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August 24 … AND JUSTICE FOR ALL… AND JUSTICE FOR ALL
Si la prensa está en lo cierto, y nada hace pensar que no sea así, mañana seré condenado por el asesinado de mi padre. La verdad es que yo no lo hice, pero eso es lo de menos, no tiene importancia. Todo empezó hará cosa de dos años con una llamada de madrugada, una de esas que te saca de la cama sabiendo que nada bueno puede haber sucedido. Era la policía avisándome de que habían encontrado el cadáver de un hombre, al parecer el de mi padre, y necesitaban que pasara por el anatómico-forense a identificarlo. No fue fácil, le habían descerrajado dos tiros en la cabeza y su rostro apenas era un legajo de gelatinas y huesos. Pero era él, no había duda, la cicatriz del pecho (recuerdo de un soplo cardíaco) era inconfundible.
La policía me permitió llorar el luto una semana, entonces me llamaron para declarar, simple rutina me dijeron. Cualquier cosa que supiera debía decírselo, el más mínimo detalle, por insignificante que fuera, podía ayudar a resolver el caso. Los que lo habían hecho debían pagar por ello.
Se me ocurrió aquella misma noche después de declarar: jugar a incriminarme por el asesinato de mi padre. Al principio me lo tomé como un pasatiempo sin más (otros se entretienen con insulsos sudokus), un simple divertimento que me hacía gracia. Si me lo trabajaba bien podía ser el mejor falso parricida de la historia. El mal ya estaba hecho y, al fin y al cabo, no tenía nada que perder, o eso creía yo. Pero lo que empezó siendo una chiquillada inocente y nada premeditada acabó convertido en un reto personal, un desafío a la lógica. Así, como atraídos por misteriosos cantos de sirena pronto conseguí que varios detectives me siguieran los pasos. Me gustaba saberme observado y vigilado por la policía, me hacía sentirme importante. La inercia (o el afán de protagonismo) me llevó a enredar el caso, a dar falsas pistas que siempre volvían a apuntar a mí. Conforme ellos necesitaban pruebas para incriminarme yo se las iba proporcionando. Sabían que yo nunca les fallaría, siempre podían contar conmigo. Jugaba al despiste con ellos. El móvil del asesinato era variable, unas veces se trataba de una herencia que no existía, otras el odio y el rencor por una infancia nada feliz, incluso celos por el amor de mi madre. Disponía a mi antojo de la policía, se trataba de una perfecta relación de conveniencia: yo siempre les decía todo lo que ellos querían oír, y todos tan contentos. Además me servía de llamadas anónimas para tenderme trampas y delatarme. Luego yo mismo me encargaba de desmontar mis coartadas, y si era necesario me las ingeniaba para que ellos comprobaran que eran falsas. Y a pesar de que nunca concretaban nada, siempre volvían a mí, era inevitable. El truco consistía en sembrar mil y una dudas en mi contra: en el momento en que desestimaban una ya tenían otra que investigar. Con cierta periodicidad la policía me llamaba a declarar. Me sentaban frente a un potente foco de luz y dos polis jugaban a ser el poli bueno y el poli malo. Me interrogaban con una dureza que, a mi parecer, no estaba a la altura. Pero no tenía más remedio que mostrarme afectado, fingir que me derrumbaba y que estaba dispuesto a firmar mi culpabilidad. A última hora me sobreponía, lo negaba todo y exigía que atrapasen a aquel bastardo que tanto daño había hecho a mi familia. Para complicarlo aún más, escribí a varios periódicos recriminando a la policía su pasividad ante el asesinato de mi padre, un hombre al que la sociedad tanto le debía. Amenazaba con tomarme la justicia por mi mano, no estaba dispuesto a que tan atroz crimen quedara impune, eso sí que no. Así conseguí que destinaran más agentes al caso. Policía nacional, policía judicial, guardia civil, todos se interesaban de pronto por mí. Recién convertido en la comidilla de la crónica negra de este país y ya tenía montado un circo mediático a mi alrededor, un circo que se retroalimentaba por sí mismo. Por otra parte me había metido tanto en mi papel de asesino acorralado y sin salida que veía chivatos y delatores por todas partes. Yo mismo era uno de ellos: el más eficaz. Y eso me hacía sacar pecho y sentirme orgulloso de mi buen hacer. Aporté más pruebas, exculpé a quienes podían hacerme sombra. Gracias a mí el cerco sobre mí mismo, valga la redundancia, se iba cerrando. Sus pesquisas, con ayuda de mis delaciones, iban dando sus frutos. Creo que nunca se habían encontrado con un sospechoso tan servicial, colaboraba en todo lo que estaba en mis manos. Conseguí que me quitaran el pasaporte y me impidieran salir del país. Otro triunfo más, estaba en el buen camino. Pasados los primeros meses de investigación dejaron de conformarse con interrogarme y soltarme sin más, ahora me hacían pasar noches enteras en el calabozo. Yo, por supuesto, estaba de su parte y en más de una ocasión sugerí que me aplicasen la ley antiterrorista, así podrían retenerme el tiempo que quisieran, pero fue en vano, por ahí no pasaron. Poco a poco fue aumentando la frecuencia de mis visitas a comisarías y juzgados; y si alguien se lo está preguntado: no, nunca fui torturado, qué más hubiese querido yo. Cohabitaba en perfecta armonía con el inspector que llevaba el caso, me caía bien, era un buen tipo, casado y con dos hijas, muy preocupado por la gravedad de su trabajo. No hubo ningún tipo de problemas entre nosotros dos. Todo era buena voluntad por mi parte. Incluso me dediqué en mis ratos libres a estudiar el código penal por si le podía servir de ayuda. Éramos todos contra mí, un equipo muy unido y perfectamente engranado.
Y así llegamos al mes pasado. La investigación se encontraba en punto muerto, me había quedado sin recursos. Estaba perdiendo el juego. Pero en mi concepción del bien y del mal un crimen no puede quedar impune, y si ellos no hacían valer el peso de la ley ya lo haría yo. En un acto de extrema generosidad para con el ministerio fiscal me propuse acabar con esto de una vez por todas. Me ofrecería como cabeza de turco y pagaría los platos rotos, pero esta vez iría en serio. Sería el chivo expiatorio que tanto habían buscado en mí y nunca habían podido encontrar. Un sacrificio que compensara el mal que me habían causado, la frustración de no ver entre rejas al asesino de mi padre. En un alarde de gallardía confesé todo (si de confesar se puede hablar) y firmé una declaración de culpabilidad en la que admitía todos los cargos que me imputaban, incluso me regalé alguno (después de todo me lo había ganado) que no aparecía en el sumario y que la policía tuvo a bien creer. Como buen hijo que soy inmediatamente me presenté como acusación particular, había que honrar la memoria y el honor de mi padre. Pagaría por todo el daño que me había hecho.
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En las tres semanas que ha durado el juicio, la fiscalía y yo hemos trabajado codo con codo tratando de conseguirme una condena diez a quince años sin posibilidad de reducción. Asesinato con premeditación y alevosía. Creo que hemos hecho un buen trabajo, no he tenido ninguna posibilidad en ningún momento. Para rizar el rizo, varias veces he tenido que simular que perdía los nervios ante una culpabilidad que me abrumaba. Aunque no todo ha sido un camino de rosas ni mucho menos, para mi sorpresa no había contado con un pequeño detalle: las personas de buena voluntad (amigos todos) que se ofrecieron como testigos voluntarios para tratar de exculparme, y que a pesar de sus ruegos no tuve más remedio que ocultarlos tras un prudente olvido. No quería defensa alguna. Incluso mi abogado, que aún sigue creyendo en mi inocencia, no salía de su asombro cuando, día tras día, me enfrentaba abiertamente con el jurado; ignoraba que su labor era inútil, yo ya me había sentenciado antes de tiempo. Ya digo que he cuidado todos los detalles: no he dejado a mi favor ningún resquicio que oliese a inocencia. Además siempre he mantenido mi total ausencia de arrepentimiento y mi deseo de repetir lo que sólo yo sé que no cometí. Pero por fin creo que el jurado ha picado el anzuelo: los psicólogos forenses debieran darme un Oscar por mi interpretación de un psicópata perturbado. Mañana, al hacerse pública la sentencia, espero poder recoger los frutos sembrados. Sólo pido justicia, ¿tanto es pedir? August 06 EN EL BOSQUE
EN EL BOSQUE
Un hombre pasea por el bosque. Tras media hora andando se topa con una mujer ahorcada en un árbol. Un sudor frío recorre su espalda. Se encuentra mareado. Tiene miedo. El bosque está desierto. No sabe adónde acudir. Cree que la conoce, le suena de haber coincidido con ella en alguna parte, quizás en el barrio. Recuerda haberla deseado, incluso haberla poseído con la imaginación. Su rostro sin vida se le antoja bastante atractivo. Era guapa. Es guapa. El cadáver cuelga de tal manera que sus rodillas quedan a la altura de los ojos; y como si de un péndulo se tratase, su cuerpo marca el tiempo que la separa de los vivos. Lleva un top rojo que le ciñe el pecho, una falda con vuelo, zapatos de tacón. Parece haberse arreglado para tal ocasión. La lengua, yerma e hinchada como un algodón, asoma fuera de la boca. La soga ha teñido su cuello de un azul morado. El viento sopla y levanta su falda unos centímetros. Las piernas, como dos estalactitas de mármol, se adivinan perfectamente depiladas, suaves como la seda. La mano izquierda sostiene con celo una nota. En ella repasa los motivos que le han llevado a tomar tan drástica decisión: problemas, más problemas. Un amor maldito, una historia mil veces repetida. El hombre la compadece: tan joven, tan guapa, tan atractiva… No se merecía un final así. Un tirante del top ha cedido dejando al aire un hombro del color de la cera. Una melena de caoba indica la dirección del viento. Los ojos, doblados hacia dentro, parecen querer escapar del mundo que los rodea. Un débil carmín sonroja levemente sus labios. Un colgante de oro refleja la luz anaranjada del atardecer. Un pequeño hilo de saliva resbala por su mentón. Qué guapa es, repite para sí mismo. El viento cambia de dirección y ella baila como una peonza. No se marea, no protesta, no se defiende. El hombre sube al árbol, deshace el nudo y deja caer a la mujer. El ruido asusta a un par de pájaros que, inmediatamente, levantan el vuelo. Un pecho ha quedado al descubierto. Con la caída se ha roto una muñeca; un hueso astillado saluda con timidez. Ha perdido un zapato. El reloj, regalo de un aniversario a olvidar, ha quedado inservible. La falda se ha enganchado en un brote. Su ropa interior sugiere cierta elegancia, probablemente noches de rosas y vino. Por inercia (porque carece de sentido) le toma el pulso. Su tacto es agradable, no debe llevar muerta mucho tiempo, aún no presenta el característico rigor mortis. Las costillas se insinúan a través de su piel de sirena. Le cierra los ojos y toma un mechón de su pelo entre los dedos. Se siente extraño, feliz, fascinado por lo que ve. No hay nadie más. Se incorpora y sin querer roza el pezón desnudo: de seguir viva su pecho se inflaría como un globo, pero no es el caso. Un aro con un pequeño rubí descansa en su ombligo. Ni una sola peca salpica su vientre. Todo se precipita, no puede evitarlo. Es preciosa, no tenía derecho a morir así. Una cintura todavía de niña anuncia el pecado de la carne. Tira de la falda y la despoja de todo pudor. Los muslos se descubren manchados de tierra. Un escalofrío en la nuca y un segundo después la mujer ya está desnuda. No hay vello que enturbie su pubis. El deseo le ciega. Los muertos, al fin y al cabo, no protestan y siempre se dejan hacer… |
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