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    April 27

    EL NIÑO MARTINEZ

    EL NIÑO MARTINEZ

     

    Al verlo, pensé que el cartero se había equivocado. El paquete era enorme, como para guardar una lavadora. Pero ahí estaba escrita mi dirección, mi nombre: no había duda. Firmé el resguardo y me quedé mirando la caja de cartón. El caso es que no suelo recibir correo, y menos cartas del tamaño de una vaca, así que estaba bastante sorprendido. No debía ser el único: a través del seto podía advertir las aviesas miradas de los vecinos. Como no me gusta ser el centro de atención entré a casa, todavía medio adormilado, a buscar una carretilla. Lo cargué y me lo llevé al garaje, junto a la moto de papá. Debía de ser de plomo, pues pesaba como un elefante. Lo abrí y busqué alguna nota que explicase de qué se trataba. No encontré papel alguno.

     

    Mi primera impresión fue que me encontraba ante un satélite, una especie de Sputnik perdido o un cubo de rubik venido de otra galaxia. De él sobresalían multitud de antenas, pequeñas chimeneas y una cantidad indeterminada de diminutos apéndices. El brillo apagado que desprendía hacía pensar en la superficie metálica de las antiguas planchas. Qué podía ser aquello. Era una máquina pero a la vez no lo era, no sé si me explico. Parecía que quería ser una máquina, pero a mí me daba que sólo se quedaba en un deseo. No estaba claro que sirviese para nada en concreto, en realidad lo que no estaba claro era qué hacía en mi casa. Lo mismo era un pequeño eslabón en el mecanismo de un ingenio más complejo, me dije, como una bujía en el motor de un coche.

    La carcasa estaba salpicada por botones de diversos colores: rojos, negros, azules, amarillos…Opté por uno azul. Un agudo pitido (como de meter un cordero en un rayador de queso) estalló en una violenta descarga que se prolongó durante unos pocos segundos, los suficientes para inundar el garaje con una pegajosa adrenalina. El aire se tornó denso, pesado. Una humedad, como de resina de árbol, me fue resbalando por la espalda obligándome a saltar hacia atrás, alejándome inconscientemente de aquello. Los ojos, a la manera de un sapo asustado, se me hincharon al tiempo que quedé momentáneamente sordo. Sentí el súbito deseo de destriparlo a patadas, pero me contuve no fuera a estallar… que la electrónica puede ser muy caprichosa. Cuando recuperé el oído escuché a lo lejos una radio en la que hablaban de lo del niño Martínez, debía de ser mi madre desde el porche del jardín.

     

    Apenas sobrepuesto al susto inicial, la máquina, o lo que diablos fuera aquello, comenzó a vibrar como movida por un zumbido interior, poseída por un nervioso aleteo de colibrí. Había enloquecido. En su relleno mecánico imaginé una plañidera epiléptica, una algazara de taladros. De repente su figura fue menguando hasta desaparecer, dejando en su lugar un pequeño vórtice capaz de hacer gravitar (o de fagocitar) toda la habitación en torno suyo, como una supernova que se hubiese replegado sobre sí misma. La luz del garaje adoptó la textura del plasma o de la miel condensada y fue arrastrada hacia él, como si infinidad de cadenas tiraran de ella a través de esa viscosidad fluorescente. Hubiese jurado que un agujero negro se había instalado en mi garaje. Por un instante me pareció que mi piel jugaba a soltarse de la carne, como atraída por un potente imán. Incluso el pelo intentaba remolcarme, hipnotizado por lo que veía. La realidad se retorció en un extraño espejismo, el perfil de las cosas se desdibujó hasta que todo pareció ser uno. Incluso pude sentir cómo me fusionaba con el universo que me rodeaba, cómo era una parte más de él.  

    Fui reculando con dificultad en busca de la puerta. Veía como a través de un cristal opaco. Me costaba avanzar, y cuando lo hacía era a trompicones. En un momento dado el garaje entero comenzó a ondular, como cuando lanzas una piedra al centro de un lago en calma, sólo que aquí no había una piedra acusadora sino un vórtice que absorbía toda voluntad de escapar. Yo mismo era una onda sin control, una cuerda de barco recortando un mar enrarecido. Mi cuerpo se agrandaba y empequeñecía en función de la amplitud y la frecuencia de esa extraña marea. Lo que antes estaba arriba ahora estaba abajo. Perdí el sentido de la orientación. Todo giraba a mi alrededor. El tiempo, y no sólo mi reloj, abandonó su natural consistencia de cronómetro para terminar… cómo decirlo… para terminar licuándose, goteando como en aquel famoso cuadro de Dalí. Tenía la certeza de que iba a explotarme la cabeza, como cuando un astronauta se libera de su escafandra en gravedad cero. Mi cuerpo, a esas alturas una adivinanza de carne y huesos, se negaba a responderme: dentro de mí se había enquistado un remolino. Se podría decir que el azar y el desorden regían todos mis movimientos. No podía pensar en nada, el pánico había hecho de mi mente un folio en blanco.

    A partir de aquí los recuerdos son confusos, como si al asomarme a la memoria lo hiciese a través de una lente desenfocada. Las imágenes son borrosas, se difuminan. Creo que estuve gritando durante horas… o lo que a mí me parecieron interminables horas, no podría asegurarlo. Puede que  me quedara dormido o incluso que llorara, no lo sé. El caso es que todo cesó cuando abrieron la puerta. Así, para cuando entró mi madre, la noticia ya había corrido como un reguero de pólvora:

    -  ¿Ya lo sabes? Ay, es horrible hijo mío, han encontrado muerto al niño Martínez.