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September 10 LITERHARTURA
LITERHARTURA
18 de agosto de 1950: “…Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. Última entrada del diario personal de Cesare Pavese antes de que éste se quitase la vida
Llevo un tiempo obsesionado con la muerte de la literatura. Puedo pasarme horas recogido en mi cama, menguando hasta la sombra de un punto infinitamente minúsculo, insignificante, llorando por su futuro o más bien por su no-futuro. Entonces, invariablemente, siempre termino pensando en un cementerio perdido, también oscuro, también nevado, puede que sea Diciembre o simplemente estemos en Neptuno o en Plutón o malviviendo en un invierno nuclear; un cementerio gigante, eterno, claustrofóbico, custodiado por los cuatro jinetes del apocalipsis, un cementerio que es la espina dorsal de La Historia, en mayúsculas, un cementerio que esconde una tumba abandonada, una falsa tumba, una broma de tumba pues no es sino un montón de tierra que sobresale de la nieve y que una voz a tu espalda, una voz sin sexo, metálica, una voz que en cualquier caso no reconoces, cree recordarlo como el lugar donde enterraron hace años a una vieja dama de blancos cabellos; y uno, que no es de piedra y no para de llorar, le pone nombre y la identifica con la literatura… o con la agonía de la literatura o con el último estertor de la literatura. Así no es extraño que ayer, mientras leía el Oficio de Vivir, el diario personal del poeta Cesare Pavese, se me apareciera al completo la Hermandad de las Letras Suicidas. Todos ellos en fila, de uno en uno hasta el infinito, en línea recta hacia lo desconocido, prestos para socorrerme en estos difíciles momentos. Ahí estaba el propio Cesare. También Ernest Hemingway, que dio un paso al frente y me ofreció la misma escopeta con la que se voló la tapa de los sesos. He aquí la esencia de la literatura, me dijo. Cógela, insistió, ahora es tuya. Pero tuve miedo, un miedo de color gris oscuro, y no quise. Inmune a mi negativa, siguió con el brazo extendido, como si todo fuese cuestión de tiempo. Pero no era tiempo lo que yo necesitaba sino un guiño, un cómplice, una promesa, la posibilidad de unos puntos suspensivos. No, no sería yo quien apretase de nuevo el gatillo. No cruzaría el Rubicón. Lo siento, dije, no puedo. No sé si fue ira o simplemente decepción lo que le llevó a abrirse un poco más la diana de su frente, como un fórceps sin mesura, e invitarme a asomarme a su enorme cráter, aún humeante de pólvora, a echar un vistazo de ese abismo astillado. Cedí y acepté con la esperanza de encontrar noticias del joven Werter o del joven Larra o de alguna otra ilustre bala del santoral de las letras caídas. Pero todo lo que había ahí dentro, encerrada en el cráneo destrozado de Hemingway, era una cucaracha. Una cucaracha que dijo llamarse Kafka. Soy Kafka y busco un castillo, me dijo. Un castillo que, mucho me temo, sólo existe en la imaginación de los genios, y de los inadaptados, y de los genios inadaptados que caminan peligrosamente por el abismo de la locura. Un castillo para un reino, el reino de quienes han comprendido demasiado tarde que toda la verdad de este mundo empieza en la llama de un soplete y termina en el maletero de un falcon negro.
Me invadió una mezcla de asco y escrúpulos cuando su figura, por sorpresa, comenzó a humanizarse. La quitina de su caparazón se deshizo de su brillo plastificado a la par que una maraña de venas y arterias iban enrollándose en torno a sus recién adquiridos huesos y músculos. Su rostro recuperó el pudor humano y dibujó una mueca de alegría comedida, apenas una leve y obligada sonrisa, como si en el fondo ya hubiese aceptado su nueva naturaleza. La versión bípeda y vertebrada del señor K (también de Gregor Samsa) se completó con el milagro del vestuario: ahí estaba el traje, la corbata, los zapatos, el bombín, incluso un paraguas a modo de bastón. Consumada la metamorfosis, Kafka se puso kafkiano y me abrazó fuerte, bien fuerte, y acercó mi oído a su pecho. ¿Puedes oírlo?, me preguntó, es el bacilo de Koch, el látigo y el azote del tísico, millones de microbios encharcando mis pulmones y jugando a partir maderos con la sangre que se me escapa con el aire. La tuberculosis, por fin, ha hecho de mí un superhombre y ha ungido mi nombre con letras doradas: atrás quedó ese endeble escritor anónimo, ese gris oficinista de Praga. A través de sus costillas podía sentir cómo el vacío le iba robando la respiración y los días. ¿Conoces la historia de Esquilo?, me interrogó sin soltarme aún. Triste y absurda su muerte... como todas. Imagínate la escena. Por una parte tenemos a Esquilo, que pasea tranquilamente por la campiña siciliana; por otra un quebrantahuesos que sobrevuela su misma trayectoria con algo prendido en las garras. Lograda la cuadratura del circulo (o del calco), dispone el azar que cielo y tierra se alineen para que el aprendiz de bombardero suelte por fin su carga… ¡y aquí viene la grandeza de Esquilo! Un caparazón de tortuga, ¡un puto caparazón de tortuga con los modos y maneras de un meteoro, de un obús!, le cruje los huesos de la cabeza como a una nuez. Un instante después todo ha acabado para él. Visto y no visto. ¡Magnífico!!!!
Sólo de pensarlo se me pone dura ¿Acaso no éste el mejor final al que puede aspirar alguien? No digamos ya la literatura. Acabar como Esquilo y que el cielo se nos caiga encima. O como Tolstoi, y esperar y desesperar por un tren que jamás cogerás. O como Jack London, y viajar a lomos de la morfina. O como Pessoa, y que la pena se te enquiste en el alma. O como Walter Benjamin, e intentar cruzar la frontera perseguido por todos los hijos de puta de este mundo. O como Saint Exupery, y emular la suerte de Ícaro. O como Lord Byron, y desangrarse a mayor gloria de la medicina. O como Borges, y que se te pudran los ojos esperando un Nobel que jamás llegará. O como Tsvetaeva, y anudarse una esquela al cuello. O como Camus, y estrellarse contra el estrellato del existencialismo. O como Nietzsche, y que la sífilis te fermente las meninges. O como Baudelaire, y convertirse en el fósil de una piedra. O como Reinaldo Arenas, y que el sida te atormente en los versos que aún te escuecen. O como Roberto Bolaño, y que tu hígado se preste a los mismos juegos que Sísifo. O como Séneca, y vaciarte de rojo en la bañera. O como Alfonsina Storni, y vestirse con la espuma del mar. O como Cervantes (o Dante), y que la malaria te muestre el camino más corto al Parnaso. O como Valle-Inclán, y que el dolor te queme por dentro. O como Lorca, y que te paseen por las cunetas perdidas de Granada. O como Céline, y que todavía te lloren en el Reich de Vichy. O como Mishima, y abrirte en canal por el honor del sol naciente. O como Shakespeare, y empacharte con la fama de Pantagruel. O como Verlaine, y refugiarse bajo el colchón de la miseria. O como Faulkner, y cabalgar sobre todo el Bourbon del Mississippi. O como Joyce, y encadenarse a una peritonitis. O como Safo, y volar alto como el plomo. O como Moliere, y bajar por última vez el telón de tu enfermo imaginario. O como Unamuno, e irte cuando más te duele España. O como Walser, y ensuciar de carne la nieve. O como Zweig, y liberarse con el sueño del Veronal. O como Lacenaire, y que la guillotina se cobre tus excesos. O como Empédocles, y apagarte en el Etna. O como Rilke, y descubrir que no hay rosa sin espinas ni sangre que no se pueda borrar. O como Stevenson, y mirar al sur, siempre al sur. O como Defoe, y perderse en el silencio de las deudas. O como Sylvia Plath, y respirar el aire que nadie ve. O como YO, y volver divinizado en la figura de un antiguo Pantocrátor: la mano derecha levantada y bendiciendo a la humanidad, la izquierda sosteniendo los evangelios, al fondo el juicio final que os espera. Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid faciunt (Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen). ¿Has comprendido algo?, me preguntó. No pude evitar responder que no. Un no que sonó lejano, falso, lleno de dudas y vértigo. Me miró con la decepción clavada en los ojo y me besó en la frente, un beso tierno, un beso paternal, al tiempo que me liberó de sus brazos de pitón. Te perdono, me dijo, es hora de partir. Un instante después ya no estaba. En su lugar una fotografía de la gran muralla china y Virginia Woolf, o el fantasma de Virginia Woolf, ajena a lo que sucedía a su alrededor y con medio pie sumergido en las aguas del río Ouse. Parecía ida, fuera de este planeta o de cualquier otro, la baba resbalándole por el mentón, protegida del mundo exterior por un capullo de fina melancolía o un manto de blanca tristeza. Cuando se percató de mi presencia me sonrió y por tres veces me confesó que el agua estaba en su punto. Se metió una mano en el bolsillo y extrajo de él un libro de Alejandra Pizarnik y una piedra, ofreciéndome ésta última con el rostro, ahora sí, deshecho. Es tuya, me dijo. No supe reaccionar, y en vista de mi aparente parálisis prosiguió su camino. Con la palabra escondida en la lengua, sólo pude ver cómo su silueta se ahogaba en el lecho del Ouse. Demasiado tarde y mudo, como siempre, me lancé a por ella. Estuve horas o puede que días buceando sin encontrarla. Desesperado, tan sólo di con una hoja arrugada, los restos del naufragio, en la que se desdibujaba la tinta de este poema de Pizarnik:
Esta manía de saberme ángel, sin edad, sin muerte en qué vivirme, sin piedad por mi nombre ni por mis huesos que lloran vagando.
¿Y quién no tiene un amor? ¿Y quién no goza entre amapolas? ¿Y quién no posee un fuego, una muerte, un miedo, algo horrible, aunque fuere con plumas, aunque fuere con sonrisas?
Siniestro delirio amar a una sombra. La sombra no muere. Y mi amor sólo abraza a lo que fluye como lava del infierno: una logia callada, fantasmas en dulce erección, sacerdotes de espuma, y sobre todo ángeles, ángeles bellos como cuchillos que se elevan en la noche y devastan la esperanza.
Cayó una lagrima… y luego otra. Lloré por Alejandra y lloré por Virginia. Lloré por Kafka y lloré por Hemingway. Lloré por mí pero nadie me acompañó. Ni siquiera Cortázar, entretenido como estaba con sus cronopios y sus famas y su Maga (siempre La Maga…), quiso venir a vendar mis lágrimas. De rodillas le rogué, arrastrándome le supliqué que me salvara. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastara para sanarme. Sólo te pido clemencia para éste mi pobre cadáver de Lázaro, acuérdate del polvo que un día fui y del polvo en el que un día habré de convertirme. Inquieto, quizás arrepentido, se giró hacia mí como movido por una cuerda invisible. Mírame, me suplicó, no me queda mucho tiempo, ¡me iré y sólo habrá SILENCIO! Aquella utopía llamada Julio Cortázar, de pie y con la mano abierta, me daba a entender que el espíritu de la Literatura, el tuétano de las letras, la vera cruz, descansaba sobre su palma desnuda. La voluntad se le había vuelto de mármol y no se movía. Sólo me miraba con esos ojos de loco, unos ojos de taladro o de hiena hambrienta, y fumaba y reía. Reía porque es lo único que se puede hacer cuando uno sabe que el futuro de la literatura está en sus manos. La magia se rompió cuando su puño, aún con los nudillos cuarteados por el frío y los gusanos, se cerró aplastando e hiriéndola de muerte. Éste es mi destino, me dijo. Yo soy el brazo ejecutor, el verdugo pero también la víctima, el cénit y el nadir, el bien y el mal, el cordero redentor que se lava las manos; así pues seré yo quien cargue con la culpa y la corona de espinas. Lo reconozco: el beso de Judas es el viscoso y oscuro objeto de mi deseo. Éste es mi sino y no me importa, lo asumo con orgullo. Sólo soy un engranaje más de la Providencia, la envidia de Atlas y Prometeo. Los dioses me exigen el sacrificio de cien bueyes (literalmente una hecatombe) para expiar mis pecados… y no se lo negaré. Cien hombres justos arderán esta noche en Sodoma porque míos son los yugos que aplastarán al poeta herido y al poeta vulnerable y al poeta enamorado y al poeta que quizás no existió y al poeta que un día creíste ser y que nunca fue. Un réquiem por Calíope: en su pira estamos llamados a llorar sus cenizas. Recuerda este grandioso día. El día en que Odoacro, a las puertas de una Roma moribunda, humilló por última vez al Imperio. No acudirá más Jano en su ayuda. Oh, niño Rómulo Augústulo, con tu sangre perece el recuerdo del César. Duerme, este tiempo pertenece ya a los Bárbaros. Cierra los ojos y no despiertes jamás. Las tinieblas ya están aquí. No me queda tiempo. “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. SILENCIO… EDUARDO En un extraño vERANO, 2009 |
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