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    July 30

    UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (1978-2026)

    UN BREVE ACERCAMIENTO CRÍTICO A LA VIDA Y OBRA DE SEGISMUNDO GARAICOECHEA (ÁVILA 1978- MADRID 2026)

     

    Las ganas de sodomizar y no ser sodomizado… (La cabalgata de los filos-nazis; Segismundo Garaicoechea; Editorial Apocalipsis; 2009)

     

    INTRODUCCIÓN: TODOS SOMOS SEGISMUNDO GARAICOECHEA

     

    No cabe duda de que en la vida de Segismundo Garaicoechea hubo tres grandes pasiones: la poesía, el arte de la tauromaquia y las novelas de Ana Rosa Quintana. Hasta tal punto, que en sus últimos días (véase Segismundo en Babilonia, Patrick Zuloaga, editorial Armiño, 2040), un Segismundo enfermo e indiferente al resto del mundo se veía ya incapaz de discernir entre dichas pasiones y sus pulsiones más primitivas, que en el caso de las novelas de Ana Rosa Quintana llegaron al más bajo de sus instintos, al extremo de lo obsceno. Ahora bien, su narcisismo (tan extendido entre los pornógrafos de su generación) no fue suficiente a la hora de vencer sus barreras interiores, ese último escollo (¿una tela de araña radiactiva?) que le impedía escribir sobre ellas, acerca de sus obsesiones más profundas. En realidad actuaban en él como un campo magnético con la polaridad permanentemente enfrentada a la suya, un campo magnético que le repelía con cada acercamiento por su parte. Alguien dijo una vez (probablemente algún infeliz adicto a la ayahuasca) que Segismundo era un cuerpo magnético (otra vez el símil del hombre imantado) que, siempre escrupuloso al tacto, se veía constantemente rodeado o cercado o perseguido por invisibles enemigos de metal. Así, sin proponérselo, al evitar caer en sus temores abría caminos no siempre asépticos, caminos que a veces se bifurcaban y morían en inciertos pudrideros de vísceras, salvajes páramos que brotaban como excepciones a la geografía conocida.

    Segismundo temía todo aquello que pudiese descubrirle, que pudiese sacar a flote aquella parte de él que ni él mismo conocía (como un iceberg celoso de su intimidad), y sin embargo era eso precisamente lo que le impelía a seguir excavando abismos, abismos a los que ya podía asomarse sin el miedo a ser reconocido, abismos a los que afortunadamente también nos invitaba a asomarnos.

     

    Cuando releo su numerosa obra, tanto en verso como en prosa, siento que no podemos referirnos a ella como el legado de un gran escritor (que sin duda lo fue) sino como el rabioso testamento de un funambulista o las grotescas cicatrices de un legionario mutilado. Es por eso que lo único en claro que podemos sacar de sus escritos es que eran peligrosos, y quizás lo más correcto (el homenaje merecido) fuese acercarse a ellos desde dentro de una de esas jaulas submarinas que se utilizan para grabar al gran tiburón blanco, siempre predispuestos para lo peor. Así, en la medida en que seamos capaces de tolerar y transigir con el miedo o el desasosiego, la sarna o la hemofilia seremos capaces de adentrarnos en ese extraño universo imaginado por Segismundo Garaicoechea.

     

    INFANCIA, DESORDEN Y LITERATURA

     

    Segismundo vino a este mundo a la temprana edad de tres años en la castellana ciudad de Ávila, aunque eebido a la profesión de su padre, un capitán de la marina mercante, Segismundo no tuvo una infancia normal. Periódicamente se veía obligado a cambiar de hogar, de amigos, de colegio. Y ya se sabe que los niños son muy sensibles a los cambios bruscos, así que quizás aquel constante ir y venir tuviese la culpa de ese carácter suyo tan de hoja caduca que siempre le acompañó durante toda su vida. Y es que muchos fueron los puertos que conoció, los mares que surcó a tan corta edad. Lugares y páramos que le brindaron una educación sentimental diferente al resto de los niños.

    Y a pesar de todo creció feliz y fue un niño precoz para todo lo que se propuso, incluso se diría que superdotado. A los trece años ya sabía hablar, a los diecisiete montaba perfectamente en bicicleta y a los veintiuno resolvía sudokus de dificultad media. A los veinticuatro dio a la imprenta El Esputo (autopublicada por él mismo con unos medios bastante rudimentarios), recibida con una fría acogida por parte de los sectores más reaccionarios de la crítica nacional. En él, Juan Sebastián Elcano es teletransportado en una máquina del tiempo al siglo XXI. Una vez en nuestros días es sometido a una infinita entrevista por un polígrafo poseído por el espíritu de un antiguo jefe Sioux. Más que de una novela (como se vendió en su momento) se trataba de un ensayo sui generis sobre las siempre difíciles relaciones entre el hombre moderno y la historia. La clave de El Esputo residía en que por primera vez un libro se atrevía a desafiar tres campos de la física hasta entonces intocables para la literatura, a saber: la ley de Kepler sobre el movimiento de los cuerpos celestes, la ley de Hooke de los cuerpos elásticos y el principio de incertidumbre de Heisenberg.

    Aun con las limitaciones de distribución de toda opera prima (apenas una tirada de tresmil ejemplares) logró llamar la atención en los círculos del movimiento surrealista y del instituto Rutherford, lo que le sirvió de caja de resonancia para llegar a nuevos lectores. Así consiguió que una editorial se interesase por él, le diese una nueva oportunidad y de paso le reeditase El Esputo (Editorial Zulaika; 2002).

     

                Con la publicación de su siguiente libro, Los investigadores salvajes (Editorial Zulaika; 2004; adaptada al cine con el nombre de Top Gun II), le llegó el reconocimiento de crítica y público. En él retrata en clave de fantasía erótica la reconstrucción del faro de Alejandría por parte de una colonia de judíos sefardíes exiliados en el siglo XVI. Ahora causa risa, pero en su momento fue catalogado de artículo X y prohibida su venta a menores.

    La novela comienza con una gran orgía/bacanal  donde todos los miembros de la comunidad (incluidos menores y animales de carga) deciden aunar esfuerzos para reconstruir la antigua maravilla del mundo. Según avanza el relato se confunden sexualidades, perversiones, planos del levantamiento topográfico. La construcción del faro (símbolo fálico se mire por donde se mire) no es más que la excusa perfecta para diseccionar la mente humana, para hurgar allí donde habitan sus deseos más secretos, su apetencia por la vida y por todo lo vivo. El final es propio de Sodoma y Gomorra, y por lo tanto demasiado humano: un dios (no especifica cuál, probablemente sea él mismo) enfurecido por las desviaciones de Alejandría descarga su ira divina sobre el faro, destruyéndolo a él y a todos sus constructores (incluidos menores y animales de carga).

     

                Aun con todo, las ventas del libro no son suficientes para vivir de sus rentas, por lo que en 2006 abandona temporalmente la literatura para dedicarse a un verdadero oficio (su famélica silueta así lo aconseja). Técnico del gas, deshollinador, actriz porno, vicepresidente ejecutivo de British Petrolium y finalmente comercial de una marca de cosméticos.

    Durante varios años recorre España y Andorra ofreciendo sus productos de belleza a la sofisticada mujer del siglo XXI.

     

     

     

     

    LA ETAPA ROMANA

     

    Era imposible que su sensibilidad de artista encajase con su nueva vida de asalariado por cuenta ajena, así que en 2009 aprovecha ciertos problemas burocráticos con la Seguridad Social para retomar su carrera de literato y probar fortuna en otro país, otra ciudad: Roma. Así aterriza en la capital italiana, cuna de las lenguas romances, con la intención de labrarse una reputación como escritor de prestigio.

     

    Atraído por las obsoletas ideas de Benito Mussolini e influido por la lectura de Marinetti (la literatura oficial del Fascio) concibe La cabalgata de los filos nazis (Editorial Apocalipsis; 2009), probablemente uno de los libros más aburridos de la historia de la literatura y que bien pudiera ser un capítulo más de La política de Aristóteles, tal y como reconoce él mismo en el prólogo al mismo. Un Segismundo más político que nunca analiza la constitución de Fruitopía (aquí la sombra de Tomás Moro, Campanella y PepsiCo es alargada), ciudad-estado inventada para la ocasión. El libro lo constituyen 5 capítulos, a saber: Fronteras, límites, contornos y geopolítica; El fascismo, la cuestión racial, los principios morales y la lucha por la dignidad; Natalidad, mortalidad, estrategias demográficas y eugenesia; Sindicalismo nacional y representación vertical;  Las artes, el transporte  y los sistemas de telecomunicación. Su publicación coincide con unas jornadas en Roma de desagravio y homenaje a José Antonio Primo de Rivera inscritas en el marco de la gran cruzada europea-católica. “Cruzada” de la que Segismundo no tarda en desmarcarse para defender posiciones totalmente contrapuestas y combatirla abiertamente. Así podemos entender su extraña adopción de los principios de la tercera internacional. El caso es que Segismundo termina renegando de su propia novela y renunciando a sus derechos de autor, lo que le vale la animadversión de Falange Española y la Sociedad General de Autores.

     

    Tras cinco años de silencio reaparece con 008 contra el Doctor Sí (Editorial Deckard; 2014). Un “divertimento” serio en el que, camuflado bajo un clásico relato de terror, se esconde una ácida sátira política acerca del papel que ha de jugar la genética en las políticas municipales del futuro:

    Tras una explosión nuclear, la Lombardía es tomada por una legión de zombies radiactivos con poderes telepáticos. La sombra de una guerra civil entre los humanos supervivientes a la explosión nuclear y los zombies va tomando forma. Tras unas semanas de reconocimiento y estudio mutuo, la enemistad entre ambos bandos se materializa  en una sangrienta carnicería. Aglutinados bajo la causa común de la patria, los vivos-vivos se deciden a aplastar a los muertos-vivos. Tres batallas son suficientes para acabar con ellos. Los zombies no muestran resistencia en ningún momento, es más, se entregan con humildad a su destrucción, como corderos camino del matadero. En un emotivo alegato final, un zombie moribundo compara Brescia con el huerto de Getsemaní y Milán con el monte Gólgota, confundiendo su propia muerte con la crucifixión del rey de los judíos.

    En la lejanía, observándolo todo desde una firme atalaya (unas veces de una altura considerable y otras simplemente metafórica), se encuentra Garibaldi, el padre espiritual de todos ellos.

    Su publicación fue premiada con numerosos galardones: Gran Prix Internacional, Rómulo-Gallegos…

     

    LOS AÑOS DE MINNESOTA

     

    En 2016, asqueado de la política y la sociedad europea, decide darse un respiro y marchar una temporada a América. Así, sin pensarlo mucho, se diría que a ciegas, aterriza en Minnesota, un estado del que lo ignora todo. Rápidamente se adapta a los usos y costumbres locales. Aprende a montar a caballo, a marcar al ganado: de la noche a la mañana se convierte en el primer cowboy con más de tres libros publicados.

     

    Se estrena en este periplo americano con una de sus obras más personales, Hagiografías reprobables (Editorial O´Toole; 2017), en un claro homenaje a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob (autor al que profesaba una confesa admiración), donde va hilvanando vida y milagros de improbables padres de la iglesia que renuncian a su santidad en nombre de Satanás para entregarse a la voluptuosidad de la carne, a la concupiscencia, al estupro, a la traición, al robo, al asesinato, a la mentira, al tráfico de drogas, a la extorsión, a la blasfemia. El libro está escrito con un lenguaje totalmente visceral, con una rabia hasta entonces desconocida en Segismundo, coincidente con la perdida de su fe cristiana y su declaración de apostasía

    El Vaticano, a través de L´observatore Romano, anatematizó públicamente el libro y prohibió su lectura a todos los católicos. A pesar de todo el éxito del libro fue inmediato.

     

    Como respuesta a la Iglesia Católica Segismundo concibió El Coronel no tiene quien le rasque (editorial Perséfone; 2019). La historia en sí no tiene nada de especial (un robot que se cree Nietzsche y mata a su creador), pero es la forma y el modo que tienen cada párrafo, cada frase y cada palabra de supurar rencor y resentimiento lo que la desmarca (y por ende la eleva) de otras fábulas morales de su tiempo. En sus escasas páginas (trece en la edición de Perséfone) trata de explicar de una forma novelada la concepción del pecado. Alejado de las grandes religiones monoteístas, se desmarca y defiende un pecado totalmente amoral, un pecado entendido como un acto revolucionario, prístino, inocente, incluso liberador, la misma esencia de la condición humana. En el personaje protagonista, el robot DD34, se descubre un velado homenaje al revolucionario ruso León Trotsky, si bien el crítico Arturo Hickman (Los últimos días de Albacete; Editorial Sabina; 2045) sostiene que DD34 es un fallido simulacro de Lizza Minelli. En realidad da lo mismo, DD34 no es más que un dios menor venido a menos que acaba suicidándose: una clara alegoría de la filosofía postmoderna.

                Decir a estas alturas que se trata de un clásico moderno no es más que engañar al lector; decir a estas alturas que se trata de una novela que no tardará en ser olvidada es acercarse bastante a la verdad; decir a estas alturas que se trata de un plagio indemostrable (por lo menos por mi parte) de El Hobit es hacer justicia; decir a estas alturas que sin temor a caer en la exageración se trata de una obra maestra es algo ya totalmente innecesario.

     

    EL LARGO ADIÓS

     

    “A veces me siento como una gogó en Teherán, como un palíndromo fuera de lugar…”, escribió poco antes de morir (Los Serrano: la novela; Editorial del Agua, 2035) en el delirio de una larga agonía que duró más de tres años.  Cuando en 2023, al poco de recalar en Madrid, de nuevo en tierras españolas, le diagnosticaron una esclerosis múltiple no tembló en ningún momento; como en una novela de  Raymond Chandler (El largo adiós sin ir más lejos) Segismundo tenía claro que cuando llegara su hora se enfrentaría a ella solo, desnudo, con las manos vacías y un pase VIP, igual que lo haría un místico sufí. Así lo hizo.

     

    En esta última etapa de su vida, un Segismundo enloquecido por el dolor olvida por completo las convenciones sociales y opta, de una forma intencionada, por el escándalo abierto. Así la polémica le acompaña hasta última hora, ya moribundo, con El tambor de teflón (Editorial Fantástica; 2024). En él coquetea con la idea de que Lee Harvey Oswald (el asesino de Kennedy) es un mercenario ewok contratado por Jabba el Hutt para cometer el magnicidio más sonado del siglo XX.

    El libro arranca con un atormentado Oswald llorando inexplicablemente por la destrucción de la Estrella de la Muerte en su planeta natal, Endor. El dolor y la sed de sangre le arrastran a una carrera de autodestrucción que terminará con el asesinato de JFK en Dallas en 1963. En el trasfondo se adivina un posible parentesco entre Oswald y el impulsor de La Estrella de la Muerte, Darth Vader (una maniquea metáfora de la figura freudiana del padre), cerrando así un círculo apenas entrevisto para el lector no familiarizado con su obra.

    Tal es el escándalo con su publicación que un juez de San Francisco dicta orden internacional de busca y captura para Segismundo. Afortunadamente su delicado estado de salud consigue no hacer efectiva la voluntad del juez… si bien no creo que le hubiese importado lo más mínimo acabar en una cárcel californiana. Pero él tiene otros planes para sus últimos días. El caso es que una semana antes de su muerte entrega a la imprenta una suerte de antimemorias por encargo a las que llama Los Serrano: la novela (Editorial del Agua, 2026): un ejercicio de catarsis personal donde a través de innumerables incongruencias cronológicas vertebra una biografía claramente inventada, donde no trata de vender los logros de su vida sino de evocar todo aquello que le hubiera gustado ser. Paramilitar en Colombia, mamporrero en Kansas City, sexador de pollos en Logroño, pero en ningún caso escritor, eso nunca. El oficio de escribir (siempre en palabras del propio Segismundo) es el más execrable de los delitos; así el escritor, obligado a cumplir con su deber, se convierte en un suerte de masoquista que se presta voluntario a ingresar en un campo de concentración nazi con el fin de rociarse con gas o construirse el crematorio que le devolverá a su naturaleza de polvo.

    En su imaginario personal el escritor ni siquiera es capaz de respetarse a sí mismo (y eso Segismundo nunca se lo perdonaría), por eso merece el mayor de los escarnios, la más atroz de las torturas: el más imposible de los olvidos.

    Y es precisamente ahora, tantos años después y con la sola ayuda del tiempo, cuando ese oscuro deseo (el justo final del escritor) parece haberse hecho realidad…

     

     

     

    EPÍLOGO PARA MARSUPIALES

     

    Con la muerte de Segismundo Garaicoechea el 15 de Julio de 2026 las letras hispánicas (y por qué no, también la literatura mundial) no sólo perdieron a su último y más acertado revolucionario, sino también la posibilidad de una verdadera novela total, una novela globalizadora que pudiera guiarnos a la tierra prometida, un compendio o un corolario de lo que la literatura podría llegar a ofrecer o, mejor aún, a ser.

    Por desgracia nos ha costado demasiado tiempo comprender que su literatura era en todo modo orgánica (su obra siempre estuvo salpicada de bilis, de semen, de linfa, de pus, de orina…), y como tal biodegradable y afectada por el hedor de la pudrición, de lo caduco, de lo que no persiste en el tiempo… Sólo así podemos explicarnos por qué ya nadie parece querer acordarse de Segismundo Garaicoechea, del gran escritor que fue, que sigue siendo y que por siempre será. Amén.

    Su muerte, como quería, no fue noticia.

     

     

    BIBLIOGRAFÍA COMPLETA

     

    • El esputo
    • Los investigadores salvajes
    • La cabalgata de los filos-nazis
    • 008 contra el Doctor Sí
    • Hagiografías reprobables
    • El coronel no tiene quien le rasque
    • El tambor de teflón
    • Los Serrano: la novela