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    January 27

    OTRA VEZ SERÁ

    OTRA VEZ SERÁ

     

    Recuerdo mi primera visita al circo como uno de los días más extraños de mi vida. Yo tendría unos veinticinco años. Por extraño que parezca nunca había querido ir antes. De niño me daba un poco de miedo: los payasos no me hacían gracia., los trapecistas me daban vértigo y los animales enjaulados me deprimían. En fin, un desastre que sólo pude remediar pasados ya los veinte. El caso es que una mañana, de regreso del mercado y cargado como una mula, o un sherpa, con las bolsas de la compra (siete kilos de naranjas, quince latas de anchoas y un anciano vietnamita experto en lenguas muertas), me abordó una jauría de malabaristas griegos. Para mi sorpresa me rodearon y se pusieron a gritar lo que a mí me parecieron referencias poco honestas hacia la noble institución de la maternidad. Se me heló la sangre. Nunca había oído un lenguaje tan soez. En esas circunstancias lo más lógico hubiese sido intentar escapar, lo sé, pero no me dio la gana, para ello hubiese tenido que renunciar al ajuar con el que cargaba (artículos todos ellos de primera necesidad), y, qué coño, llámenme ruin y miserable si quieren, pero mis cuartos me habían costado. Por si fuera poco tenían una pinta rarísima, como de recién salidos de un aquelarre de antropófagos. Sus rostros, más famélicos que otra cosa, no invitaban precisamente al optimismo. Así que si nadie lo evitaba mucho me temía que la única forma de salir de ahí iba a ser con los pies por delante. Pero el tiempo pasaba y allí no se movía ni dios (…por no hablar del apuntador). Me tuvieron así cerca de los veinte minutos, hasta que el que parecía su cabecilla (un armario empotrado de unos tres por tres metros) me enseñó, haciendo gala de unos modales impropios de una señorita como él, el dedo corazón de su mano derecha; dejando entrever de paso su deseo de verme múltiples veces sodomizado. El resto pareció captar el mensaje (si es que lo había), y, sin dejar de gritar obscenidades, fueron cerrando el círculo en el que me tenían preso. Para mi desgracia la calle estaba desierta y no había quien pudiera socorrerme. Perdida toda esperanza de salvación, pensé que ése era mi fin, que iban a robarme el alma o a practicar alguna clase de homicidio con mi persona, pero no, nada de eso, me explicaron que el circo Honey había llegado a la ciudad y me invitaron a la función (o “defunción”, tal y como me explicaron en su precario castellano) de esa misma tarde. Me hicieron gracia (sobre todo uno de ellos, que siendo tuerto de ambos ojos se esforzaba en hacer malabares con diez taladros hidráulicos), y como no tenía otra cosa mejor que hacer acepté y les prometí acudir.

               

    A las seis en punto ya estaba haciendo fila para entrar. Un enano subido a un taburete hacía las veces de taquillero. A cada persona que entraba le ofrecía unas gafas de bucear. Cuando le pregunté para qué eran no dijo nada. Se limitó a sonreírme y guiñar un ojo. Volví a insistir y recibí una bofetada por su parte. Ya no quise saber más. Busqué mi localidad y tomé asiento.

    El ambiente era inmejorable, no cabía un alfiler. La expectación era máxima. Al fondo de la pista se abrió un telón y aparecieron tres paquidermos arrastrando un enorme ingenio mecánico. Era un cañón de la primera guerra mundial, no había dudas, La Gran Bertha (así lo llamaron los alemanes en su momento), un cañón de proporciones titánicas. Gigante, alrededor de treinta metros de largo y con un calibre por el que hubiese pasado sin problemas un pequeño hipopótamo ungido en mantequilla. Impresionante.

    Un emotivo aplauso se apoderó de toda la carpa. Durante más de cincuenta minutos sólo se oyó un continuo batir de palmas. El estruendo era insoportable. Sectores del público rivalizaban entre sí por elevar sus aplausos por encima de los demás. Familias enteras se disputaban el dudoso honor de ser las más ruidosas. Aquella barahúnda amenazaba con dejarnos sordos a todos. Varias personas, entre ellas un conocido saltador de pértiga, tuvieron que ser desalojadas entre espectaculares convulsiones. Un niño con sobrepeso (mórbido sería la palabra) entró en éxtasis y aseguró estar hablando con María Magdalena. Nadie le creyó.

    La cordura había pasado de largo y se había olvidado de nosotros. Una especie de enloquecida comunión había cementado el ánimo común. Aquello parecía no tener fin, como una asíntota enamorada del infinito. Éramos un solo cuerpo aplaudiendo por la eterna salvación de nuestras almas.

     

    De repente, en el medio de la pista, a la derecha del cañón (según lo veía yo), se abrió una diminuta trampilla del tamaño de una caja de zapatos. Todas las miradas se clavaron en ella. Desde los megáfonos se pidió silencio y un fuerte aplauso (¿¡otro!?). Un hombre vestido de chaqué (rojo) y chistera (también roja) brotó de ella como si de un géiser se tratase. Hizo una reverencia y tomó un micrófono que apareció colgando desde lo alto de un trapecio. Agradeció de todo corazón nuestra efusividad y comenzó a narrar la historia del gran cañón. También la suya propia. De sus palabras dedujimos que se trataba de un hombre-bala o de un jurista que una vez soñó que quería ser un hombre-bala. No quedó muy claro. Tampoco si éste iba a ser su primer vuelo o su primera explosión (desconozco la terminología propia de los hombres-bala). La verdad es que no hablaba muy bien el castellano. Se hacía entender en una mezcla de castellano, portugués, inglés y esperanto. Lo único evidente era el amor que parecía sentir por aquella enorme pieza de artillería. Un amor pegajoso. Así, contagiada por su pasión, una mujer se precipitó desde las gradas con la intención de abrazar y copular en repetidas ocasiones con el gran cañón. Un guardia de seguridad (puede que fueran siete, no lo recuerdo bien) no tuvo más remedio que neutralizarla de un golpe en las costillas. Aquellos modos y maneras para con el público no hicieron sino enervar el sentir general, demasiado alborotado a esas alturas.

     

    El hombre del chaqué, consciente de que la situación se les iba de las manos, nos pidió un poco de serenidad. También que nos pusiéramos las gafas de buceo. Así lo hicimos. Alguno con tan mala suerte de saltarse un ojo, o tres, en el intento. Aquello, la verdad, no me dio muy buena espina. Pintaban bastos y yo tenía todas las de perder. Me imaginé lo peor. Pensé que no tardarían en inundar la carpa (¿para qué si no las gafas?) y lamenté no haberme traído un bombona de oxígeno o, en su defecto, un tubo de snorkel. Temí morir ahogado. Aunque no debí ser el único. Un devoto del principio de Arquímedes (amén de barbilampiño) se hizo con quince globos de helio y escapó volando de ahí. Era de locos. El anciano sentado a mi derecha exigió la dimisión, ipso facto, de las autoridades competentes. Un murmullo de aprobación recorrió las gradas. Los elementos subversivos ahí presentes (trotskistas según confesaron más tarde) surgieron de entre las sombras y proclamaron la revolución permanente. Aquel contubernio era un polvorín sin orden ni concierto. Parecía que la tercera guerra mundial iba a estallar de un momento a otro. Sólo la intervención de un poderoso dios (preferiblemente Anubis) o una invasión alienígena podía sacarme vivo de ahí.

     

    Ahora no podría jurarlo, pero creo que al poco nos durmieron con cloroformo. La verdad es que no les culpo. Qué otra cosa podían hacer, ¿rociarnos con gas mostaza? Mejor así, tampoco hay que ser quisquillosos. Lo importante es que dos horas después despertamos y el espectáculo pudo comenzar por fin.

    Entre vítores y aplausos (un vicio irrenunciable aquella tarde) dos empleados del circo sacaron a la pista una escalera con ruedas y un barril repleto de pólvora. El hombre del chaqué se vacío éste último por todo el cuerpo: bolsillos, perneras, calcetines, axilas, oídos, ombligo… ningún recoveco quedó libre de aquel peligroso hollín. Como guinda final ingirió medio kilo por vía oral, “mejor que el bicarbonato para las digestiones pesadas”, bromeó mientras se ponía un ridículo casco (que más que un casco parecía un cartón de leche atado a la cabeza). Aún entre risas, se subió a la escalera y pidió a los empleados que arrastraran todo el montante hasta la boca del cañón. Una vez allí nos confesó que estábamos a punto de ver algo que no olvidaríamos en la vida, uno de los espectáculos más grandiosos de la naturaleza (¿?). Uno de los trotskistas me preguntó si se refería a la aurora boreal o la migración anual de los ñus. No me dio tiempo a contestarle. Las luces se apagaron y empezó a sonar un redoble de tambor.

    Como si de un tobogán se tratase, el hombre-bala se arrojó a su interior al tiempo que se encomendaba a una virgen de nombre impronunciable. En la base del cañón, el enano que hacía las veces de taquillero prendió una mecha. Medio minuto después una gran explosión iluminó a todos los allí presentes. Un magma de vísceras y tendones inundó la carpa. En un gesto muy hermoso, ignoro si premeditado o no, el hombre bala nos había regalado (o salpicado) a cada uno de nosotros una parte de su intimidad más orgánica. Nos quedamos de piedra y con la boca abierta. Teñidos con el océano carmesí de sus entrañas no dábamos crédito a lo que acabamos de ver. En efecto, habíamos sido testigos de algo fuera de lo común. Me sentí profundamente conmovido y di gracias a Anubis.

     

    En la confusión me había saltado a las gafas un pedazo de lo que supuse sería el hígado del jurista. Chorreaba sangre y bilis. Ilusionado como un niño con zapatos nuevos me lo guardé y estallé en un gran aplauso de agradecimiento. Todos me siguieron. De nuevo se desató la locura. Un hombre empezó a golpearse el pecho con una butaca. Otro afirmó estar hablando con María Magdalena, aunque sólo el niño mórbido pareció creerle. Un tercero se lanzó a dar vueltas sobre si mismo haciendo el pino puente. Nadie entendía qué estaba pasando allí, y mucho menos yo, que otra cosa no será, pero imán para los desastres y las calamidades tengo un rato.

    Entre tanto, no sé si por la explosión o por lo nervios, el ambiente se había caldeado bastante. Hacía muchísimo calor, demasiado, calculo que estaríamos a unos ochocientos grados, aunque no sé si Celsius o Fahrenheit. Aquello parecía el interior de un crematorio en plena sesión de torrefacción. Sólo de pensar que se me podía evaporar la entrepierna me puse malísimo y empecé a sudar a mares. Por sudar, sudé hasta los primeros calostros de mi tierna a la par que lejana infancia. Todo mi cuerpo no esa sino un grotesco sifón con galones de plusmarquista, hasta tal punto que quienes estaban a mi lado me preguntaron si yo también formaba parte del espectáculo. Alguien incluso pidió hacerse una foto conmigo. Una mujer sin cejas sugirió abrirme la cabeza. Por suerte no cuajó su propuesta. La voz del megáfono pidió de nuevo calma y anunció un breve receso hasta el siguiente número: un tragasables disléxico. Necesitaba salir de allí, así que aproveché la ocasión para ir al ambigú a por un refresco.

     

    A medio camino me abordaron dos culturistas vestidos de cabareteras. Me agarraron cada uno de un brazo y me pidieron que les acompañara. Tenían toda la pinta de veteranos de la guerra de las Malvinas o de vulgares furcias de un burdel de Bangkok, no sabría explicarlo mejor. Tampoco me dejaron preguntar, y cuando así quise proceder me mandaron callar e insinuaron que estaba metido en un buen lío. Un lío del que no creían que pudiera, ni mereciera, escapar. Me llevaron directamente al despacho del director del circo: un ruso que, según dijo nada más entré, descuartizaría a su señora madre sólo por verme bien muerto y enterrado junto a ella. Se me puso la gallina de piel, y viceversa. Un inoportuno hormigueo me durmió las piernas. Creí que de un momento a otro me iba a desmayar. Afortunadamente me pidió que tomara asiento y me explicó lo ocurrido. Al parecer, un dedo del jurista había saltado a las gradas y alguien lo había sustraído para su propio uso y disfrute. Hasta ahí todo normal, nada raro. El problema es que no se trataba de un inocente souvenir (estaban acostumbrados a que la gente se llevara un recuerdo de su visita; yo mismo, sin ir más lejos, guardaba con celo una porción del hígado de su último hombre-bala), aquel dedo traía consigo un anillo de gran valor sentimental para el interfecto. A él le daba igual, pero las últimas voluntades de los difuntos están para respetarlas; y el finado, poco antes de su trágica actuación, bien claro lo había  dejado por escrito: en caso de accidente aquel anillo debía ser devuelto a su familia. El ladrón (porque ese fue el término que utilizó), por supuesto, era yo. Quién si no. Por si tenía dudas me mostró un video al que llamó “la prueba definitiva”. En él salía un japonés lisiado (tenía la columna sujeta por una estaquilla de metal) recogiendo el dedo y metiéndoselo en el bolsillo. Era evidente que se trataba de otra persona, pero no sé por qué ni siquiera intenté negarlo. Asumí la culpa sin más. El ruso dijo que era mejor así. No dio más explicaciones. Tampoco exigió que devolviera el botín (y menos mal, porque ambos sabíamos que aunque quisiera no iba a poder hacerlo). En vista de mi buena disposición propuso un acuerdo beneficioso para ambas partes: les compensaría trabajando una temporada en el circo. Ellos andaban faltos de hombres-bala y yo quería salvaguardar mi honor (ya se sabe que cuando se juntan el hambre y las ganas de comer…). Así que acepté. El temor de ser el hazmerreír del barrio y la vergüenza de mi familia me decidió a ello. Pagaría mis culpas convirtiéndome en el mejor obús de la historia.

     

    Cuando ya estaba todo arreglado sonó un teléfono. El ruso descolgó y asintió tres veces, luego respondió: “Reykjavik”; luego: “El campo base ha sido destruido”; luego: “No hay cojones”; luego: “El funk no ha muerto”; luego: “Luego”; luego: “Inmunodeficiencia”; luego: “Mi pastor es Jesucristo”; luego: “Necesito un protector labial”; luego: “Todo se ha ido a la mierda, vuelve, por favor”; luego: “Te quiero”, y colgó. Habían detenido al verdadero ladrón. Su rostro cambió de repente y se volvió de lo más solícito. Se disculpó y, con una aparatosa genuflexión, me besó los zapatos. Llorando y al borde de un colapso nervioso me pidió que le flagelara la espalda hasta sangrar. Yo, por no quitarle la ilusión, le di el gusto. Me solté el cinturón y le calenté a base de bien el costillar. No contento con eso me regaló un bono de diez entradas. También un barómetro/torre-Eiffel recuerdo de un lujurioso fin de semana en París, o al menos eso dijo. Acepté los presentes y me marché sin decir esta boca es mía.

    Aquella noche no pude dormir.

     

     

    El circo Honey estuvo tres meses en la ciudad. Nunca vi a nadie comprar una sola entrada, y, sin embargo, todos los días colgó el cartel de “no hay localidades”. Yo, por descontado, no volví jamás. Me quedé sin ver al tragasables disléxico. Una lástima, pero no pasa nada. No hay que desesperarse. Otra vez será.

     

    EDUARDO: MADRID-LOGROÑO 2008