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February 28 PONGAMOS POR CASOPONGAMOS POR CASO
Pongamos por caso que encuentro una vara de metal oxidada, cortante, afilada. La miro, la palpo, incluso la huelo. Como es natural, decido atravesarme el vientre con ella, a la altura del ombligo. Un poco por sorpresa, sin proponérmelo verdaderamente, voy hundiéndola en mis entrañas. No siento nada. Estoy relajado, tranquilo, concentrado en mis cosas. Me gusta, no puedo negarlo. Imagino ser el ayudante de un ilusionista, uno famoso. En el espectáculo, el supuesto mago atraviesa mi cuerpo, que está encerrado en una caja mágica, con veinte espadas. Yo salgo ileso. Sano y salvo. Parece que incluso puedo oír los gritos y los aplausos del público. Saludo y hago una reverencia agradecido. Es reconfortante. Pero esto es diferente, aquí no hay público, no hay mago, ni siquiera hay truco. No puedo doblarme. He adoptado la figura de una estaca. Recto como un ciprés, como un alfiler, como una estatua de mármol. Finjo indiferencia, incluso desidia. No me importa qué pueda sucederme. Una mancha del color del carmín borbotea y circunda el cráter recién formado en el abdomen. Cada vez me cuesta más respirar, horadar mis vísceras. Me faltan fuerzas, como si el aliento me recorriese montado en un caracol. Estoy bien, no pasa nada. Creo haberme desgarrado el hígado, no estoy seguro. La dirección es oblicua a la incisión, así que no puedo asegurarlo. De haber seguido la perpendicular al orificio de entrada me hubiese topado con las vértebras; creo que hubiese sido peor. Siento cómo la herrumbre empapa los intersticios de mi dicha. No siento dolor, no puedo quejarme, me siento feliz. Me cuesta respirar, eso es todo. En general puedo afirmar que lo estoy pasando bien, estoy disfrutando. Me tiemblan las rodillas, la vista se me nubla, un sudor frío desciende por mi espalda. Estoy sereno, sobrio, alerta, más vivo que nunca. Sostengo la vara con las dos manos y la hundo más y más mientras la hago girar, como el samurai que está preparado para el decisivo harakiri. Jirones de carne confirman que voy por el buen camino. Un último esfuerzo que recuerda al jadeo del orgasmo me atraviesa la espalda. Tras los músculos que sostienen las costillas sólo hay una tenue luz. Vuelvo la mirada y ahí está el gusano metálico, mudo, ebrio, orgulloso. Un violento vómito de sangre me inunda la garganta. Tengo sueño, estoy cansado, se me cierran los ojos. Pongamos por caso que encuentro una pistola cargada… February 17 TRAS LA PISTA DE JUPITERTRAS LA PISTA DE JUPITER
Cuando cumplí los quince años me regalaron un libro de Philip K. Dick. Se llamaba Ubik. A la semana siguiente no sólo ya lo había leído un par de veces sino que ya tenía claro lo que quería ser de mayor: escritor de ciencia ficción. Aquel año leí a todos los clásicos del género: Isaac Asimov, Gustav Lem, Dan Simmons, Ray Bradbury, Aldous Huxley, Edward S. Bravo, H.G. Wells, Orson Scott Card, Frank Herbert, también a Arthur C. Clarke –qué remedio-. Me compré una maqueta del Halcón Milenario y me prometí que cuando fuese un famoso escritor haría construirme uno de verdad, a escala real. Soñaba continuamente con el título de mis futuros libros: El droide de la quinta dimensión, El imperio de Orión, Los cosmonautas del hielo… Sin embargo, para mi desgracia, nunca encontraba el momento adecuado para comenzarlos. Quizás fuera pereza, quizás fuera falta de talento, pero el caso es que prefería pilotar mentalmente mi Halcón Milenario antes que sentarme ante mi vieja máquina de escribir, una olivetti de herencia familiar. Poco más puedo recordar de mis quince años, tan sólo aquel libro y la promesa de un sueño. Cuando cumplí dieciséis años me regalaron una novela de E.M. Foster. Se llamaba Una habitación con vistas, creo que la llevaron al cine. Me costó leerla casi un mes, y si la terminé –cosa de la que no tardé en arrepentirme- fue por no hacerle un feo a quien me lo había regalado. Aquello no era para mí, era horrible; lo mío era la ciencia ficción. A mí lo que me gustaba de verdad eran las historias de robots humanos, de androides autómatas, de naves espaciales que escapaban de agujeros negros, de civilizaciones perdidas a millones de años luz de nosotros. De gente como E.M. Foster no quería saber nada. Ni de él ni de nadie. Encerrado en mis libros –en mis libros de ciencia ficción se entiende- era feliz. No necesitaba a nadie. Empecé a volverme huraño y reservado de la noche a la mañana. Me molestaba la gente, la evitaba. Fue así como comenzaron mis problemas. ¿Qué clase de problemas? No lo sé: problemas. Los problemas no necesitan adjetivos, son problemas y punto. Estaba solo y no me importaba en absoluto. Ahora bien, aunque me negara a admitirlo, en el fondo sabía que era el mundo quien en realidad no quería saber nada de mí. No les culpo. Mi vida era tan insulsa como la suya, tan gris y tediosa como la que más. Cualquier persona inteligente huía con sólo verme aparecer. Qué asco, por qué no podía ser yo como Han Solo. Mi vida, comparada con la suya, parecía un infinito juego de diferencias. Sabía que nunca volaría tan alto como él, tampoco lo pretendía, pero por haber escrito aquel dichoso libro de ciencia ficción hubiese dado 10 años de mi vida, ¿era pedir demasiado? No lo creo. Quería escapar de La Tierra, huir lejos, muy lejos, conocer otros universos, otros mundos; así podía pasarme noches enteras subido al tejado de mi casa escudriñando el cielo en busca de señales de Naboo o Dagoba, me encantaba. Sin embargo era incapaz de juntar cuatro líneas seguidas en un papel en blanco, por qué: no lo sé. Idiota de mí. Así me maldecía todos los días por mi ineptitud. Era un inútil y yo mismo me encargaba de recordármelo. Me odiaba. También odiaba a los demás, especialmente a los demás, muy especialmente a mí. Qué podía hacer. Como mi sueño de poseer un Halcón Milenario no se materializaba, cuando cumplí los diecisiete me construí una nave espacial, mía, propia. Mi primera nave espacial. No era como el Halcón Milenario, claro, todavía no era un famoso escritor de ciencia ficción, ni siquiera era un escritor, pero era el orgulloso propietario de un bólido sideral, y eso, por descontado, era lo realmente importante, el resto ya vendría solo, o eso pensaba yo entonces. La llamé El Halcón Centenario. Me hice cosmonauta -¿sabían que los soviéticos utilizaban el término cosmonauta mientras los americanos preferían el de astronauta?-; había leído en alguna parte que un escritor debía experimentar en primera persona aquello sobre lo que iba a escribir. Así que pensé que fingiéndome cosmonauta me sería mucho más fácil. Un día, al volver de un paseo espacial por la débil atmósfera de Io, una de las numerosas lunas de Júpiter, alquilé en el holoclub Barbarella -qué gran película, véanla, no se arrepentirán-. No sé si me enamoré de su protagonista, Jane Fonda, o de la propia Barbarella, no lo tengo claro. El caso es que Jane Fonda o Barbarella, tanto monta monta tanto, era todo lo que un futuro escritor de ciencia ficción -como era mi caso- podía desear: era hermosa, era extraterrestre (aunque con apariencia humana), era inteligente, era rubia, en definitiva, era imposible. Investigué y resultó que Barbarella había sido en su origen un personaje de cómic francés. Aquello habría nuevos horizontes a mi futura carrera de escritor. Coqueteé con la idea de hacerme guionista de cómic (dibujante no, hasta un ewok dibujaba mejor que yo); en realidad todo lo que yo quería era continuar con las aventuras de Barbarella y, para ser más exactos, compartir con ella un tórrido romance en la ficción. Por supuesto, como ya habrán adivinado, no funcionó, tampoco fui capaz de escribir el guión. Ni libros ni cómics ni chicas imposibles, nada de lo que me proponía cuajaba.
**Antes de continuar me gustaría aclarar un asunto de suma importancia para mí –siempre me veo obligado a ello-: odio Star Trek. Pensarán que eso es imposible, que no se puede amar la ciencia ficción y odiar al universo Star Trek al mismo tiempo. Pues sí es posible, créanme. Nunca he soportado al capitán Pickard, a Spock, a la Enterprise (Ay, mi querido Halcón Milenario…)... ¿Pero quién demonios es capaz de aprender a hablar esa estupidez del Klingon? Hay que ser tonto. Dios, es patético.**
Cuando cumplí 18 años dejé de leer. Quemé todos mis libros, incluido Ubik. Estaba harto, nunca sería capaz de escribir nada y su presencia no hacía sino alimentar el recuerdo de mi fracaso, o mejor dicho, de mi insignificante fracaso, pues a nadie parecía importarle. No salvé ninguno. Ahora me arrepiento, pero entonces creí hacer lo correcto. Por paradójico –y triste- que resulté me veía a mí mismo como el protagonista de Fahrenheit 451 (Ray Bradbury, 1951; el título hace alusión a la temperatura a la que arden los libros), donde, en un oscuro futuro incierto, brigadas antinatura de bomberos se dedican a quemar todos los libros que encuentran a su paso, muy del estilo de Bradbury, la perfecta pesadilla futurista de Kafka. Por supuesto, Fahrenheit 451 también ardió, como ya he dicho no se salvó ninguno. Ojala hubiese sido yo uno más de los condenados a la hoguera. Por desgracia, mi gris medianía resultó ser de un amianto ignífugo. Por aquel entonces acabé la escuela elemental –un centro patibulario que olía a casquería-. A punto estuvo la exozoología de hacerme repetir aquel último curso. Me hubiese dado lo mismo. Era tal mi estado de apatía que ni siquiera acudí a recoger mi diploma. ¿Acaso debía alegrarme de tamaño éxito? Si así era, a mí no me sucedió. Los estudios no eran la panacea que demandaban mis problemas. Todo me daba igual, todo era incertidumbre. Qué iba a ser de mí. La desidia que me carcomía por dentro sólo me permitía vislumbrar un gran agujero negro en mi futuro. Hasta entonces, toda mi vida había sido una tomadura de pelo, un timo, un tongo apañado por alguna perniciosa inteligencia artificial que me quisiera el mal. Me sentía como Sísifo, condenado por la eternidad a empujar una enorme roca a la cima de una montaña, agotado, para que al coronarla la roca volviese a caer a su base. Necesitaba de nuevos aires que aventaran mi ajado porvenir
Cuando cumplí 19 años me independicé, me compré un pequeño satélite artificial en el cinturón de asteroides de Marte y me fui a vivir con una venusiana que conocí en un congreso interplanetario de inteligencia artificial. Se llamaba Minerva. Era rubia, inteligente, hermosa, extraterrestre. Consiguió, en un principio, que volviese a creer en la raza humana, cosa nada fácil. Lo tenía todo, mejor dicho, casi todo, pues le faltaba lo más importante: no era imposible, no era como Barbarella. Eso nos mató. Nuestra historia duró apenas un año mercuriano, y vaya si dio de sí, cómo lo aprovechó, no hay duda. Siempre he sido un tipo pusilánime, no lo niego, pero Minerva se encargó de minar mi voluntad, de convertirme en un triste lacayo de sus deseos. Proponía y disponía de mí a su antojo. Creo que para ella no debí ser más importante que su robot de cocina. Una femme fatal del espacio exterior, eso fue para mí. Pero si hubiese sido imposible –como en un principio creí- no me hubiese importado ser su pelele particular –a Barbarella le hubiera perdonado todo-; no fue el caso y terminé hartándome, o haciendo que ella se hartara de mí, cosa que se acerca más a la realidad. Nunca entendí qué buscó en mí, qué encontró en mí, y si encontró algo –lo que no está claro- qué fue lo que le disgustó. Por qué entonces me concedió aquel exiguo año mercuriano, acaso pensó que podía aprovechar también la carroña de mis despojos. Cuando nos separamos le dejé el asteroide y todo lo que había de valor en él –poco-. Sólo me llevé mi vieja Olivetti.
Cuando cumplí 20 años me alisté voluntario en la marina espacial. Pensé que la Confederación de Planetas haría un hombre de mí. Fui destinado al sector 7G del sistema Omicron-persei. A la semana de mi llegada se declaró la guerra contra la Unión Galáctica Internacional. Me armaron con un subfusil láser y me mandaron a defender las estratégicas minas de Tungsteno de la nebulosa XC47. En el año que pasé en el frente no vi aparecer ni una sola nave enemiga. La acción estaba a miles de años luz. A todo esto yo vivía con un androide de servicio al que llamaba Bishop. Nos hicimos amigos. En el artificio de su memoria guardaba toda la bibliografía existente sobre ciencia ficción del siglo XX. Cuando no había nada que hacer –cosa que ocurría con demasiada frecuencia- le hacía recitar de memoria capítulos enteros de Ubik. Fue así como retomé mi idea inicial de ser escritor; la marina espacial, como si de una novela de E.M. Foster se tratase, no iba conmigo. Cuando cumplí 21 años me escapé. Fui declarado desertor y en consecuencia pasé a estar en busca y captura. Ser fugitivo se convirtió en una rutina más. Al principio, para qué engañarnos, me veía como un héroe romántico en una huida continua, y eso me gustaba, no lo niego, pero pronto me cansé de mi estatus legal. Era más problemático de lo que yo pensaba. Disponía de 60 créditos oficiales y no podía hacer uso de ellos porque estaban a nombre de un forajido espacial, es decir, a mi nombre. Busqué refugió en el único lugar del universo donde nunca hacen preguntas: el sistema bisolar Aleph X12. Al principio malvivía robando uranio enriquecido de las numerosas naves de carga con motor termonuclear que atracaban en Port Prince- con el tiempo el negocio se extendió a otros campos: tráfico de uranio, de armas, de oxígeno ozonificado...-. El uranio era muy cotizado en aquel rincón del universo. Tenía un socio de nombre impronunciable, un coniforme abisal, ya saben, esos seres hediondos inmunes a la suciedad, a la basura, a la mierda, y lo más importante: a la radioactividad. En cualquier otro lugar no le hubiesen dejado salir de las cloacas, pero allí era diferente, cuanto más desagradable fueras más respeto infundías. Como ya he dicho, había retomado la idea de escribir mi primera novela de ciencia ficción. Vivíamos bien. El negoció pronto se diversificó. Los golpes que dábamos cada vez se espaciaban más en el tiempo, así que disponía de todo el que quisiera para escribir, o para no escribir según se viese. Estaba decidido, o me ponía entonces o no lo haría nunca. Compré una mesa escritorio, un marco de fotografía y un retrato de Philip K. Dick. Supuse que si el maestro presidía mi inspiración nada podría salir mal. Desempolvé mi vieja olivetti –una de mis escasas pertenencias que pude salvar y llevar conmigo al desertar- y me enfrenté de una vez por todas con mis demonios. Seguro que han oído hablar del vacío que siente el escritor ante el folio en blanco. Es horrible. A mí me ocurrió, pero por primera vez en mi vida mi vocación natural pesó más que mis temores. Estaba en el buen camino. No había vuelta atrás. Tardé un mes en encontrar la inspiración, menos de lo que yo esperaba. Tenía una historia y la voluntad suficiente para escribirla. No necesitaba nada más. Dinero tenía de sobra. Tiempo también. El libro se iba a llamar Tras la Pista de Júpiter. Mi ópera prima. Mi primogénito. Éste era el argumento: Un grupo de hampones maquinan robar el planeta Júpiter. El plan es perfecto. Lo extraen de su órbita y lo impulsan fuera del sistema solar, en concreto al sistema bisolar Aleph X12. Una vez allí, con el planeta en sus manos y en busca de comprador, se cruza en su camino una mujer de belleza imposible –supongamos una Barbarella atraída por el lado oscuro de la fuerza-. A la espera de un cliente para el planeta ella se adueña de la banda. Siembra la discordia, seduce al supuesto jefe y le convence para seguir sus propios planes. Ella propone y ella dispone. Nada sucede sin que lo autorice, sin pasar por sus manos. Quiere recrear un nuevo sistema solar. Júpiter sería la capital del mismo. Un nuevo reino para una nueva reina. Es ambiciosa, quiere un mundo a su medida, un universo a sus pies. Un paraíso fuera del alcance de las brigadas policiales del espacio o del temido B.L.K, como en su tiempo lo fue la Isla Tortuga para los piratas del siglo XVII. Un paraíso a sus órdenes, a su voluntad. El grupo se rompe, se sublevan, reina la sedición. Ésa no era la idea original. Quieren el dinero y desaparecer con una nueva identidad y un crédito ilimitado. Preparan una trampa para la mujer. Una ratonera. Un mercenario se le ofrece para acabar con la vida de sus socios, sus compañeros de banda. Ella acepta y concierta una cita para concretar los detalles. Huelga decir que el mercenario no existe, forma parte del plan. Ella aparece en el lugar prefijado. El resto de la banda la espera para matarla. Se oyen disparos, hay una gran confusión. No ha salido como estaba planeado. Está herida pero ha conseguido matar a dos de ellos –siempre va armada-. En medio del desconcierto aparece la B.L.K., alguien les ha dado el soplo. Ha sido ella, sabía que era una trampa. La banda es detenida. Ella logra escapar escondida en una cápsula personal de impulsión magnética. Tampoco ha salido como ella pensaba, tiene una herida de fusil láser en el abdomen. Se refugia en Júpiter. La BLK la persigue. Logra engañarles en un principio, pero sabe que herida como está no hay escapatoria posible. El final es bastante previsible. Antes de que la cojan viva hace explotar el planeta. Se lleva con ella todo lo que encuentra por delante: su vida, 57 patrullas especiales de la B.L.K, un planeta, 3 cargueros espaciales que tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino y 17 satélites de telecomunicaciones. La explosión puede verse en toda la galaxia, tal es su magnitud que una poderosa luz la inunda hasta cegarla.
La historia era mediocre, lo admito, pero dadas mis limitaciones no podía quejarme. Trabajé en ella medio año, hasta que cumplí los 22. Mal escribí 3 borradores. En realidad no fui capaz de terminar un sólo manuscrito. El relato parecía un puzzle al que le faltaran piezas por encajar. Tenía problemas para mantener el tiempo verbal, pasaba del pasado perfecto al simple sin razón alguna, sin explicación plausible. La sintaxis dejaba que desear. El argumento avanzaba a saltos, a trompicones. No conseguía resolver ciertos pasajes de la novela. Faltaban capítulos; otros sobraban. En el primer borrador la historia tomaba los derroteros de un desenlace circular, un bucle en el que principio y final coincidían. En el segundo era lineal. En el tercero me arriesgué y aposté por una historia en forma epistolar. Ninguna funcionó. El problema no era la forma, sino el fondo. El relato no era homogéneo, no era uniforme. Me encontraba con capítulos que cuadruplicaban e incluso quintuplicaban al resto; en unos lo decía todo, en otros nada. No tenía sentido. La novela –en cualquiera de sus tres versiones- pecaba de una excesiva atomicidad: una verdadera historia no se compone de hechos individuales, de fotografías aisladas, de farragosos traspiés. Los puntos sobre los que debía orbitar estaban claros, lo más difícil estaba hecho, pero faltaba el cemento que debía unirlos, un cemento que siempre resultaba de una liviana combinación de lugares comunes incapaces de ligar su lectura intermitente, de dotarla del armazón necesario para su comprensión, como istmos que fracasaran en la sencilla tarea de comunicar las diferentes partes de la ficción. En su conjunto, la argumentación adolecía de una desigual densidad en su desarrollo. Era un gigantesco montón de mierda pestilente. Aquel amasijo de folios ilegibles había quemado todos mis nervios, iba a acabar conmigo. No podía más, así que un día me dije que ya tenía suficiente, que hasta ahí había llegado. Y se acabó. Ahora, transcurrido un año de aquello, debo admitir que fui más que generoso en el ocaso de mi fallida novela, regalándole el mismo final que había deparado a las grandes del género. En la hoguera de su fracaso las igualé. Y así, otra vez la catarsis del fuego, la ruina incandescente de mi medianía; otra vez las llamas como implacables jueces de mis nulas cualidades de escritor. Mis intentos de fingirme un literato ardieron como si de una herejía se tratase.
Mañana cumpliré 23 años. Tanto me da. No tengo nada que celebrar. Nada ha cambiado en mi vida. Han pasado ya muchos años y siento que no he hecho otra cosa que perder el tiempo. Ni Barbarellas ni Halcones Milenarios ni libros de ciencia ficción. Todo sigue igual, de cabeza y cuesta abajo. Me estoy volviendo loco. Así llevo unos meses dándole vueltas a una idea: ¿qué hacer con mi vida? He tomado una decisión: voy a congelarme. Qué otra salida me queda. He alquilado con un nombre falso una cápsula de criogenización durante 1000 años. No sé si servirá de algo, tengo mis dudas, pero mantengo la esperanza –si es que puede hablarse de esperanza- de despertar en un siglo menos cruel, menos cainita. En realidad soy un cobarde, a quién pretendo engañar, he preferido posponer mis problemas antes que enfrentarme a ellos, congelarme en una tregua y cruzar los dedos para que todo se solucione solo. He comprendido demasiado tarde que mi vida no es ninguna novela. Qué inocente he sido. Ahora me siento como un ciego incapaz de ver más allá de su glauco tamiz. Aunque también puede que no me engañé y que sea verdad que necesito este punto y a parte, quién sabe, pero intuyó, o creo intuir, que quizás la solución sea mucho más sencilla –y más breve- que toda esta patraña de mentiras que han hecho de mí un autómata perdido. Quizás tan sólo se trata de convencerme de que ninguna Barbarella es real, que sólo son fantasmas que en ningún caso me merecen, y no al revés; que toda esta absurda fantasía no es sino un amargo placebo de la realidad, una bazofia que se comporta –y hiede- como la quimera de los huevos de oro. Pero ya es tarde. Dentro de exactamente dos horas seré un témpano con un coma inducido bajo cero. Así lo he elegido. Por favor, no me juzguen
EDUARDO, MADRID-LOGROÑO 2666 |
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