertos que conoció, los mares que surcó a tan corta edad. Lugares y páramos que le brindaron una educación sentimental diferente al resto de los niños. Y a pesar de todo creció feliz y fue un niño precoz para todo lo que se propuso, incluso se diría que superdotado. A los trece años ya sabía hablar, a los diecisiete montaba perfectamente en bicicleta y a los veintiuno resolvía sudokus de dificultad media. A los veinticuatro dio a la imprenta El Esputo (autopublicada por él mismo con unos medios bastante rudimentarios), recibida con una fría acogida por parte de los sectores más reaccionarios de la crítica nacional. En él, Juan Sebastián Elcano es teletransportado en una máquina del tiempo al siglo XXI. Una vez en nuestros días es sometido a una infinita entrevista por un polígrafo poseído por el espíritu de un antiguo jefe Sioux. Más que de una novela (como se vendió en su momento) se trataba de un ensayo sui generis sobre las siempre difíciles relaciones entre el hombre moderno y la historia. La clave de El Esputo residía en que por primera vez un libro se atrevía a desafiar tres campos de la física hasta entonces intocables para la literatura, a saber: la ley de Kepler sobre el movimiento de los cuerpos celestes, la ley de Hooke de los cuerpos elásticos y el principio de incertidumbre de Heisenberg. Aun con las limitaciones de distribución de toda opera prima (apenas una tirada de tresmil ejemplares) logró llamar la atención en los círculos del movimiento surrealista y del instituto Rutherford, lo que le sirvió de caja de resonancia para llegar a nuevos lectores. Así consiguió que una editorial se interesase por él, le diese una nueva oportunidad y de paso le reeditase El Esputo (Editorial Zulaika; 2002).
Con la publicación de su siguiente libro, Los investigadores salvajes (Editorial Zulaika; 2004; adaptada al cine con el nombre de Top Gun II), le llegó el reconocimiento de crítica y público. En él retrata en clave de fantasía erótica la reconstrucción del faro de Alejandría por parte de una colonia de judíos sefardíes exiliados en el siglo XVI. Ahora causa risa, pero en su momento fue catalogado de artículo X y prohibida su venta a menores. La novela comienza con una gran orgía/bacanal donde todos los miembros de la comunidad (incluidos menores y animales de carga) deciden aunar esfuerzos para reconstruir la antigua maravilla del mundo. Según avanza el relato se confunden sexualidades, perversiones, planos del levantamiento topográfico. La construcción del faro (símbolo fálico se mire por donde se mire) no es más que la excusa perfecta para diseccionar la mente humana, para hurgar allí donde habitan sus deseos más secretos, su apetencia por la vida y por todo lo vivo. El final es propio de Sodoma y Gomorra, y por lo tanto demasiado humano: un dios (no especifica cuál, probablemente sea él mismo) enfurecido por las desviaciones de Alejandría descarga su ira divina sobre el faro, destruyéndolo a él y a todos sus constructores (incluidos menores y animales de carga).
Aun con todo, las ventas del libro no son suficientes para vivir de sus rentas, por lo que en 2006 abandona temporalmente la literatura para dedicarse a un verdadero oficio (su famélica silueta así lo aconseja). Técnico del gas, deshollinador, actriz porno, vicepresidente ejecutivo de British Petrolium y finalmente comercial de una marca de cosméticos. Durante varios años recorre España y Andorra ofreciendo sus productos de belleza a la sofisticada mujer del siglo XXI.
LA ETAPA ROMANA
Era imposible que su sensibilidad de artista encajase con su nueva vida de asalariado por cuenta ajena, así que en 2009 aprovecha ciertos problemas burocráticos con la Seguridad Social para retomar su carrera de literato y probar fortuna en otro país, otra ciudad: Roma. Así aterriza en la capital italiana, cuna de las lenguas romances, con la intención de labrarse una reputación como escritor de prestigio.
Atraído por las obsoletas ideas de Benito Mussolini e influido por la lectura de Marinetti (la literatura oficial del Fascio) concibe La cabalgata de los filos nazis (Editorial Apocalipsis; 2009), probablemente uno de los libros más aburridos de la historia de la literatura y que bien pudiera ser un capítulo más de La política de Aristóteles, tal y como reconoce él mismo en el prólogo al mismo. Un Segismundo más político que nunca analiza la constitución de Fruitopía (aquí la sombra de Tomás Moro, Campanella y PepsiCo es alargada), ciudad-estado inventada para la ocasión. El libro lo constituyen 5 capítulos, a saber: Fronteras, límites, contornos y geopolítica; El fascismo, la cuestión racial, los principios morales y la lucha por la dignidad; Natalidad, mortalidad, estrategias demográficas y eugenesia; Sindicalismo nacional y representación vertical; Las artes, el transporte y los sistemas de telecomunicación. Su publicación coincide con unas jornadas en Roma de desagravio y homenaje a José Antonio Primo de Rivera inscritas en el marco de la gran cruzada europea-católica. “Cruzada” de la que Segismundo no tarda en desmarcarse para defender posiciones totalmente contrapuestas y combatirla abiertamente. Así podemos entender su extraña adopción de los principios de la tercera internacional. El caso es que Segismundo termina renegando de su propia novela y renunciando a sus derechos de autor, lo que le vale la animadversión de Falange Española y la Sociedad General de Autores.
Tras cinco años de silencio reaparece con 008 contra el Doctor Sí (Editorial Deckard; 2014). Un “divertimento” serio en el que, camuflado bajo un clásico relato de terror, se esconde una ácida sátira política acerca del papel que ha de jugar la genética en las políticas municipales del futuro: Tras una explosión nuclear, la Lombardía es tomada por una legión de zombies radiactivos con poderes telepáticos. La sombra de una guerra civil entre los humanos supervivientes a la explosión nuclear y los zombies va tomando forma. Tras unas semanas de reconocimiento y estudio mutuo, la enemistad entre ambos bandos se materializa en una sangrienta carnicería. Aglutinados bajo la causa común de la patria, los vivos-vivos se deciden a aplastar a los muertos-vivos. Tres batallas son suficientes para acabar con ellos. Los zombies no muestran resistencia en ningún momento, es más, se entregan con humildad a su destrucción, como corderos camino del matadero. En un emotivo alegato final, un zombie moribundo compara Brescia con el huerto de Getsemaní y Milán con el monte Gólgota, confundiendo su propia muerte con la crucifixión del rey de los judíos. En la lejanía, observándolo todo desde una firme atalaya (unas veces de una altura considerable y otras simplemente metafórica), se encuentra Garibaldi, el padre espiritual de todos ellos. Su publicación fue premiada con numerosos galardones: Gran Prix Internacional, Rómulo-Gallegos…
LOS AÑOS DE MINNESOTA
En 2016, asqueado de la política y la sociedad europea, decide darse un respiro y marchar una temporada a América. Así, sin pensarlo mucho, se diría que a ciegas, aterriza en Minnesota, un estado del que lo ignora todo. Rápidamente se adapta a los usos y costumbres locales. Aprende a montar a caballo, a marcar al ganado: de la noche a la mañana se convierte en el primer cowboy con más de tres libros publicados.
Se estrena en este periplo americano con una de sus obras más personales, Hagiografías reprobables (Editorial O´Toole; 2017), en un claro homenaje a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob (autor al que profesaba una confesa admiración), donde va hilvanando vida y milagros de improbables padres de la iglesia que renuncian a su santidad en nombre de Satanás para entregarse a la voluptuosidad de la carne, a la concupiscencia, al estupro, a la traición, al robo, al asesinato, a la mentira, al tráfico de drogas, a la extorsión, a la blasfemia. El libro está escrito con un lenguaje totalmente visceral, con una rabia hasta entonces desconocida en Segismundo, coincidente con la perdida de su fe cristiana y su declaración de apostasía El Vaticano, a través de L´observatore Romano, anatematizó públicamente el libro y prohibió su lectura a todos los católicos. A pesar de todo el éxito del libro fue inmediato.
Como respuesta a la Iglesia Católica Segismundo concibió El Coronel no tiene quien le rasque (editorial Perséfone; 2019). La historia en sí no tiene nada de especial (un robot que se cree Nietzsche y mata a su creador), pero es la forma y el modo que tienen cada párrafo, cada frase y cada palabra de supurar rencor y resentimiento lo que la desmarca (y por ende la eleva) de otras fábulas morales de su tiempo. En sus escasas páginas (trece en la edición de Perséfone) trata de explicar de una forma novelada la concepción del pecado. Alejado de las grandes religiones monoteístas, se desmarca y defiende un pecado totalmente amoral, un pecado entendido como un acto revolucionario, prístino, inocente, incluso liberador, la misma esencia de la condición humana. En el personaje protagonista, el robot DD34, se descubre un velado homenaje al revolucionario ruso León Trotsky, si bien el crítico Arturo Hickman (Los últimos días de Albacete; Editorial Sabina; 2045) sostiene que DD34 es un fallido simulacro de Lizza Minelli. En realidad da lo mismo, DD34 no es más que un dios menor venido a menos que acaba suicidándose: una clara alegoría de la filosofía postmoderna. Decir a estas alturas que se trata de un clásico moderno no es más que engañar al lector; decir a estas alturas que se trata de una novela que no tardará en ser olvidada es acercarse bastante a la verdad; decir a estas alturas que se trata de un plagio indemostrable (por lo menos por mi parte) de El Hobit es hacer justicia; decir a estas alturas que sin temor a caer en la exageración se trata de una obra maestra es algo ya totalmente innecesario.
EL LARGO ADIÓS
“A veces me siento como una gogó en Teherán, como un palíndromo fuera de lugar…”, escribió poco antes de morir (Los Serrano: la novela; Editorial del Agua, 2035) en el delirio de una larga agonía que duró más de tres años. Cuando en 2023, al poco de recalar en Madrid, de nuevo en tierras españolas, le diagnosticaron una esclerosis múltiple no tembló en ningún momento; como en una novela de Raymond Chandler (El largo adiós sin ir más lejos) Segismundo tenía claro que cuando llegara su hora se enfrentaría a ella solo, desnudo, con las manos vacías y un pase VIP, igual que lo haría un místico sufí. Así lo hizo.
En esta última etapa de su vida, un Segismundo enloquecido por el dolor olvida por completo las convenciones sociales y opta, de una forma intencionada, por el escándalo abierto. Así la polémica le acompaña hasta última hora, ya moribundo, con El tambor de teflón (Editorial Fantástica; 2024). En él coquetea con la idea de que Lee Harvey Oswald (el asesino de Kennedy) es un mercenario ewok contratado por Jabba el Hutt para cometer el magnicidio más sonado del siglo XX. El libro arranca con un atormentado Oswald llorando inexplicablemente por la destrucción de la Estrella de la Muerte en su planeta natal, Endor. El dolor y la sed de sangre le arrastran a una carrera de autodestrucción que terminará con el asesinato de JFK en Dallas en 1963. En el trasfondo se adivina un posible parentesco entre Oswald y el impulsor de La Estrella de la Muerte, Darth Vader (una maniquea metáfora de la figura freudiana del padre), cerrando así un círculo apenas entrevisto para el lector no familiarizado con su obra. Tal es el escándalo con su publicación que un juez de San Francisco dicta orden internacional de busca y captura para Segismundo. Afortunadamente su delicado estado de salud consigue no hacer efectiva la voluntad del juez… si bien no creo que le hubiese importado lo más mínimo acabar en una cárcel californiana. Pero él tiene otros planes para sus últimos días. El caso es que una semana antes de su muerte entrega a la imprenta una suerte de antimemorias por encargo a las que llama Los Serrano: la novela (Editorial del Agua, 2026): un ejercicio de catarsis personal donde a través de innumerables incongruencias cronológicas vertebra una biografía claramente inventada, donde no trata de vender los logros de su vida sino de evocar todo aquello que le hubiera gustado ser. Paramilitar en Colombia, mamporrero en Kansas City, sexador de pollos en Logroño, pero en ningún caso escritor, eso nunca. El oficio de escribir (siempre en palabras del propio Segismundo) es el más execrable de los delitos; así el escritor, obligado a cumplir con su deber, se convierte en un suerte de masoquista que se presta voluntario a ingresar en un campo de concentración nazi con el fin de rociarse con gas o construirse el crematorio que le devolverá a su naturaleza de polvo. En su imaginario personal el escritor ni siquiera es capaz de respetarse a sí mismo (y eso Segismundo nunca se lo perdonaría), por eso merece el mayor de los escarnios, la más atroz de las torturas: el más imposible de los olvidos. Y es precisamente ahora, tantos años después y con la sola ayuda del tiempo, cuando ese oscuro deseo (el justo final del escritor) parece haberse hecho realidad…
EPÍLOGO PARA MARSUPIALES
Con la muerte de Segismundo Garaicoechea el 15 de Julio de 2026 las letras hispánicas (y por qué no, también la literatura mundial) no sólo perdieron a su último y más acertado revolucionario, sino también la posibilidad de una verdadera novela total, una novela globalizadora que pudiera guiarnos a la tierra prometida, un compendio o un corolario de lo que la literatura podría llegar a ofrecer o, mejor aún, a ser. Por desgracia nos ha costado demasiado tiempo comprender que su literatura era en todo modo orgánica (su obra siempre estuvo salpicada de bilis, de semen, de linfa, de pus, de orina…), y como tal biodegradable y afectada por el hedor de la pudrición, de lo caduco, de lo que no persiste en el tiempo… Sólo así podemos explicarnos por qué ya nadie parece querer acordarse de Segismundo Garaicoechea, del gran escritor que fue, que sigue siendo y que por siempre será. Amén. Su muerte, como quería, no fue noticia.
BIBLIOGRAFÍA COMPLETA
April 27 EL NIÑO MARTINEZEL NIÑO MARTINEZ
Al verlo, pensé que el cartero se había equivocado. El paquete era enorme, como para guardar una lavadora. Pero ahí estaba escrita mi dirección, mi nombre: no había duda. Firmé el resguardo y me quedé mirando la caja de cartón. El caso es que no suelo recibir correo, y menos cartas del tamaño de una vaca, así que estaba bastante sorprendido. No debía ser el único: a través del seto podía advertir las aviesas miradas de los vecinos. Como no me gusta ser el centro de atención entré a casa, todavía medio adormilado, a buscar una carretilla. Lo cargué y me lo llevé al garaje, junto a la moto de papá. Debía de ser de plomo, pues pesaba como un elefante. Lo abrí y busqué alguna nota que explicase de qué se trataba. No encontré papel alguno.
Mi primera impresión fue que me encontraba ante un satélite, una especie de Sputnik perdido o un cubo de rubik venido de otra galaxia. De él sobresalían multitud de antenas, pequeñas chimeneas y una cantidad indeterminada de diminutos apéndices. El brillo apagado que desprendía hacía pensar en la superficie metálica de las antiguas planchas. Qué podía ser aquello. Era una máquina pero a la vez no lo era, no sé si me explico. Parecía que quería ser una máquina, pero a mí me daba que sólo se quedaba en un deseo. No estaba claro que sirviese para nada en concreto, en realidad lo que no estaba claro era qué hacía en mi casa. Lo mismo era un pequeño eslabón en el mecanismo de un ingenio más complejo, me dije, como una bujía en el motor de un coche. La carcasa estaba salpicada por botones de diversos colores: rojos, negros, azules, amarillos…Opté por uno azul. Un agudo pitido (como de meter un cordero en un rayador de queso) estalló en una violenta descarga que se prolongó durante unos pocos segundos, los suficientes para inundar el garaje con una pegajosa adrenalina. El aire se tornó denso, pesado. Una humedad, como de resina de árbol, me fue resbalando por la espalda obligándome a saltar hacia atrás, alejándome inconscientemente de aquello. Los ojos, a la manera de un sapo asustado, se me hincharon al tiempo que quedé momentáneamente sordo. Sentí el súbito deseo de destriparlo a patadas, pero me contuve no fuera a estallar… que la electrónica puede ser muy caprichosa. Cuando recuperé el oído escuché a lo lejos una radio en la que hablaban de lo del niño Martínez, debía de ser mi madre desde el porche del jardín.
Apenas sobrepuesto al susto inicial, la máquina, o lo que diablos fuera aquello, comenzó a vibrar como movida por un zumbido interior, poseída por un nervioso aleteo de colibrí. Había enloquecido. En su relleno mecánico imaginé una plañidera epiléptica, una algazara de taladros. De repente su figura fue menguando hasta desaparecer, dejando en su lugar un pequeño vórtice capaz de hacer gravitar (o de fagocitar) toda la habitación en torno suyo, como una supernova que se hubiese replegado sobre sí misma. La luz del garaje adoptó la textura del plasma o de la miel condensada y fue arrastrada hacia él, como si infinidad de cadenas tiraran de ella a través de esa viscosidad fluorescente. Hubiese jurado que un agujero negro se había instalado en mi garaje. Por un instante me pareció que mi piel jugaba a soltarse de la carne, como atraída por un potente imán. Incluso el pelo intentaba remolcarme, hipnotizado por lo que veía. La realidad se retorció en un extraño espejismo, el perfil de las cosas se desdibujó hasta que todo pareció ser uno. Incluso pude sentir cómo me fusionaba con el universo que me rodeaba, cómo era una parte más de él. Fui reculando con dificultad en busca de la puerta. Veía como a través de un cristal opaco. Me costaba avanzar, y cuando lo hacía era a trompicones. En un momento dado el garaje entero comenzó a ondular, como cuando lanzas una piedra al centro de un lago en calma, sólo que aquí no había una piedra acusadora sino un vórtice que absorbía toda voluntad de escapar. Yo mismo era una onda sin control, una cuerda de barco recortando un mar enrarecido. Mi cuerpo se agrandaba y empequeñecía en función de la amplitud y la frecuencia de esa extraña marea. Lo que antes estaba arriba ahora estaba abajo. Perdí el sentido de la orientación. Todo giraba a mi alrededor. El tiempo, y no sólo mi reloj, abandonó su natural consistencia de cronómetro para terminar… cómo decirlo… para terminar licuándose, goteando como en aquel famoso cuadro de Dalí. Tenía la certeza de que iba a explotarme la cabeza, como cuando un astronauta se libera de su escafandra en gravedad cero. Mi cuerpo, a esas alturas una adivinanza de carne y huesos, se negaba a responderme: dentro de mí se había enquistado un remolino. Se podría decir que el azar y el desorden regían todos mis movimientos. No podía pensar en nada, el pánico había hecho de mi mente un folio en blanco. A partir de aquí los recuerdos son confusos, como si al asomarme a la memoria lo hiciese a través de una lente desenfocada. Las imágenes son borrosas, se difuminan. Creo que estuve gritando durante horas… o lo que a mí me parecieron interminables horas, no podría asegurarlo. Puede que me quedara dormido o incluso que llorara, no lo sé. El caso es que todo cesó cuando abrieron la puerta. Así, para cuando entró mi madre, la noticia ya había corrido como un reguero de pólvora: - ¿Ya lo sabes? Ay, es horrible hijo mío, han encontrado muerto al niño Martínez.
February 28 PONGAMOS POR CASOPONGAMOS POR CASO
Pongamos por caso que encuentro una vara de metal oxidada, cortante, afilada. La miro, la palpo, incluso la huelo. Como es natural, decido atravesarme el vientre con ella, a la altura del ombligo. Un poco por sorpresa, sin proponérmelo verdaderamente, voy hundiéndola en mis entrañas. No siento nada. Estoy relajado, tranquilo, concentrado en mis cosas. Me gusta, no puedo negarlo. Imagino ser el ayudante de un ilusionista, uno famoso. En el espectáculo, el supuesto mago atraviesa mi cuerpo, que está encerrado en una caja mágica, con veinte espadas. Yo salgo ileso. Sano y salvo. Parece que incluso puedo oír los gritos y los aplausos del público. Saludo y hago una reverencia agradecido. Es reconfortante. Pero esto es diferente, aquí no hay público, no hay mago, ni siquiera hay truco. No puedo doblarme. He adoptado la figura de una estaca. Recto como un ciprés, como un alfiler, como una estatua de mármol. Finjo indiferencia, incluso desidia. No me importa qué pueda sucederme. Una mancha del color del carmín borbotea y circunda el cráter recién formado en el abdomen. Cada vez me cuesta más respirar, horadar mis vísceras. Me faltan fuerzas, como si el aliento me recorriese montado en un caracol. Estoy bien, no pasa nada. Creo haberme desgarrado el hígado, no estoy seguro. La dirección es oblicua a la incisión, así que no puedo asegurarlo. De haber seguido la perpendicular al orificio de entrada me hubiese topado con las vértebras; creo que hubiese sido peor. Siento cómo la herrumbre empapa los intersticios de mi dicha. No siento dolor, no puedo quejarme, me siento feliz. Me cuesta respirar, eso es todo. En general puedo afirmar que lo estoy pasando bien, estoy disfrutando. Me tiemblan las rodillas, la vista se me nubla, un sudor frío desciende por mi espalda. Estoy sereno, sobrio, alerta, más vivo que nunca. Sostengo la vara con las dos manos y la hundo más y más mientras la hago girar, como el samurai que está preparado para el decisivo harakiri. Jirones de carne confirman que voy por el buen camino. Un último esfuerzo que recuerda al jadeo del orgasmo me atraviesa la espalda. Tras los músculos que sostienen las costillas sólo hay una tenue luz. Vuelvo la mirada y ahí está el gusano metálico, mudo, ebrio, orgulloso. Un violento vómito de sangre me inunda la garganta. Tengo sueño, estoy cansado, se me cierran los ojos. Pongamos por caso que encuentro una pistola cargada… February 17 TRAS LA PISTA DE JUPITERTRAS LA PISTA DE JUPITER
Cuando cumplí los quince años me regalaron un libro de Philip K. Dick. Se llamaba Ubik. A la semana siguiente no sólo ya lo había leído un par de veces sino que ya tenía claro lo que quería ser de mayor: escritor de ciencia ficción. Aquel año leí a todos los clásicos del género: Isaac Asimov, Gustav Lem, Dan Simmons, Ray Bradbury, Aldous Huxley, Edward S. Bravo, H.G. Wells, Orson Scott Card, Frank Herbert, también a Arthur C. Clarke –qué remedio-. Me compré una maqueta del Halcón Milenario y me prometí que cuando fuese un famoso escritor haría construirme uno de verdad, a escala real. Soñaba continuamente con el título de mis futuros libros: El droide de la quinta dimensión, El imperio de Orión, Los cosmonautas del hielo… Sin embargo, para mi desgracia, nunca encontraba el momento adecuado para comenzarlos. Quizás fuera pereza, quizás fuera falta de talento, pero el caso es que prefería pilotar mentalmente mi Halcón Milenario antes que sentarme ante mi vieja máquina de escribir, una olivetti de herencia familiar. Poco más puedo recordar de mis quince años, tan sólo aquel libro y la promesa de un sueño. Cuando cumplí dieciséis años me regalaron una novela de E.M. Foster. Se llamaba Una habitación con vistas, creo que la llevaron al cine. Me costó leerla casi un mes, y si la terminé –cosa de la que no tardé en arrepentirme- fue por no hacerle un feo a quien me lo había regalado. Aquello no era para mí, era horrible; lo mío era la ciencia ficción. A mí lo que me gustaba de verdad eran las historias de robots humanos, de androides autómatas, de naves espaciales que escapaban de agujeros negros, de civilizaciones perdidas a millones de años luz de nosotros. De gente como E.M. Foster no quería saber nada. Ni de él ni de nadie. Encerrado en mis libros –en mis libros de ciencia ficción se entiende- era feliz. No necesitaba a nadie. Empecé a volverme huraño y reservado de la noche a la mañana. Me molestaba la gente, la evitaba. Fue así como comenzaron mis problemas. ¿Qué clase de problemas? No lo sé: problemas. Los problemas no necesitan adjetivos, son problemas y punto. Estaba solo y no me importaba en absoluto. Ahora bien, aunque me negara a admitirlo, en el fondo sabía que era el mundo quien en realidad no quería saber nada de mí. No les culpo. Mi vida era tan insulsa como la suya, tan gris y tediosa como la que más. Cualquier persona inteligente huía con sólo verme aparecer. Qué asco, por qué no podía ser yo como Han Solo. Mi vida, comparada con la suya, parecía un infinito juego de diferencias. Sabía que nunca volaría tan alto como él, tampoco lo pretendía, pero por haber escrito aquel dichoso libro de ciencia ficción hubiese dado 10 años de mi vida, ¿era pedir demasiado? No lo creo. Quería escapar de La Tierra, huir lejos, muy lejos, conocer otros universos, otros mundos; así podía pasarme noches enteras subido al tejado de mi casa escudriñando el cielo en busca de señales de Naboo o Dagoba, me encantaba. Sin embargo era incapaz de juntar cuatro líneas seguidas en un papel en blanco, por qué: no lo sé. Idiota de mí. Así me maldecía todos los días por mi ineptitud. Era un inútil y yo mismo me encargaba de recordármelo. Me odiaba. También odiaba a los demás, especialmente a los demás, muy especialmente a mí. Qué podía hacer. Como mi sueño de poseer un Halcón Milenario no se materializaba, cuando cumplí los diecisiete me construí una nave espacial, mía, propia. Mi primera nave espacial. No era como el Halcón Milenario, claro, todavía no era un famoso escritor de ciencia ficción, ni siquiera era un escritor, pero era el orgulloso propietario de un bólido sideral, y eso, por descontado, era lo realmente importante, el resto ya vendría solo, o eso pensaba yo entonces. La llamé El Halcón Centenario. Me hice cosmonauta -¿sabían que los soviéticos utilizaban el término cosmonauta mientras los americanos preferían el de astronauta?-; había leído en alguna parte que un escritor debía experimentar en primera persona aquello sobre lo que iba a escribir. Así que pensé que fingiéndome cosmonauta me sería mucho más fácil. Un día, al volver de un paseo espacial por la débil atmósfera de Io, una de las numerosas lunas de Júpiter, alquilé en el holoclub Barbarella -qué gran película, véanla, no se arrepentirán-. No sé si me enamoré de su protagonista, Jane Fonda, o de la propia Barbarella, no lo tengo claro. El caso es que Jane Fonda o Barbarella, tanto monta monta tanto, era todo lo que un futuro escritor de ciencia ficción -como era mi caso- podía desear: era hermosa, era extraterrestre (aunque con apariencia humana), era inteligente, era rubia, en definitiva, era imposible. Investigué y resultó que Barbarella había sido en su origen un personaje de cómic francés. Aquello habría nuevos horizontes a mi futura carrera de escritor. Coqueteé con la idea de hacerme guionista de cómic (dibujante no, hasta un ewok dibujaba mejor que yo); en realidad todo lo que yo quería era continuar con las aventuras de Barbarella y, para ser más exactos, compartir con ella un tórrido romance en la ficción. Por supuesto, como ya habrán adivinado, no funcionó, tampoco fui capaz de escribir el guión. Ni libros ni cómics ni chicas imposibles, nada de lo que me proponía cuajaba.
**Antes de continuar me gustaría aclarar un asunto de suma importancia para mí –siempre me veo obligado a ello-: odio Star Trek. Pensarán que eso es imposible, que no se puede amar la ciencia ficción y odiar al universo Star Trek al mismo tiempo. Pues sí es posible, créanme. Nunca he soportado al capitán Pickard, a Spock, a la Enterprise (Ay, mi querido Halcón Milenario…)... ¿Pero quién demonios es capaz de aprender a hablar esa estupidez del Klingon? Hay que ser tonto. Dios, es patético.**
Cuando cumplí 18 años dejé de leer. Quemé todos mis libros, incluido Ubik. Estaba harto, nunca sería capaz de escribir nada y su presencia no hacía sino alimentar el recuerdo de mi fracaso, o mejor dicho, de mi insignificante fracaso, pues a nadie parecía importarle. No salvé ninguno. Ahora me arrepiento, pero entonces creí hacer lo correcto. Por paradójico –y triste- que resulté me veía a mí mismo como el protagonista de Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1951; el título hace alusión a la temperatura a la que arden los libros), donde, en un oscuro futuro incierto, brigadas antinatura de bomberos se dedican a quemar todos los libros que encuentran a su paso, muy del estilo de Bradbury, la perfecta pesadilla futurista de Kafka. Por supuesto, Fahrenheit 451 también ardió, como ya he dicho no se salvó ninguno. Ojala hubiese sido yo uno más de los condenados a la hoguera. Por desgracia, mi gris medianía resultó ser de un amianto ignífugo. Por aquel entonces acabé la escuela elemental –un centro patibulario que olía a casquería-. A punto estuvo la exozoología de hacerme repetir aquel último curso. Me hubiese dado lo mismo. Era tal mi estado de apatía que ni siquiera acudí a recoger mi diploma. ¿Acaso debía alegrarme de tamaño éxito? Si así era, a mí no me sucedió. Los estudios no eran la panacea que demandaban mis problemas. Todo me daba igual, todo era incertidumbre. Qué iba a ser de mí. La desidia que me carcomía por dentro sólo me permitía vislumbrar un gran agujero negro en mi futuro. Hasta entonces, toda mi vida había sido una tomadura de pelo, un timo, un tongo apañado por alguna perniciosa inteligencia artificial que me quisiera el mal. Me sentía como Sísifo, condenado por la eternidad a empujar una enorme roca a la cima de una montaña, agotado, para que al coronarla la roca volviese a caer a su base. Necesitaba de nuevos aires que aventaran mi ajado porvenir
Cuando cumplí 19 años me independicé, me compré un pequeño satélite artificial en el cinturón de asteroides de Marte y me fui a vivir con una venusiana que conocí en un congreso interplanetario de inteligencia artificial. Se llamaba Minerva. Era rubia, inteligente, hermosa, extraterrestre. Consiguió, en un principio, que volviese a creer en la raza humana, cosa nada fácil. Lo tenía todo, mejor dicho, casi todo, pues le faltaba lo más importante: no era imposible, no era como Barbarella. Eso nos mató. Nuestra historia duró apenas un año mercuriano, y vaya si dio de sí, cómo lo aprovechó, no hay duda. Siempre he sido un tipo pusilánime, no lo niego, pero Minerva se encargó de minar mi voluntad, de convertirme en un triste lacayo de sus deseos. Proponía y disponía de mí a su antojo. Creo que para ella no debí ser más importante que su robot de cocina. Una femme fatal del espacio exterior, eso fue para mí. Pero si hubiese sido imposible –como en un principio creí- no me hubiese importado ser su pelele particular –a Barbarella le hubiera perdonado todo-; no fue el caso y terminé hartándome, o haciendo que ella se hartara de mí, cosa que se acerca más a la realidad. Nunca entendí qué buscó en mí, qué encontró en mí, y si encontró algo –lo que no está claro- qué fue lo que le disgustó. Por qué entonces me concedió aquel exiguo año mercuriano, acaso pensó que podía aprovechar también la carroña de mis despojos. Cuando nos separamos le dejé el asteroide y todo lo que había de valor en él –poco-. Sólo me llevé mi vieja Olivetti.
Cuando cumplí 20 años me alisté voluntario en la marina espacial. Pensé que la Confederación de Planetas haría un hombre de mí. Fui destinado al sector 7G del sistema Omicron-persei. A la semana de mi llegada se declaró la guerra contra la Unión Galáctica Internacional. Me armaron con un subfusil láser y me mandaron a defender las estratégicas minas de Tungsteno de la nebulosa XC47. En el año que pasé en el frente no vi aparecer ni una sola nave enemiga. La acción estaba a miles de años luz. A todo esto yo vivía con un androide de servicio al que llamaba Bishop. Nos hicimos amigos. En el artificio de su memoria guardaba toda la bibliografía existente sobre ciencia ficción del siglo XX. Cuando no había nada que hacer –cosa que ocurría con demasiada frecuencia- le hacía recitar de memoria capítulos enteros de Ubik. Fue así como retomé mi idea inicial de ser escritor; la marina espacial, como si de una novela de E.M. Foster se tratase, no iba conmigo. Cuando cumplí 21 años me escapé. Fui declarado desertor y en consecuencia pasé a estar en busca y captura. Ser fugitivo se convirtió en una rutina más. Al principio, para qué engañarnos, me veía como un héroe romántico en una huida continua, y eso me gustaba, no lo niego, pero pronto me cansé de mi estatus legal. Era más problemático de lo que yo pensaba. Disponía de 60 créditos oficiales y no podía hacer uso de ellos porque estaban a nombre de un forajido espacial, es decir, a mi nombre. Busqué refugió en el único lugar del universo donde nunca hacen preguntas: el sistema bisolar Aleph X12. Al principio malvivía robando uranio enriquecido de las numerosas naves de carga con motor termonuclear que atracaban en Port Prince- con el tiempo el negocio se extendió a otros campos: tráfico de uranio, de armas, de oxígeno ozonificado...-. El uranio era muy cotizado en aquel rincón del universo. Tenía un socio de nombre impronunciable, un coniforme abisal, ya saben, esos seres hediondos inmunes a la suciedad, a la basura, a la mierda, y lo más importante: a la radioactividad. En cualquier otro lugar no le hubiesen dejado salir de las cloacas, pero allí era diferente, cuanto más desagradable fueras más respeto infundías. Como ya he dicho, había retomado la idea de escribir mi primera novela de ciencia ficción. Vivíamos bien. El negoció pronto se diversificó. Los golpes que dábamos cada vez se espaciaban más en el tiempo, así que disponía de todo el que quisiera para escribir, o para no escribir según se viese. Estaba decidido, o me ponía entonces o no lo haría nunca. Compré una mesa escritorio, un marco de fotografía y un retrato de Philip K. Dick. Supuse que si el maestro presidía mi inspiración nada podría salir mal. Desempolvé mi vieja olivetti –una de mis escasas pertenencias que pude salvar y llevar conmigo al desertar- y me enfrenté de una vez por todas con mis demonios. Seguro que han oído hablar del vacío que siente el escritor ante el folio en blanco. Es horrible. A mí me ocurrió, pero por primera vez en mi vida mi vocación natural pesó más que mis temores. Estaba en el buen camino. No había vuelta atrás. Tardé un mes en encontrar la inspiración, menos de lo que yo esperaba. Tenía una historia y la voluntad suficiente para escribirla. No necesitaba nada más. Dinero tenía de sobra. Tiempo también. El libro se iba a llamar Tras la Pista de Júpiter. Mi ópera prima. Mi primogénito. Éste era el argumento: Un grupo de hampones maquinan robar el planeta Júpiter. El plan es perfecto. Lo extraen de su órbita y lo impulsan fuera del sistema solar, en concreto al sistema bisolar Aleph X12. Una vez allí, con el planeta en sus manos y en busca de comprador, se cruza en su camino una mujer de belleza imposible –supongamos una Barbarella atraída por el lado oscuro de la fuerza-. A la espera de un cliente para el planeta ella se adueña de la banda. Siembra la discordia, seduce al supuesto jefe y le convence para seguir sus propios planes. Ella propone y ella dispone. Nada sucede sin que lo autorice, sin pasar por sus manos. Quiere recrear un nuevo sistema solar. Júpiter sería la capital del mismo. Un nuevo reino para una nueva reina. Es ambiciosa, quiere un mundo a su medida, un universo a sus pies. Un paraíso fuera del alcance de las brigadas policiales del espacio o del temido B.L.K, como en su tiempo lo fue la Isla Tortuga para los piratas del siglo XVII. Un paraíso a sus órdenes, a su voluntad. El grupo se rompe, se sublevan, reina la sedición. Ésa no era la idea original. Quieren el dinero y desaparecer con una nueva identidad y un crédito ilimitado. Preparan una trampa para la mujer. Una ratonera. Un mercenario se le ofrece para acabar con la vida de sus socios, sus compañeros de banda. Ella acepta y concierta una cita para concretar los detalles. Huelga decir que el mercenario no existe, forma parte del plan. Ella aparece en el lugar prefijado. El resto de la banda la espera para matarla. Se oyen disparos, hay una gran confusión. No ha salido como estaba planeado. Está herida pero ha conseguido matar a dos de ellos –siempre va armada-. En medio del desconcierto aparece la B.L.K., alguien les ha dado el soplo. Ha sido ella, sabía que era una trampa. La banda es detenida. Ella logra escapar escondida en una cápsula personal de impulsión magnética. Tampoco ha salido como ella pensaba, tiene una herida de fusil láser en el abdomen. Se refugia en Júpiter. La BLK la persigue. Logra engañarles en un principio, pero sabe que herida como está no hay escapatoria posible. El final es bastante previsible. Antes de que la cojan viva hace explotar el planeta. Se lleva con ella todo lo que encuentra por delante: su vida, 57 patrullas especiales de la B.L.K, un planeta, 3 cargueros espaciales que tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino y 17 satélites de telecomunicaciones. La explosión puede verse en toda la galaxia, tal es su magnitud que una poderosa luz la inunda hasta cegarla.
La historia era mediocre, lo admito, pero dadas mis limitaciones no podía quejarme. Trabajé en ella medio año, hasta que cumplí los 22. Mal escribí 3 borradores. En realidad no fui capaz de terminar un sólo manuscrito. El relato parecía un puzzle al que le faltaran piezas por encajar. Tenía problemas para mantener el tiempo verbal, pasaba del pasado perfecto al simple sin razón alguna, sin explicación plausible. La sintaxis dejaba que desear. El argumento avanzaba a saltos, a trompicones. No conseguía resolver ciertos pasajes de la novela. Faltaban capítulos; otros sobraban. En el primer borrador la historia tomaba los derroteros de un desenlace circular, un bucle en el que principio y final coincidían. En el segundo era lineal. En el tercero me arriesgué y aposté por una historia en forma epistolar. Ninguna funcionó. El problema no era la forma, sino el fondo. El relato no era homogéneo, no era uniforme. Me encontraba con capítulos que cuadruplicaban e incluso quintuplicaban al resto; en unos lo decía todo, en otros nada. No tenía sentido. La novela –en cualquiera de sus tres versiones- pecaba de una excesiva atomicidad: una verdadera historia no se compone de hechos individuales, de fotografías aisladas, de farragosos traspiés. Los puntos sobre los que debía orbitar estaban claros, lo más difícil estaba hecho, pero faltaba el cemento que debía unirlos, un cemento que siempre resultaba de una liviana combinación de lugares comunes incapaces de ligar su lectura intermitente, de dotarla del armazón necesario para su comprensión, como istmos que fracasaran en la sencilla tarea de comunicar las diferentes partes de la ficción. En su conjunto, la argumentación adolecía de una desigual densidad en su desarrollo. Era un gigantesco montón de mierda pestilente. Aquel amasijo de folios ilegibles había quemado todos mis nervios, iba a acabar conmigo. No podía más, así que un día me dije que ya tenía suficiente, que hasta ahí había llegado. Y se acabó. Ahora, transcurrido un año de aquello, debo admitir que fui más que generoso en el ocaso de mi fallida novela, regalándole el mismo final que había deparado a las grandes del género. En la hoguera de su fracaso las igualé. Y así, otra vez la catarsis del fuego, la ruina incandescente de mi medianía; otra vez las llamas como implacables jueces de mis nulas cualidades de escritor. Mis intentos de fingirme un literato ardieron como si de una herejía se tratase.
Mañana cumpliré 23 años. Tanto me da. No tengo nada que celebrar. Nada ha cambiado en mi vida. Han pasado ya muchos años y siento que no he hecho otra cosa que perder el tiempo. Ni Barbarellas ni Halcones Milenarios ni libros de ciencia ficción. Todo sigue igual, de cabeza y cuesta abajo. Me estoy volviendo loco. Así llevo unos meses dándole vueltas a una idea: ¿qué hacer con mi vida? He tomado una decisión: voy a congelarme. Qué otra salida me queda. He alquilado con un nombre falso una cápsula de criogenización durante 1000 años. No sé si servirá de algo, tengo mis dudas, pero mantengo la esperanza –si es que puede hablarse de esperanza- de despertar en un siglo menos cruel, menos cainita. En realidad soy un cobarde, a quién pretendo engañar, he preferido posponer mis problemas antes que enfrentarme a ellos, congelarme en una tregua y cruzar los dedos para que todo se solucione solo. He comprendido demasiado tarde que mi vida no es ninguna novela. Qué inocente he sido. Ahora me siento como un ciego incapaz de ver más allá de su glauco tamiz. Aunque también puede que no me engañé y que sea verdad que necesito este punto y a parte, quién sabe, pero intuyó, o creo intuir, que quizás la solución sea mucho más sencilla –y más breve- que toda esta patraña de mentiras que han hecho de mí un autómata perdido. Quizás tan sólo se trata de convencerme de que ninguna Barbarella es real, que sólo son fantasmas que en ningún caso me merecen, y no al revés; que toda esta absurda fantasía no es sino un amargo placebo de la realidad, una bazofia que se comporta –y hiede- como la quimera de los huevos de oro. Pero ya es tarde. Dentro de exactamente dos horas seré un témpano con un coma inducido bajo cero. Así lo he elegido. Por favor, no me juzguen
EDUARDO, MADRID-LOGROÑO 2666 December 17 Youtube... CLÁSICO DISCURSO DE NAVIDAD DE SU MAJESTAD EL BIULER IPues nada, que estaba el otro día haciendo el tonto (para variar) y grabé mi clásico discurso de navidad. La cámara era una mierda y el sónido lamentable, no sé por qué pero las eses parece que las pronuncie el espíritu de rajoy, que me debió de haber poseido. Pero no hay que quedarse en la vehemencia de mis palabras, sino en su significado jejjeje. en fin, que no hay nada como reirse de uno mismo para perder los miedos y las verguenzas. Si es que soy medio bobo...
Lo he decidido colgar en youtube:
Video ideado, guionizado, interpretado, realizado y dirigido por MI, el Biuler I. Con la inestimable ayuda de Miguitas a la camara y del salón de mi piso de estudiantes en calidad de exteriores.
Que aproveche December 10 COSAS QUE NUNCA LE DIJE A BEATRIX KIDDO
Llevaba un tiempecito sin escribir, la verdad es que no tenía muchas ganas, pero bueno, ya estoy aquí. En esto que he escrito cuento la historia de la división Pomorska, es una historia real, no me invento nada, sucedió tal y como lo cuento. Junto a la linea Maginot es una de mis historias de la Historia favorita
COSAS QUE NUNCA LE DIJE A BEATRIX KIDDO
El 1 se septiembre de 1939 cruzaba la frontera polaca el ejército alemán. La 2ª división de acorazados, perteneciente al XVI ejército y a las ordenes del general tanquista Heinz Guderian, lo hacía por al paso fronterizo de Krzepice. El rodillo militar nazi se presentaba en sociedad. No lejos de ese mismo paso estaba apostada la división de caballería Pomorska, un anacronismo en tiempos de guerra. Imagínate una división formada por jinetes polacos vestidos a la antigua, como los húsares, con sus casacas, sus gorros con plumas, sus sables… y sin armas de fuego. Cuando vieron llegar aquel gigantesco mar de ingenios mecánicos no dieron crédito a sus ojos: pensaron que se trataba de un engaño, un artificio para asustarles, simples tanques de cartón. No me preguntes por qué o cómo porque no lo sé, pero te aseguro que eso es lo que cuenta la historia. Así que confiados en una ficticia victoria, se lanzaron a la carga con los sables por delante, al galope, henchidos de un falso valor… Sorprendidos por lo irreal de la situación, los tanques nazis –probablemente panzers- fueron mudos testigos de su suicidio involuntario. El caso es que la división Pomorska descubrió el engaño demasiado tarde. Un engaño que no fue un engaño sino un espejismo o un espejo polaco, lo mismo da. Un espejo que precede y anuncia al primer asalto del juicio final: el justo y necesario fuego purificador que les arrastrará a su salvación, o a su perdición según se mire. Un espejo que en realidad es un espejismo polaco, lo mismo da. Entonces todo cobra sentido. La Historia se repite en una eterna sucesión de fallidas divisiones Pomorska; como si la división Pomorska siempre hubiese estado allí, desde el principio de los tiempos. Una división Pomorska formada por los que fueron y los que serán y los que no serán, por aquel primer barro inanimado que dejó de ser barro para ser o estar vivo, aquel primer ovillo de ácidos y proteínas fecundado por la sangre y la bilis y el semen de Dios, aquel primer soplo de vida. Una división Pomorska formada por millones de amebas y velociraptors y pájaros dodo, y por el hombre de Neandertal y el hombre de Cromagnon, y por Jesucristo y Mahoma y Buda y Confucio y Zoroastro y Batman y Spiderman, y por Gengis Khan y Diego Armando Maradona, y por Josef Stalin y Adolf Hitler, el Fhürer. Fíjate que imagen más bonita: un Adolf Hitler que recupera la cordura y se bate en un desigual duelo consigo mismo, guiando a su inevitable destino a la división Pomorska, un Adolf Hitler pasado de vueltas, centrífugo. Un Adolf Hitler que sólo es un insignificante eslabón en esa gran División Pomorska que es la Historia. Un Adolf Hitler que bien pudiéramos ser cualquiera de nosotros. El final es bastante previsible, te lo puedes imaginar. Una carnicería, un vodevil de mal gusto. Carne de cañón ungida con el santo óleo de la más extraña y más salvaje crucifixión polaca. Un epígrafe más en la historia de Europa, un epílogo de glóbulos y vísceras. Una división Pomorska que le cede el testigo a una nueva división Pomorska, así por los siglos de los siglos.
Eduardo, Madrid-Logroño 2006
November 10 ME VENDOME VENDO
Esto no puede seguir así: necesito sufragar esta vida tan llena de desenfreno y oligofrenia que llevo de unos años a esta parte. Son numerosos los absurdos e innecesarios gastos en los que incurro; y no he encontrado mejor solución para hacerles frente que la de ponerme a la venta. He pensado que si no soy más que un número en este extraño universo, qué mejor entonces que rodearme de un montón de ceros a mi derecha. Y sí, soy consciente de que el lucro siempre es algo sucio, pero tengan en cuenta que a mí nada me quita el sueño, y menos mi supuesta higiene personal; así que no veo problema alguno para que nos podamos entender. ¿Qué tal si empezamos la puja con unos 600000000 euros?... He aquí algunas de las virtudes que me hacen tan seductor a los ojos de vuestras cuentas corrientes:
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¿He oído que ofrecen 700000000…? October 22 ESTARÉ DESAPARECIDO UN TIEMPECITOPues nada, que mis nuevos proyectos me llevan lejos de Logroño y no voy a tener conexión unas semanas. Intentaré seguir espiandoos siempre que pueda. Hasta dentro de poco. October 12 UK´RESQÜEIIUK´RESQÜEII
¿No les resulta sospechosa la negligente lectura que durante siglos ha sufrido el Cantar de Uk´resqüeii? Pocas obras han sido expuestas a tan equívocas interpretaciones a lo largo de la historia (a excepción de la Biblia, por supuesto). Así pues, conviene hacer un compendio de tales despropósitos para que cada cual saque sus propias conclusiones.
Platón lo consideró la obra menor de un epígono (o seguidor o testaferro o segundón) de Anaxímenes; ciertas referencias al aire como sustancia creadora y unificadora del universo así se lo hicieron creer. Aristóteles vio en él un alegato, cuando no una férrea defensa, a la constitución ideada por Hipódamo de Mileto. Hipócrates intuyó la existencia de los cuatro humores corporales en el canto XI. Ciertas tradiciones masónicas sitúan a Hiram, el arquitecto del templo de Salomón, entre los sabios herméticos que encontraron un significado oculto a la obra, que lamentablemente no ha llegado hasta nuestros días. San Agustín observó una inquietante coincidencia entre ciertos parajes virginales del canto IV y la descripción que del jardín del edén da el Génesis. Santo Tomás de Aquino habla de una obra inspirada por el mismísimo Diablo, y así se lo hizo saber a su mentor, San Alberto Magno, en una carta escrita en Viterbo y fechada en 1268 donde habla de los extraños temblores que azotan su Fe cuando lee el Uk´resqüeii. San Ignacio de Loyola propone una curiosa -cómica más bien- hipótesis: Vesalio, en su De corporis humani fabrica libri septem (1543), habría intentado explicar alguno de los tres primeros cantos, probablemente el segundo. San Anselmo recomienda hacer coincidir su lectura con la del Deuteronomio bíblico para poder entender plenamente su sentido. Guillermo de Ockam reconoció en él al reverso de su pensamiento; esto explica que considerara siempre al Cantar como su particular Némesis. Para Moliere, Homero y el autor del Cantar son la misma persona; Para Benjamín Franklin, Hammurabi y el autor del Cantar son la misma persona; Para Spinoza, Eneas y el autor del Cantar son la misma persona; Para Gustav Flaubert, Akhenatón y el autor del Cantar son la misma persona; Para William Faulkner, Gustav Flaubert y el autor del cantar son la misma persona –absurda idea a la que debió llegar en alguno de sus innumerables deliriums tremens-. Lutero leyó en él la obra de un pornógrafo -y por ende la de un blasfemo- y así desautorizó su lectura. Calvino, por diferente camino, también llegó a esa misma conclusión, pero sabemos que su prohibición nunca la hizo extensible a su persona. Savonarola –tan fanático como los dos anteriores pero tan católico a su vez- llegó más lejos: en un acto de puritanismo hizo quemar unos cuantos facsímiles en su famosa hoguera de las vanidades; no tardaría mucho en arder él mismo… Se sabe de la devoción que le profesaba Gutenberg, y si tenemos en cuenta su afición por la hagiografía (la historia de la vida de los santos) no son pocos quienes afirman que existen al menos tres docenas de valiosos incunables de la obra en oscuras y olvidadas bibliotecas de medio mundo. En el héroe encarnado por Uk´resqüeii, Marx vio el germen de un alienado proletario; Locke a un futuro liberal; Hobbes a un déspota por hacer; y Maquiavelo… Maquiavelo se vio a sí mismo. Diderot –o puede que fuese D´Alambert- elogia en la Enciclopedia sus aciertos en el campo de la geometría y señala su posterior influencia en Euclides. En Julio César –siempre en palabras de Guy de Maupassant-, Shakespeare ni siquiera se toma la molestia, cuando no la decencia, de intentar camuflar un plagio tan evidente. Fiedrich Nietzsche apunta la importancia que cobra el erotismo a partir del canto XII, siendo el XXXVI una muestra de la extrema sensibilidad del amor lésbico que recuerda a los mejores versos de Safo de Lesbos. Hegel prefiguró su teoría de la estética en los cantos VII y XXIV. Schopenhauer, tan crítico con el idealismo hegeliano, nos devuelve la hipótesis platónica del epígono de Anaxímenes. Jean Paul Sartre extrae del Cantar las claves que llevaron a Napoleón a caer derrotado en Waterloo. Albert Camus adivinó en sus primeros versos el accidente de tráfico que habría de costarle la vida. La última referencia la encontramos en José Saramago, que ha comentado en más de una ocasión que Macondo, el lugar literario de Cien años de soledad, no es más que un calco de los extraños páramos que se dan cita en el Cantar.
Mucho me temo que hayan de pasar milenios enteros para que podamos desentrañar los misterios que oculta esta asombrosa obra. October 07 APUNTES PARA UN NUEVO CAPÍTULO DE RAYUELA: 17 BISSigo con problemas para entrar en vuestros blogs por la mierda de coenxión que gasto... Ahora me ha dado por escribir un nuevo capítulo del que para mí es el mejor libro del siglo XX: Rayuela, de Julio Cortázar. Al final creo que no se parece en nada a su modo de escribir... Los protagonistas son dos "bohemios": Horacio Oliveira y La Maga (el amor de Horacio Oliveira).
APUNTES PARA UN NUEVO CAPÍTULO DE RAYUELA: 17 BIS
Viene caminando por la orilla, descalza, perezosa, sorteando con desgana la lengua de espuma. Recién se levantó de la cama, el pelo aún alborotado, el andar de una sonámbula, la mirada lejana, puesta en otro lugar, el vestuario de una sirena. Tan suya, pienso, que parece de cartón-piedra. Una parte de mí se pone en guardia, se eriza, pide auxilio, busca refugio. No me equivoco…
Es de un azul tan profundo que a veces se enquista y me hace daño. Grita y se golpea a media noche. Se aleja y vuelve al mar. Sube la marea y es entonces cuando puedo ver cómo se zafa del azul -de su profundo azul- y se recoge en un ovillo, y llora; llora porque se sabe -se conoce- salvaje y extraña, como el rubor de la orina en las entrañas, como una oruga encadenada a un enjambre de espinas, como el eco de las cenizas de una antigua bacanal, una bacanal propia de dioses, una bacanal extraña y salvaje. Se esconde y no quiere oír mi nombre, y yo le insisto, le ruego, le susurro que no me olvide, le digo: “Maga, vos no me podés hacer esto”, pero ella no me oye o finge no oírme. Huye, resbala, cae, se rompe en mil pedazos, en mil caparazones; y yo corro como un tonto a rebuscar entre la carne, una carne que es del color del mercurio, pero sólo veo barro, un barro de cartílagos, un barro que en realidad es un enorme cubo de Rubick, un perfecto cubo de seis caras perdido en otro mundo, lejos de éste, quizás en la cola de un cometa, quizás en la plata que todavía supuran las nieves de su perpetuo azul; y se ríe, se ríe de mí, de todos, se ríe del tiempo que no veré, mejor dicho del tiempo que no veremos, del tiempo que siempre es ayer. Es decir, ríe como lloran los viejos, con esa falsa distancia que da la memoria. Y yo nunca sé qué decir, qué abrazar; estoy muy cansado. Me pellizco y grito del revés, hacia dentro, en silencio, ya saben, hacia los pliegues y los intestinos de la realidad, de mi realidad. Horacio, le oigo decir, Horacio, vos sos el orgullo de los hijos de Esparta, vos sos la gloria de las Termópilas. Se engaña: no quiere entender, no puede olvidar. Me gustaría gritarle que no soy yo, que hoy más que nunca no soy yo, que no sabe lo que dice, que bucee en sus recuerdos. Todo lo que quiero, todo lo que necesito es ser real, doler, no poder dormir, llegar siempre tarde; pero ella no parece darse cuenta. Me pregunta qué sucede, por qué callo, qué temo. Sé que no quiero contestar, no voy a hacerlo, pero… Amanecer convertido en la sombra de Gregor Samsa, en un cuadro de Paul Klee, en un cuento de Julio Cortázar, en una víctima de Vlad Tepes o en el fantasma de una víctima de Vlad Tepes. Eso se acerca bastante a lo que ella quiere oír, a la propia idea del miedo, al deseo de estar asustado, pero no quiero, no quiero contestar, hoy no, no tengo fuerzas. Y ya nada queda por hacer, nada que yo pueda hacer. La suerte está echada. Baja la marea y no hay vuelta atrás. Se viste toda de arena y se va, se va sin un drama en la voz, sin ese húmedo aleteo en los pulmones. Horacio, me dice, sabés que he de irme, me esperan. September 30 MONOLOGANDO ACERCA DE SALIERIPues otra vez vuelvo con una especie de monólogo, ahora sobre Salieri, el músico sobre el que pesa la nefanda leyenda de haber asesinado a Mozart por envidia.
SALIERI La envidia es el más retorcido de los actos divinos, una espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas. Fíjate en Salieri, tan injustamente condenado por la Historia. Acusado de asesinar por pura envidia a Mozart, no fue más que un visionario de su tiempo, un adelantado del calendario. Un jodido viajero del tiempo, ¿es que nadie parece darse cuenta? Salieri, y sé que cuesta creerlo, se anticipó a Darwin en más de medio siglo. Él es el patrón que rige la ley de la evolución, el más fuerte que siempre sobrevive… El rey de la selva que exige sin demora sus nuevos galones. Salieri, como si de un fatal meteorito se tratase, anuncia y precede a una gran extinción, la de los genios. Por eso Mozart, un simple eslabón en esta gran hecatombe, sólo es un pequeño accidente en su camino, apenas un daño colateral inevitable. Qué gran tipo. Salieri Iscariote. Un autómata del destino. Un títere sin batuta. Un peón perdido en el engranaje de una colosal maquina que nunca duerme. Qué duro es ser consciente de no ser más que un Robin a la sombra de todo un Batman. No, no podemos juzgarle: él es nuestra última coartada, el cordero redentor de nuestras noches en vela; más allá se extiende el hedor de la conciencia. Por eso, sabiéndose un Judas, no esperó ni la comprensión ni el perdón de todos nosotros, tan sólo las 50 monedas de plata que le había prometido la Historia. Qué gran tipo... El último valiente. Amadeus sólo fue una excusa: Salieri somos todos
September 28 DE NADABueno, pues resulta que ayer recibí el mejor comentario que me han hecho desde que llevo en esto de los blogs. Una anónima (que dudo que haya leído algo de lo que he escrito) me dejó lo que a continuación vais a leer. Pidiéndome el favor de publicarlo para que todos lo leyeran. Reconozco que cuando lo leí sentí envidia de ella por habérsele ocurrido semejante historia. Es tan surrealista que merece todo mi apoyo y hasta una entrada en su honor. Ahí va;
Me presento: como muy bien dice la Biblia “Cada uno en su blog y yo en el de todos”. Con esta pequeña aclaración ya deberías saber todos quién soy. Posibles respuestas: A: Dios. B: Alguien del Opus Dey. Ninguna de las dos es correcta, pero tan solo puedo decir que soy alguien realmente importante. Ahora iré a lo que interesa y trataré de ser breve. A lo largo del siguiente texto, lo que los libros de historia reconocen como cierto aparece escrito en negrita; el resto, tanto teorías como hipótesis nuestras o de otras personas aparece escrito con letra normal: Una gran amenaza se ciñe sobre nosotros: Todo empezó en la Guerra Civil, durante el fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas. La Historia cuenta que durante su fusilamiento, el falangista consiguió escapar milagrosamente y se refugió en el bosque, donde un miliciano republicano le encontró, perdonándole la vida. Sin embargo, existen otras teorías, y entre ellas la posibilidad de que aquel republicano se tratase en verdad de una mujer. Alguien que tras enamorarse de Sánchez Mazas decidió perdonarle la vida a pesar de sus diferencias ideológicas (otra teoría es que se tratase de un miliciano homosexual) ((claro que entonces no hay modo de explicar que Luchi “la de la cabaña marginal en el claro oscuro marginal del bosque” tuviera meses después una hija a la que llamó “Rafaelita” y a la que apodaban “La Absuelta”)). Reincorporado Sánchez Mazas al Ejército Nacional, delató la posición de Luchi, a quien convencieron (mediante artes oscuras y deleznables) a rechazar la custodia de su hija a favor de su padre Rafael. Este, siempre tan atento a las necesidades básicas del Caudillo, decidió a su vez regalarle a su hija (se dice que Franco carecía de testículo derecho, al igual que Hítler carecía de su testículo izquierdo) al Generalísimo. De este modo, Rafaelita fue capturada por los nacionalistas, y es ahora la conocida doña Carmencita del Polo de Franco, hija adoptiva de Franco. Fue entonces cuando Luchi, su verdadera madre, pasó de llamarla “Rafaelita la Absuelta” a llamarla “Rafaelita la Absoluta”, orgullosa de su pequeña hija ((todo esto como curiosidad)). Ahora bien, la historia que nos interesa es la siguiente, aunque ambas se desarrollan al mismo tiempo y en algunos puntos se entrecruzan: El republicano marinero conocido como Ciudadano Besteiro (que algunos sostienen que podía estar emparentado con Julián Besteiro, miembro del Consejo Nacional de Defensa -órgano creado para negociar la rendición de la República- pues aunque él era republicano estaba convencido de la derrota que esta sufriría), Capitán del navío Ciudadano al Destierro (se empeñó en llamarle así) se encargaba de transportar a voluntarios antifascistas de Brigadas Internacionales y Quinto Regimiento (que luchaban del lado de la República) desde las Islas Baleares hasta la costa de Valencia. La leyenda cuenta que Ciudadano Besteiro había sido maldito por la mismísima descendencia de los Zares de Rusia, enemigos de Stalin y su dictadura (ellos habían tenido otra que había gustado aún menos) comunista. Se decía de Ciudadano Besteiro y Ciudadano al Destierro (el navío) que mirando fijamente al Mar, en dirección a la luna ensombrecida, aún podían distinguirse las miles de velas rojas que sostenían cientos de manos haladas, encadenadas al barco errante que cada noche volvía a hundir de nuevo la propia sangre del Capitán. La sangre plateada que noche tras noche lanzaba su corazón (otra teoría era que padecía una insuficiente cardiaca, pero a él siempre le gustó mucho mitificarse). Ciudadano Besteiro acababa de tener un hijo al que habían llamado Consolador. La Historia cuenta que Franco no podía tener hijos; y de ahí que adoptase a Carmencita. Pero la teoría que nosotros sostenemos es que durante unas semanas Franco tuvo como hijo adoptivo a Consolador, del cual se deshizo insensiblemente en cuanto vio entre unos brazos de hierro -el sujetabebés que le había quitado a un inmigrante- a la futura Carmencita (y confiando en que Onésimo Redondo -fundador de las JONS- no apreciase la diferencia). De este modo le fue devuelto a Ciudadano Besteiro su hijo Consolador (ambos habían sido capturados al salir del barco en una emboscada organizada por pistoleros falangistas), que se crió en las mazmorras de una cárcel subterránea hasta que un día logró escapar dejando a su padre allí, del cual “tomó prestado” su navío. Fue en esta época cuando el chico se ganó el apodo de “Consolador” (que además ya tenía como nombre) al ser el mayor (y único) entretenimiento de la tripulación. Consolador se casó y tuvo una hija, Consolidación, que con el paso del tiempo se convertiría en un miembro destacado del Maquis (luchadores de la República que tras terminar la Guerra Civil se refugiaron de la represión franquista en los montes, donde se organizaban de forma clandestina para derrocar al Régimen, aunque finalmente no tuvieron éxito ). Cuando Ciudadano Besteiro al fin fue puesto en libertad (a cambio de que Consolidación hiciera de doble de Carmencita para las escenas del NO-DO -o noticiario emitido por el Régimen- en las que Franco inauguraba los pantanos en los cuales obligaba a nadar a su hija -en pleno invierno- para hacer publicidad) utilizó su último aliento de vida para revelarle a Consolidación (por aquel entonces de Consolador ya no se fiaba demasiado) el escondrijo donde había guardado antes de ser capturado varios pergaminos -que en su día le arrebatara a Hitler- con información sobre el Santo Grial (La leyenda esotérica qué mas cautivó en particular a los Nazis fue la de “La búsqueda del Santo Grial“. Mientras la mitología cristiana presenta al Grial como la taza que Jesucristo usó en su última cena o la taza en que se recogió la sangre derramada en la crucifixión, los místicos europeos hablaban del Grial como la sangre pura o pureza racial que otorga el derecho divino al trono a los herederos de ella). Consolidación, incapaz de desentrañar aquella información, ocultó los pergaminos en la Pedriza, cerca del acantilado junto al cual se tuvo que refugiar durante algunos meses -junto con otros miembros del Maquis- de las persecuciones fascistas. Todo lo que averiguó Consolidación sobre los pergaminos fue que brillaban a cien metros de distancia en la más completa oscuridad. Consolidación tuvo una hija a la que llamó Consuelo. Su hija, llamada Beatriz vive ahora y hoy tiene diecisiete años. Lo más probable es que tenga información valiosa sobre los pergaminos y su ubicación. Yo ya he descubierto todos los datos necesarios sobre a cerca de la chica (mediante espionaje) como su vivienda y su colegio, sin embargo un día hablé con ella y se hizo la ignorante sobre el tema (Bea es muy asustadiza) ((además de otros muchos defectos)). Incluso hablé con su hermano pequeño preguntándole por el tema, pero enseguida decidí que el chico no podía saber nada (saltaba a la vista que no poseía una gran inteligencia). Toda la información revelada me la contó un amigo que tiene un familiar que es miembro de varios grupos clandestinos, entre ellos algunos que se dedican a la Masonería. Me dijo que estuvieron (los Masones) varias veces de noche en la Pedriza (bosque montañoso de Madrid) buscando los pergaminos, aunque no hallaron nada ya que necesitaban conocer una zona aproximada para verlos brillar desde lejos. Habían estado buscando referencias de los descendiente de Ciudadano Besteiro pero tampoco habían encontrado nada. Cuando mi amigo me mencionó a Beatriz y sus apellidos me di cuenta de que la conocía, aunque nunca había hablado antes con ella. No le dije nada de aquello porque no quería que se lo contase a su familiar Masón y descubriesen los pergaminos antes que yo. Realmente yo no puedo asegurar que todo o algo de esta historia sea cierto (incluso a mi me parece ligerísimamente descabellado), pero creo que mientras aún quede un atisbo de esperanza -cualquier descubrimiento que prenda fuego a nuestras vidas apagadas, muertas, atrincheradas en el fondo de nuestra propia calavera enterrada en sus huesos- merece la pena. Porque mientras aún quede un atisbo de esperanza somos nosotros quienes romperemos con la Historia, quienes volveremos a escribirla. Pero sobre todo porque, aunque al final todo sea mentira, merece la pena salir de la mediocridad de nuestras vidas, aunque solo sea durante algunos días, para emprender algo nuevo. Quien esté interesado/a (o solo para aportar datos o llamarme loca) que llame al: 671 160 746 o que deje un mensaje para que pueda llamar yo. Y recordad que puede ser peligroso (existe más gente buscando lo mismo) ((y que yo sepa no se hacen visitas guiadas de noche a la Pedriza)). Absténganse cobardes y analfabetos (de descubrir los pergaminos habrá que descifrar los textos) ((al menos personas de mi nivel cultural capaces de entender lo que escribo)). Si me hace el favor el autor/a del espacio que agregue esto como entrada
Y que conste que me pareció tan surrealista la historia que en efecto le mandé un mensaje (exista o no el número me da igual, por 20 céntimos no me voy a arruinar y me hacía gracia) en el que venía a decir que Javier Cercas es realmente Beatriz (guiño a soldados de salamina); Federica Montseny (lider anarquista y primera fémina en encabezar un ministerio en España) era el ciudadano Besteiro; y el laureado general Miaja (héroe de la defensa de Madrid cuando el gobierno de la república marchó a Valencia) no era si no un disfraz de Carmen Martinez Bordiú. Una persona (real o imaginaria) con tanta imaginación merece un hueco en este su espacio.
September 22 IMAGINEMOSIMAGINEMOS
Imaginemos por un momento que una conocida marca de automóviles lanza un nuevo modelo al mercado. El éxito es inmediato. La demanda se dispara. Todo el mundo quiere conducir uno. El nuevo coche es el sueño de cualquier aficionado al motor. Prestaciones de última generación, un diseño elegante, los más fiables sistemas de seguridad, bajo consumo. No le falta de nada. Su precio es asequible y su calidad salta a la vista. Al poco tiempo es elegido “coche del año” por una revista especializada. Sus ventas baten records. La competencia no se explica qué sucede: están perdiendo mercado. Es tal su popularidad que ya se habla en términos de fiebre al referirse a él. Los concesionarios se frotan las manos. Los directivos se felicitan. La empresa funciona.
Un industrial del juguete venido a menos decide sacar una línea de miniaturas de la nueva gama. Cree así poder reflotar su depauperada empresa. En los últimos años el juguete tradicional ha sucumbido ante el juguete tecnológico. Los gustos de los más pequeños han cambiado. Hay que renovarse o morir. Aun así decide darse una última oportunidad y jugarse el todo por el todo con esta ambiciosa propuesta. Para octubre ya recibe encargos de las primeras jugueterías. En noviembre ya ha rentabilizado la inversión inicial. Para navidades ya se ve obligado a triplicar los turnos de trabajo para poder satisfacer la cantidad de pedidos que le llegan. No se equivocaba, lo que ha funcionado con los adultos también lo hace con los niños.
Al llegar la festividad de reyes, el orgulloso propietario de un más que rentable concesionario decide regalar la miniatura de su coche estrella al total de sus empleados. La estrella, huelga decirlo, es la sensación del momento -el coche del año- y la miniatura, por descontado, la salvación de nuestro juguetero. Uno de los afortunados en nómina –y lo de afortunado ha de leerse como un malicioso guiño a la dádiva recibida-, jefe de ventas para más señas, no tiene mejor idea que dársela a su hijo de 3 años para que se entretenga con ella. Una vez solo, el niño juega a imaginarse que es un famoso piloto de carreras. El pequeño bólido de juguete rueda por la suave alfombra de su habitación, atraviesa peligrosos túneles con forma de aparatosas geometrías, asciende por paredes imposibles, salta como si en vez de ruedas tuviese muelles… Pero el niño, como cualquier crío de su edad, tiene la manía de llevarse todo a la boca, y en este caso no iba a ser menos. Por más que lo mordisquea, sus frágiles dientes de leche no consiguen hacer mella en el chasis del juguete; así que su frustración le impele a tragárselo. No sabe a nada. La primera resistencia con la que se topa es la epiglotis, la membrana que cierra el paso al esófago. Debido a su diseño aerodinámico –así lo atestiguan los numerosos bancos de pruebas que ha superado- consigue atravesar la delicada membrana como si se tratase de mantequilla. La garganta se le quiebra. Un finísimo hilo de sangre -que con el tiempo irá engordándose hasta alcanzar la condición de torrente- recorre el interior de su cuerpo. Le sigue el cochecito, pero más lentamente. El esófago -ese embudo de carne y babas- se dilata, pero ni aun así consigue facilitar su descenso. El niño aún no lo sabe, pero va a morir. Los retrovisores, tan perfectamente simulados, seccionan sus paredes como si de escalpelos se tratasen, como cuchillos desgarrando una cortina; no encuentran resistencia. Sufre arcadas e intenta vomitar, los espasmos le hacen contonearse como un epiléptico en mitad de un terremoto, como si el epicentro de ese mismo terremoto se situase a la altura de su esternón. Los ojos se le salen de las orbitas, su piel empieza por palidecer y termina por amoratarse. En un último esfuerzo, él mismo intenta acelerar el descenso del juguete con la esperanza de poder aliviar así su tremendo dolor, pero el cardias -la puerta al estómago- resulta una rémora insalvable. La hemorragia se extiende. El niño escupe sangre, o más bien es la sangre quien escupe al niño. No puede articular palabra. Está llorando en silencio. Respira con dificultad. Con cada arcada las costillas actúan como una brida en sus entrañas. Se dobla de dolor. La sangre inunda al resto de las vísceras. Los grumos mal digeridos de su estómago se derraman sobre los intestinos. El hedor de los vahos alcanza los pulmones. Pierde el conocimiento. La agonía llega a su fin. El niño muere. La empresa funciona.
EDUARDO, LOGROÑO, 2006 September 14 UN DIVERTIMENTO DE LOS MÍOS¿POR QUÉ?
Cuando llegué ya estaban asando el caballo. ¡Un caballo! ¡¿Qué coño hacía un caballo ahí?! ¿Y dónde estaba ese puñetero cochinillo del que me habían hablado? ¿Dónde? Eso no era precisamente un cerdo, de haberlo sido se trataría de un supercerdo o de un cerdo mutante o de un cerdo extrarrestre con una tasa de crecimiento anormal. No, se trataba simple y llanamente de un caballo, y para bien o para mal yo estaba invitado a cenar. Así que puse buena cara y pregunte si podía ayudar en algo. No hacía falta: yo era su invitado. Oculta a las curiosas miradas del resto de comensales se encontraba nuestra cena, es decir nuestra cena y aquello. Una suerte de portería de fútbol articulada – ¿cómo explicarlo mejor?- empalaba a un caballo. La estampa era surrealista: imaginen cómo un enorme símbolo π ensarta a su futura cena como si se tratase de una inocente brocheta. El caballo era atravesado a la altura del recto por un dintel que hacía las veces de travesaño, así el rocín quedaba suspendido a la merced de un fuego de sarmientos. Para mí sorpresa no se me revolvieron las tripas, en realidad no puedo decir que me afecten este tipo de sangrientos espectáculos, ¿entonces por qué se me habrían de revolver? No lo sé, pero en ese caso me pareció lo más natural: estaba nervioso. Me acordé de Bucéfalo, el caballo que montó Alejandro Magno en la famosa batalla de Issos. ¡Joder!, ya no quedan jinetes como él… y probablemente tampoco hombres; porque ¿qué clase de persona no es capaz de conformarse con todo un universo postrado a sus pies? Quizás estemos hablando de un dios; ¿quizás? No: seguro. Pero no un dios menor ni mucho menos, estamos ante el tipo duro del Olimpo, un dios dispuesto a follarse cada noche a Venus y Afrodita en un perfecto menage-a-.trois, pero también, y entiéndanme cuando quiero decir también, al padre de todos ellos, a la verga divina, al macho, a Zeus. Alexander the Fucker. Su ambición no conocía límites y por más que cruzó lejanas fronteras jamás encontró un rival digno de tal nombre -pero tranquilos, de eso ya encargaría una ciudad: Babilonia -. ¿Y qué me dicen de su muerte? Una muerte dulce, una muerte de reyes. Alejandro, prisionero de su deseo, contrajo unas fatídicas fiebres tras dos noches de orgía ininterrumpida que le llevaron irremediablemente a la tumba. Una muerte que envidiar. Mejor eso que ser el hazmerreír en tu propio funeral, como le ocurrió a Esquilo, el célebre autor de Prometeo encadenado, al que un águila, por extraño que parezca, le arrojó una tortuga a la cabeza en pleno vuelo. Al parecer, harta de no poder separar las vísceras de su caparazón, la rapaz decidió probar suerte con el drástico método de arrojarla desde una altura considerable, con tan mala suerte de ir a parar directamente a la frente del pobre Esquilo. Qué muerte tan triste ¿no? Perdón, que me pierdo en mis divagaciones. ¿Por dónde iba? Ah, sí, la estampa del caballo empalado a fuego lento. Sigamos. El travesaño o jácena o lo que diablos fuera aquello tenía la capacidad de girar longitudinalmente sobre sí mismo, como un rodillo apoyado en dos perfectas estalagmitas, creando así un microcosmos de días y noches que permitía ajustar el gratinado del equino. El ingenio era movido por tres poleas accionadas por un motor que supuse había pertenecido a una vieja cortacésped. El alazán era asado de una sola pieza, sin abrir, es decir, sin haberle vaciado previamente las tripas, sin una hendidura externa. Me pregunté qué ser humano sería capaz de empalar a un caballo. En mi pregunta no había una duda moral, sino una duda física. Un hombre solo no sería capaz de atravesar con una viga, que debía pesar cerca de los 70 kilos, un caballo adulto desde el ano hasta la boca -desconozco cuál es la resistencia que puede ofrecer la carne al paso del acero, pero estarán conmigo que aquello, en sí mismo, ya era extraño-. Dos hombres me seguían pareciendo escasos. Fui imaginando la escena con un hombre más cada vez. A partir del quinto hombre no me pareció operativo el equipo de empalamiento, un sexto ya resultaría una rémora insalvable para el resto. Pensé que debían disponer de otra máquina -¿acaso un trinchador gigante?- que resolviera esta situación. Así, cada vez que quisieran asar un caballo a su manera necesitarían de dos máquinas como mínimo –una para empalar al caballo y otra para asarlo-, si no tres o incluso cuatro, aunque a las máquinas tres y cuatro no lograba concederles una utilidad. Cabía la posibilidad de que tan sólo fuera una máquina, pero me pareció demasiado complejo y la deseché al momento. El caso es que para cuando me quise dar cuenta ya estaban sirviendo el caballo en la mesa. La verdad es que tenía hambre y agradecí el buen oficio de los cocineros.
Ya en la mesa, se habló de la conveniencia o no de aplicar, a modo de prevención, medidas eugenésicas en la Guayana Francesa. ¿Pero por qué precisamente en la Guayana Francesa? ¿Y para prevenir el qué? No tenía ni idea, pero eso no me impidió posicionarme por un sí rotundo. Incluso propuse hacer extensibles las medidas al resto de los países fronterizos con la colonia francesa: arranqué un gran aplauso y un murmullo de aprobación recorrió la estancia. Me sentía bien. El caballo estaba sabroso y la conversación me agradaba. Se habló de Borges, y alguien de la mesa –probablemente un mamporrero que había conocido muy de cerca la anatomía de nuestra cena- comentó que sus mejores cuentos los había escrito Cortázar, en realidad habló de que el mejor cuento de Cortazar había sido el propio Borges: un Jorge Luís Borges a la manera de Julio Cortázar. El tipo sentado a mi derecha aprovechó la ocasión para opinar acerca de la obra del Cronopio Cortázar: dijo que era lo más parecido a un mal sueño, a la pesadilla de un hipocondríaco enfermo de un cáncer terminal de colon, una pesadilla en la que millones de tumores fosforescentes jugaran una infinita partida de damas a muerte, una pesadilla en la que el mismo Cortázar contemplaría su última y más salvaje sodomización: una pesadilla feliz al fin y al cabo. Puede que fuese el vino, no lo discuto, pero por momentos me vi en un paraíso, no se cuál, no me pregunten, pero eso sí: rodeado de 50 vírgenes huríes, tal era mi grado de excitación. Qué noche, ¿cómo olvidar?
Al llegar a los postres me avisaron de que había una llamada esperándome. Me excusé por tener que ausentarme un par de minutos y me levanté para dirigirme al teléfono. Ya me alejaba de la mesa cuando un tipo con aspecto de fiduciario de un extraño parásito propuso un penúltimo brindis por la primera guerra mundial. Así lo dijo: “Quiero proponer un penúltimo brindis por la primera guerra mundial”. Curioso, ¿verdad? No pude resistirme a tan sugerente proposición y apuré mi copa aun a riesgo de hacer enfadar con mi tardanza a quien me esperaba al aparato. Cuando descolgué el teléfono maldije mi mala suerte. Al otro lado de la línea una voz conocida y una pregunta: “¿por qué?”
EDUARDO, SEPTIEMBRE 2006, SRI LANKA September 09 otro juego de esosOtro más de esos juegos chungos
Invitado a jugar por Sara
- ¿Cuánto tiempo llevas blogueando?: Pues creo que desde julio de 2005 - ¿Cómo te enteraste de la existencia de los Blogs y empezaste a bloguear?: Sofía me pidió que creara uno, ¿y quién le dice que no a Sofía? Lástima que el suyo ya esté defenestrado… - Dime cinco Blogs que sigas a diario o con mucha frecuencia: En principio todos los que cito en esta entrada los visito todos los días, pero estos cinco son los que actualizan con más frecuancia, así que ya sabéis: actualizad más 1. Pequeña serenata nocturna Eva, que con sus serenatas no me deja dormir. La mujer humana, la mujer cafetera de acero inoxidable ;) 2. El secreto de la Luna Ella tiene muchos secretos, y no todos orbitan alrededor de la luna. Una persona a la que descubrir. 3. Necesito de ti de vez en cuando : Sara, necesito de sus letras más a menudo que un simple de vez en cuando. Me gusta que siempre me saque una sonrisa cuando leo sus anécdotas. (He aquí el teléfono de Recesvinto por si te interesa una cita con él: 091, te atiende las 24 horas del día) 4. Disfruta el momento – La banda sonora de los blogs, la Janis Joplin del adsl : ) 5. Locura transitoria : Transitoria, nómada, migratoria, temporal, estacionaria o como tenga que ser, pero a mí me gusta ese tipo de demencia. - ¿Eres lector anónimo de algún Blog?: Hasta que se inventaron los blogs todos éramos lectores anónimos. Esta pregunta es estúpida. - ¿Algunos autores que te despierten especial simpatía?: Ernesto . Me descojono cada vez que mantiene una discusión vía Internet con alguno de los múltiples idiotas que tanto abundan por aquí. - ¿Qué Blogs consideras de mayor calidad?: Para mí el de Fermín . Tenéis que visitarlo, no os arrepentiréis - ¿Con qué cinco blogueros te irías de borrachera?: Con Dani (que seguro que me descubre una camino de baldosas amarillas que me devuelvan a Oz), con Ali (así me explica más qué hay que hacer para ser un snoerkel), con Yol (…con lo que me gustan a mí las tormentas, a ver si tengo suerte y encimo me calo los huesos), con Lolo (seguro que acabamos a las tantas recordando alguna peli o en su defecto apedreando alguna comisaría), con Naila (es que yo a Naila siempre la imagino con una enorme sonrisa) - ¿Con qué tres blogueros pasarías una noche de locura sexual?: Otra pregunta estúpida. Agotadas las contestaciones tipo: ¿una sola noche? ¿Tres blogueros sólo?, tendré que ser valiente y dar nombres: Antonio - ¿Te has enamorado alguna vez de un bloguero?: Claro, ¿quién no? Y de una aprendiz del oficio de tornero fresador y de una ordeñadora automática de importación - Y, ¿has conocido a alguno más allá del teclado?: Para eso necesitaría una guija cibernética o un Unipreus. - ¿Estás satisfecho con tu Blog?: No - Y, por último, elige entre 3 y 5 blogueros para que contesten a estas preguntas en sus Blogs: Pues a Cova, a Eva , a Naila, a Noe y a Ali, que parece que nunca actualizan
September 05 PROPUESTA PARA UN MONOLOGO EN RE MENOR SOBRE LOS RAMONESPROPUESTA PARA UN MONOLOGO EN RE MENOR SOBRE LOS RAMONES ¿Has dicho Los Ramones? ¿He oído bien? Un momento entonces. Tiempo muerto. Si vamos a hablar de Los Ramones, y todo indica que así va a ser, entonces hemos de empezar por ser justos y reconocer que fueron lo más parecido a una mierda pinchada en un palo, una mierda pinchada en el fósil de una mierda con forma de palo. Ya sabes, me refiero a un coprolito: esa es la palabra. Una mierda pinchada en un coprolito. No sé si me sigues. Cuesta creerlo pero es así, en ese pestilente artificio geométrico cabía todo su talento, toda su puñetera discografía, y aún sobraba espacio para algún que otro disco de los Stooges. No nos engañemos, Los Ramones no sabían tocar una puta mierda. Ahora bien, la pregunta es ésta: ¿y eso le importaba a alguien? A mí no la verdad, a mí me valía con ver a Jhonny cogiendo su vieja guitarra Mosrite y calzándose la chupa de cuero. Intentar ir más allá sería tomarle el pelo a la gente. Ya sabemos que la Música hace tiempo que está muerta. Concretemos más, seamos valientes: muerta desde que enterramos a Ludwig van. ¿Comprendes? Y aquí está la auténtica grandeza de Los Ramones: ellos lo supieron desde el principio y no les importó, ¿por qué habría de importarles? Ellos hacían lo que querían y no engañaban a nadie. ¿Qué nos queda entonces? La actitud, eso es lo jodidamente importante. La Actitud. Julio César tenía actitud; Gengis Khan tenía actitud; Los Ramones tenían actitud. ¿Qué quiero decir con todo esto? Escucha bien porque ahora es muy importante que no te pierdas. El rock es sudor, el rock es semen, el rock es sangre, pero el rock, y que no te engañen, no es un genio, el rock no sabe de física cuántica, no le hace falta. La actitud, eso es lo que cuenta. Tomemos como ejemplo a Frank Sinatra: tenía los cojones bien puestos, tenía a la mitad de la mafia de Nueva York chupándole la polla… pero ante todo Sinatra era una actitud: él era La Voz. Frank, y reto a muerte a quien me lo discuta, era un auténtico Punk-rocker. Él inventó el rock, ni más ni menos. Y llegado a este punto puedes llamarme hereje si quieres, pero para mí, si ha habido un auténtico Ramone, ése ha sido Frank Sinatra. Frank Ramone Sinatra. Desconozco si escuchó siquiera una sola de sus canciones, ¿para qué? No lo necesitaba, estaba por encima de todo eso… Frank Sinatra… Actitud… ¿Los Ramones? Una mierda pinchada en un coprolito. August 30 OTRA VEZ RECESVINTO Y RUPERTAHe vuelto a retomar las aventuras de Recesvinto y Ruperta. Recuperando la tradición de los pequeños entremeses y de los sainetes costumbristas os ofrezco mi última creación. Ahí va
OTRA DE RECESVINTO Y RUPERTA
Recesvinto y Ruperta están sentados en un restaurante italiano esperando a que les sirvan la pizza 4 quesos que han pedido. Comienzan una animosa conversación
Recesvinto: ¿Tú crees que hay vida inteligente en otros planetas? Ruperta: Sí, siempre y cuando tú no te empadrones en Gamínedes. Rec: ¿Pero crees o no? Rup: Que sí, pesado; Yo creo en muchas cosas; (se pone ahora a enumerar las cosas en las que cree mientras las cuenta con los dedos de su mano izquierda) creo en el poder acondicionador de los champús con esencia de frutas, en los guerreros de terracota de Xi´an, en el embrujo pérsico del petróleo irakí, en la resoluciones del consejo de seguridad de las Naciones Unidas, en las bondades antioxidantes del zumo de pomelo, bla bla bla bla …Como ves, no soy nada escéptica. Rec: He conocido a unos seres de otro planeta Rup: No, si ya decía yo que meter la cabeza en el microondas no podía ser bueno, ¡cómprate un secador de pelo y déjame en paz!... Rec: Lo digo en serio. Rup: Y yo. Hay un modelo de Philips o de Brown o de Rowenta, no recuerdo bien, que está de oferta en el Carrefour. Rec: Te estás riendo de mí y ya sabes lo sensible que soy para estas cosas… Rup: Pero si tú tienes la sensibilidad de un mapache, (se le escapa una sonrisa maliciosa) de una central hidroeléctrica, de media docena de pistachos., de… de… de… ¡de un secador de pelo de Rowenta!
Les interrumpe un camarero que les sirve la pizza que habían pedido
Recesvinto: (cogiendo una cuña de pizza y metiéndosela en la boca) Escúchame. El universo es como una enorme pizza 4 quesos (Ruperta no le deja terminar la frase)… Rup: Sí, ya, y la mozzarella viene directamente de Andrómeda y el enmmental del cinturón de Orión, por no hablar de los fértiles campos de orégano de los anillos de Saturno… (Recesvinto le mira con cara de pocos amigos). Vale, vale, ya me callo, continúa Rec: Como decía antes de que me interrumpiese esta inmunda rata venusiana… El universo es como una enorme pizza 4 quesos, y en ese colosal montón de colesterol nosotros sólo hemos llegado a conocer apenas una pequeña porción de la misma (y en ese momento se introduce otro pedazo de pizza a la boca), ni más ni menos. Lo peor de todo es que lo que nosotros, la especie elegida, damos como cierto –que estamos ante una pizza 4 quesos- quizás sólo es un espejismo, una tomadura de pelo, puede que en realidad –para desconcierto nuestro- estemos ante una 5 quesos amputada, mutilada, cercenada, una 5 quesos a la que un cocinero hijo de puta le hubiese racaneado el quinto ingrediente. ¡Estamos viviendo en una falsa 4 quesos! ¡Ruperta, nos han robado una dimensión! Hay tanto que desconocemos… Rup: Eso sin tener en cuenta los universos paralelos o las ofertas de 2x1 al comprar una mediana de 4 o más ingredientes. Rec: No debe extrañarte que no estemos solos en la galaxia Rup: ¿Y a qué viene esta perra que te ha dado con la vida extraterrestre? Rec: No me preguntarías eso si supieses que ahora me gano la vida traficando con kriptonita. Para traerla a La Tierra atravieso toda la galaxia como aprendiz de culero. El cártel de Kriptón paga muy bien, no me quejo, no tiene nada que envidiar al de Medellín o al de Cali o al de Omicrón Persec 8. Rup: Te lo he dicho antes y te lo repito de nuevo: no metas la cabeza en el microondas, en serio que no te hace bien, si sigues en tus 13 pronto no necesitarás ni peinarte ni hostias en vinagre porque te vas a quedar más calvo que Lex Luthor, y entonces sí que te hará falta algo más que kriptonita para sobrevivir a la ira de los superhombres del espacio exterior. Rec: Eso lo dices porque tienes envidia Rup: A ver, tengo un reloj que además de barómetro e higrómetro es una reproducción en miniatura del Taj Mahal, tengo en tres ediciones diferentes El sí de las niñas, tengo un juego de toallas que sisé en un hotel de la costa azul, tengo un principio de úlcera en el estómago –y creo que tú tienes algo que ver-, pero de envidia no tengo ni una pizca y mucho menos de ti Rec: Bueno, bueno, no te pongas así, ya lo discutiremos otro día, que ahora tengo prisa. Me tengo que ir: estoy citado con mi tercera fase para disfrutar de un encuentro amistoso. Ya me entiendes… Rup: Pues nada, buen viaje astral, si eso tráete un poco de kriptonita y nos liamos un par…
FIN |
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